domingo, 17 de agosto de 2014

Mi cita con el roquero de los ojos tristones (tercera y última parte)

Puntal como un reloj inglés, Juan Pablo llegó a mi casa a la hora acordada. Fui yo quien otra vez lo hice esperar, incapaz de decir qué ropa ponerme.
- Hija, es mejor que te apures, ese muchacho se va a cansar y se va a ir - dijo mi madre, golpeando con los nudillos la puerta de mi cuarto.
Y cuanto más me apresuraba, más torpe me volvía. Al final, luego de pelearme con una sandalia, opté por una blusa blanca sencilla unos jeans ajustados. A la sandalia la tiré al otro lado de mi pieza y me calcé con unos tenis de la marca Converse de color rojo y con corazones. Al mirarlos, suspiré, a lo mejor cuando Juan Pablo viera mis zapatos saldría huyendo despavorido. Una última mirada en el espejo me aseguró que mi cabello seguía tan indomable como de costumbre.
Bajé. Juan Pablo me esperaba sentado en uno de los sofás de las sala, con la mirada distraída en cualquier punto de la pared y los dedos enredados en las llaves de su auto. Jugaba con ellas como si fuera un gato que mataba el tiempo jugando con un estambre de lana. Estaba impecable con sus jeans ajustados y su remera de color azul oscuro, debajo de una camisa a cuadros que marcaba sus musculosos brazos. Al verme, se levantó del sillón como si un resorte lo hubiera impulsado, su sonrisa era definitivamente hermosa.
- ¡Estas preciosa! - me susurró al oído, luego de darme dos besos en las mejillas - ¿Lista?
- Si, lísta - dije y lo seguí afuera, después de despedirme de mi madre que seguía a Juan Pablo con una expresión algo embobada.
¿Acaso mi madre se había golpeado la cabeza? Aunque amable con mis amistades, por lo general mi madre no tenía aquella expresión en su rostro y no pude evitar sonreír. Al parecer, mientras me esperaba, Juan Pablo había hecho buenas migas con su posible suegra.
Seguí a Juan Pablo a la enorme camioneta que nos esperaba afuera, él abrió la puerta del acompañante para mi y me ayudó a subir, luego fue a subirse a su lado de la cabina, sonrió y arrancó el motor.
- ¿Ya sabes a qué heladería quieres ir? - me preguntó.
- Bueno, en realidad no estoy segura, no tengo una de mi predilección. Podemos simplemente ir  a otro lado, no sé.
- ¿Te gustaría ir a la Costanera conmigo, podemos caminar y mirar el río, y si quieres después podemos cenar alguna cosa, lo que desees, como dije hoy, tú eres quien manda?
- Me parece bien - dije sonriendo
Así fue como, minutos más tarde, nos encontramos caminando a la orilla del río, por la recién estrenada Costanera con su paseo moderno y otro montón de gente que disfrutaba de la hermosa noche primaveral. Hablamos de miles de cosas y nos reímos un montón, era como si nos conociéramos de toda la vida, él incluso me cantó a capella algunas de sus músicas, haciendo que otras personas que pasaban a nuestro lado giraran la cabeza para mirarnos, no me importaba, él hacía que todo fuera perfecto. En un momento dado, me tomó la mano y se la llevó a los labios, besando mis nudillos una vez más.
- Gracias - dijo casi susurrando
Lo miré confundida
- ¿Gracias por qué?
- Por aceptar otra cita conmigo, por otra oportunidad - dijo él, sonriendo y acercándose a mi - Ayer cuando te fuiste creí que nunca más volvería a verte y te juro que no me gustó nada cómo me sentí.
- Estás exagerando - dije, sintiendo que me sonrojaba
- Si, puede ser, como verás soy artista, y los artistas exageramos, pero definitivamente me sentí miserable, no quiero que vuelvas a irte.
- Esta bien - dije, divertida.
El aprovechó la ocasión y se inclinó hacia mí, besando mis labios con sumo cuidado al principio, como si me pidiera permiso, y como yo no lo aparté, su beso cobró intensidad, haciendo que el piso desapareciera debajo de nosotros. No exagero si digo que fue como si fuegos artificiales estallaran a nuestro alrededor.Fue una hermosa manera de comenzar nuestra primera cita y algo me decía que sería la primera de muchas.
Sentía que era el comienzo de una linda historia de amor  y yo era la protagonista


Fin.-

viernes, 15 de agosto de 2014

Mi cita con el roquero de los ojos tristones (segunda parte)

El teléfono sonaba sin parar. Lo apagué luego de una hora de rechazar e ignorar llamadas, mientras me hundía en mi cama, sintiéndome una tonta. Me había dejado mensajes preguntando por qué me fui así, sin despedirme, ¿qué pasó? y yo simplemente no me sentía con ganas de hablar. Hundí mi cabeza bajo la almohada y lloré hasta que el sueño finalmente me ganó.
- ¿Sofia, estás enferma? - la voz de mi madre al otro lado de la puerta estaba llena de preocupación - Vas a llegar tarde a tu clase, otra vez.
Le dije que ya me levantaba, me metí al baño, me duché y me puse lo primero que encontré, sin siquiera mirarme al espejo. Debía parecer un fantasma. El rostro preocupado de mis compañeras de clase, me dijo que mis ojeras se notaban a la legua, pero, por suerte, nadie preguntó qué me pasaba. En la clase de álgebra, una de mis favoritas, me equivoqué en todas las ecuaciones, no podía concentrarme en nada.
- Alguien te busca - me dijo una amiga cuando salía de una clase a otra.
Me di la vuelta a mirar y ahí estaba él. El estómago se me torció por dentro. ¿Cómo me había encontrado y qué quería? Era lo que pensaba mientras me acercaba a mi inevitable encuentro con él, se había parado justo frente a la única salida.
- Juan Pablo - fue todo lo que pude articular.
- Sofia - dijo y se acercó despacio - ¿Podemos hablar?
- ¿Qué quieres?
- Que hables conmigo y me digas por qué te fuiste así, ni siquiera me dejaste invitarte un helado. ¿Qué pasó?
La gente que pasaba a nuestro lado nos miraba con curiosidad y yo no tuve más remedio que empujarlo hacia afuera, donde nos cobijamos bajo la sombra de un viejo árbol.
- ¿Qué pasó? - repitió Juan Pablo cuando volvimos a estar frente a frente.
Lo miré con cara de cómo no te das cuenta y él bajó los hombros en señal de derrota.
- ¿Es por Marcia?
- Me dijiste que no tenías novia y apareció ella, no quiero nada que ver con tus novias o tus groupies, no me interesa.
- Marcia es una vieja amiga, entre nosotros nunca existió nada, debes creerme.
- ¿Creerte? ¿Por qué lo haría? Al decir verdad, apenas te conozco y sólo sé de tí lo que me quieres contar.
- Y todo lo que te dije es verdad - él hizo un gesto de aproximarse y sujetar mi brazo, pero yo retrocedí y su mano cayó en el aire - Sofia, me gustas, por favor, dame la oportunidad de demostrarte que puedo hacerte feliz, no me dejes así, al primer obstáculo.
Lo miré, sus enormes ojos azules me suplicaban que le creyera y yo me rendí. No lo conocía bien, pero por otro lado, sentía que en ese momento era sincero, o así quería creerlo. Los músicos suelen tener un batallón de mujeres persiguiéndolos, y Juan Pablo, siendo atractivo como era, no sería una excepción. Y, debo confesar que aun no quería rendirme, a mi también me gustaba y mucho. No estaba segura de hacer lo correcto, más aun cuando con sólo verlo asaltado por esa tal Marcia me afectó de una manera imposible, pero acepté darle otra oportunidad.
- Me debes un helado - musité y su rostro se iluminó con una sonrisa - Pero creo que debemos cambiar de heladería.
- Si, está bien, buscaremos alguna que tú prefieras, eres quien manda - dijo, todo galante - ¿Te busco esta noche de tu casa?
- Eh, no sabes dónde vivo.
- Si, lo sé, es que cuando no me contestaste las llamadas tuve que mover cielo y tierra para rastrearte, es una suerte que vivamos en una ciudad donde todo el mundo se conoce, un amigo me dijo dónde estudiabas y él conocía a la amiga con la que fuiste al concierto de esa primera noche que hablamos, ella me contó donde vivías.
- Que mala amiga - dije, sin poder evitar sonreír.
- Si, por suerte para mí, tiene la lengua muy suelta.
Se acercó unos pasos hacia mí luego de un breve silencio y estiró una mano hacia mí, en esa ocasión, la acepté. Levantó mi mano hacia sus labios y me besó los nudillos, dándome las gracias en un susurro por darle otra oportunidad, luego me miró a los ojos muy serio.
- Haré lo posible porque no te arrepientas de darme otra oportunidad - dijo y se acercó más, agachando la cabeza, pensé que iba a besarme en los labios, pero en cambio me besó la frente y aspiró mi perfume - Hueles a primavera... Te buscaré esta noche a las ocho, será nuestra primera cita.

(continuará)


jueves, 14 de agosto de 2014

Mi cita con el roquero de los ojos tristones (1era parte)

Su voz de barítono y sus músicas algo melancólicas me habían conquistado desde la primera vez que lo ví actuando en un escenario. Era el vocalista de un poco conocido grupo de roqueros que se hacían llamar "Caballeros del desastre", todos guapos, algunos con tatuajes y él con los ojos azules más magnéticos que haya visto en mi vida. A ratos, mientras cantaba, miraba al público, y aunque era una más de un montón de gente, tenía la extraña sensación de que me miraba sólo a mi.
- ¿Cómo se llama el vocalista? - le pregunté a la amiga que me llevó a su concierto que se  realizaba en una vieja y abandonada fábrica del centro de la ciudad.
- Sus amigos le dicen "Taz", por el demonio de Tasmania, pero creo que se llama Juan.
- Taz. - repetí y me quedé perdida en la siguiente balada que empezó a tocar, algo sobre ángeles caídos seducidos por oscuras pasiones.
 Cuando volví a casa, a la una de la mañana, sus ojos de color azul no me dejaron dormir, y  me puse a investigar en Facebook. Le dí el famoso "me gusta" a su página oficial, que no tenía muchos seguidores, y después busqué por todas partes su perfil privado, cuando lo encontré, le mandé una solicitud de amistad,  no creí que aceptara, pero él lo hizo a los pocos minutos y entonces empezamos a hablar. Me dijo que se llamaba Juan Pablo y que le gustaba escribir canciones.
- ¿Te puedo mandar a tu teléfono una que estoy escribiendo ahora? - me pregunto y yo no dudé en darle mi número.- ¿Te puedo llamar?
- Si.
Su voz, la voz que había cantado y gritado canciones sobre el escenario, sonaba ahora en mis oídos, dulce, varonil, profunda. Me contó de su vida a grandes rasgos y yo de la mía. Me dijo que era el hijo mayor de una madre soltera que tenía siete hijos que alimentar y que todo lo que ganaba en sus conciertos se los daba a ella, a su madre, y tenía un perro llamado Frank, de una raza indefinible, que había  encontrado en la calle. Yo le conté que estaba empezando la facultad.
- ¿Qué quieres ser?
- Me gustan los niños, estoy pensando en estudiar para maestra parvularia.
- Con la voz tan dulce que tienes, los niños te adorarán - dijo Juan Pablo
Cuando nos despedimos, el reloj marcaba las cinco de la mañana y yo tenía apenas un par de horas más para levantarme e ir a mi curso en la universidad. Huelga decir que ese día me quedé dormida en la clase de Castellano.
De todo esto han trascurrido dos semanas. Hemos hablado casi todos los días, y me ha mandado muchas canciones que graba en su teléfono y luego me hace escuchar. Son baladas románticas,  dice, le inspira mi voz.. Me pidió fotos mías y yo se las mandé con la condición de que él hiciera lo mismo, ahora quiere conocerme en persona. Mi primer impulso fue negarme, tenía miedo de lo que fuera a pensar cuando me tuviera en frente. No soy fea, y por suerte, no soy gorda,  aunque tampoco flaca y no soy alta, pero, como toda chica, mis inseguridades abundan...¿Que tal si le resulto demasiado aburrida? ¿Demasiado nerd?... Pero, finalmente dije que sí y aquí estoy parada ante el espejo, probándome la blusa número veinte, después de otras 19 y aun no sé qué ponerme. Mi cabello está más imposible que de costumbre y mi gato se ha robado mi pulsera favorita, sólo espero que no haya tragado ninguna de sus pelotitas de vinilo.Finalmente, me decidí por unos pantalones de jeans y una blusa de color uva, sandalias bajas y mi cabello me lo dejé suelto.
Nos citamos en una heladería.
Cuando llegué, él me esperaba sentado y mirando su teléfono con ansiedad.
- Hola, bonita - dijo, poniéndose de pie al verme llegar - Pensé que no vendrías.
Parado frente a mi, yo le llegaba a los hombros. Era muy alto y delgado, y sus ojos me miraban como dos pozos azules de agua. Su sonrisa era cautivadora. Me besó la mejilla y me guió hacia la mesa en la que estuvo esperándome. Llevaba puesto unos jeans algo gastados y una remera blanca que se ajustaba a su musculatura de una manera un tanto perturbadora. Los músculos bien marcados de sus brazos evidenciaban que gastaba su tiempo libre en el gimnasio.
- ¿Me esperaste mucho? - le pregunté
- No, solo dos horas - dijo y me guiñó un ojo - Lo importante es que ya estás aquí y al fin te conozco en persona. Eres hermosa, Sofia. - agregó, retirando la silla para que yo me sentara - y hueles como una flor.
Yo no pude evitar reírme ante sus arranques de caballero romántico.
- Creí que eras roquero, pero al parecer eres más romántico que otra cosa.
- El que toque en una banda de rock no evita que tenga mi corazoncito, y sabes, los roqueros somos los hombres más románticos que existen.... ¿Te puedo invitar un helado?
Sonreí y asentí. Juan Pablo me escoltó, llevándome de la mano hasta donde estaba el mostrador con los distintos gustos de helado. Yo me sentía como la protagonista de una novela romántica, de esas que tanto me gustan leer.
- ¿Qué sabor quieres? - dijo él.
Y justo cuando iba a abrir la boca para elegir uno de los sabores, fuimos interrumpidos por una mujer vestida con una minifalda de color plateado y unos tacones de vértigo. Su cabellera rubia ondeaba como una bandera agitada por el viento, el exceso de maquillaje la hacía ver vieja, aunque supuse que no tendría más de veinte y tantos, igual que yo. Ella se interpuso entre los dos y se agarró del brazo de Juan Pablo, dejándome a mi a un lado.
- Juan Pablo, Pablito, ¿Dónde te habías metido, amor de mi vida? - dijo ella, acaparándolo.
- ¿Marcia, qué haces aquí? - preguntó él con el ceño fruncido.
Yo, sintiéndome incómoda, me hice a un lado y los dejé hablando. Salí de la heladería y volví a mi coche. ¿Acaso era la novia de Juan Pablo? Él había dicho que no tenía novia, pero al decir verdad, ¿acaso lo conocía?... No pude evitar llorar de camino a casa, me sentía engañada, aun cuando sólo nos conocíamos por Internet y nos sólo nos habíamos visto unos minutos, pero aun así, me sentía mal.
Mi teléfono empezó a sonar....

(continuará)


domingo, 29 de junio de 2014

¿Mr Darcy, eres tú? (última parte)

Dejó la novela de Jane Austen sobre la mesita y suspiró. Mr Darcy pasea su mirada al rededor de mi cuarto con el ceño fruncido y yo no puedo dejar de mirarlo. Quisiera pellizcarme para saber si estoy soñando o cerrar los ojos a ver si se desvanece. Lo hago, cierro los ojos, pero al volverlos a abrir, ahí sigue él, con cara de pocos amigos
- Señorita, deje de mirarme de esa manera, me distrae - dijo Mr Darcy.- Y póngase algo de ropa, por favor
¡Wow! mi mirada lo distraía, eso sí que era interesante.En cuanto a su comentario acerca de mi ropa, lo ignoré sin más.
- Debo volver -dice y sé que tiene razón, no pertenece a este mundo.
Se me ocurre que quizás en Google encuentre alguna respuesta, así que me levanto y voy a mi escritorio donde enciendo la computadora. Detrás de mí, él se pone también de pie como si un resorte lo hubiera catapultado.
- ¿Eso que és? - pregunta señalando mi computadora - ¿Una especie de oráculo? ¿Por qué no me dijo que se dedicaba a la magia? Aunque debo ser sincero y advertirle que yo no creo en esas supercherías, - me amenaza con un dedo.
Puse los ojos en blanco y dije que sí, que era un oráculo y que quizás allí encuentre la respuesta a nuestro "pequeño problema". Era más fácil seguirle la corriente que explicarle que lo que estaba manipulando era un avance de la tecnología muy posterior al mundo del cual él venía, o, para ser más precisos al mundo de su creadora, Jane Austen. Mientras esperaba a que la computadora hiciera todos sus pasos  de rutina antes de usarla, lo miré.. ¿En serio era él? ¿Mr Darcy estaba en mi habitación y era de carne y hueso?
Tipee  unas cuantas palabras en el buscador y me saltaron varias entradas de "Inkheart", una novela infantil que había leído hacía bastante tiempo. En ella algunos protagonistas también habían pasado por el trauma de salir de sus historias y según decía, la forma de hacerlos volver a sus historias era leyéndolos en voz alta, aunque no todos tenían el don de lograr esa hazaña. Me pregunté si yo lo tendría. Convengamos que cuando Mr Darcy salió de su libro, nadie lo estaba leyendo... Por otra parte, los personajes sufrían siempre algún tipo de defecto ya sea físico o de otra especie cuando se transportaban fuera de su historia y, según había podido comprobar, Mr Darcy era perfecto...
- Señorita, no se distraiga - me recriminó cuando levanté la mirada hacia su elevada estatura erguida tan cerca de mí.- Y dese prisa, no sea que el señor Bingley ya no se encuentre cuando vuelva a la fiesta, no quisiera tener que alquilar un carruaje, de seguro ya no quedan los buenos a esta altura.
- Aquí encontré algo - anuncié - tengo que leer el libro en voz alta
Agarré el libro del lugar donde él lo había depositado, me senté en la cama  y empecé a hojear, buscando las primeras líneas que hacían referencia a Mr Darcy. El por su parte, se paseaba inquieto dentro del reducido espacio de mi cuarto. Sus botas hacían bastante ruido  sobre el piso de madera.Leí unas líneas y nada, el hombre no se esfumaba nunca.
- Si no se queda quieto, no voy a poder concentrarme - le reprendí, aturdida.
El se detuvo y se sentó a mi lado, causando que los resortes del colchón chillaran. Seguí leyendo, una, dos, tres páginas más, lo cierto es que nada pasaba.
- Su voz es hermosa - dijo él - como el canto de un ave mañanera, pero por favor, mejor cállese.
Me quitó el libro de las manos y lo volvió a bajar sobre la mesita de luz, y sin aviso, me acercó a él y empezó a besarme en los labios casi con ansiedad. ¿Qué le pasaba ahora? Sus manos alargadas y masculinas empezaron a recorrer mi cuerpo de manera peligrosa. La cosa se estaba poniendo cada vez más loca, pero yo no pensaba decirle que se detuviera, en realidad, no pensaba.
- Ese Jesse es un afortunado - pronunció entre besos.
- ¿Quién?
- Su prometido - dijo y me señaló la remera - aunque debo decir que es de mal gusto obligar a su dama a usar una bolsa pintada con su nombre.
No pude evitarlo, me tuve que reír.
- Jesse Ward no es mi prometido, ojalá lo fuera - dije entre risas - es otro personaje literario
- Ya veo, usted debe tener algún poder mágico para atraer así a los personajes literarios...
Antes de desmayarme de la risa, lo obligué a callarse con otro beso. Él besaba muy bien por cierto. Desaté su corbatín y lo escuché suspirar, su boca rodó por mi cuello y todo dio vueltas, cerré los ojos. No tengo idea de cuanto tiempo pasó, o si me quedé dormida, pero cuando los volví a abrir estaba sola. Mi cuarto estaba en silencio y muy frío, afuera el sol empezaba a asomar y la novela de Jane Austen descansaba inocentemente sobre mi mesita de luz intacta y sin ningún agujero. Quizás realmente había soñado con Mr Darcy, no había otra explicación racional a toda esa rara confusión... Me puse de pie y algo cayó de mi cama, lo levanté del suelo, un pedazo de tela de seda... ¡Un corbatín!....

(mientras tanto en muy lejos de Pemberley, en una campiña inglesa....)
Mr Darcy miraba a su alrededor algo atontado. Todo parecía indicar que se había desmayado y cuando recuperó el sentido, la habitación en la que se encontraba era sin lugar a dudas la misma en dónde se había refugiado del excesivo ruido de la fiesta. Salió de ella y bajó las escaleras, la orquesta seguía tocando, las voces y risas se mezclaban en su cacofonía habitual y todos parecían muy alegres, algunos más que otros. Nadie parecía haberse dado cuenta de su ausencia. ¿Cuanto tiempo había estado desmayado y quien era la joven de ojos azules y piernas muy largas que se había colado en sus sueños? Un sueño demasiado raro, si parecía de otro mundo.
- Ahí estabas amigo - lo interceptó Mr Bingley - es hora de partir, mis hermanas se han cansado de la fiesta y quieren ir a casa. ¿Nos acompañas?
- Desde luego
- ¿Amigo, estás bien? - Mr Bingley puso cara de preocupación - Estás muy pálido.
- Estoy bien, debe ser porque hay mucha gente aquí metida - dijo Mr Darcy, intentando sonreír, aunque su sonrisa parecía una mueca de dolor y no una sonrisa
- ¿Y tu corbatín? - Mr Bingley señaló el cuello de la camisa de su amigo
Mr Darcy se llevó la mano al cuello. ¡Qué extraño, no recordaba habérselo quitado! Pero en cambio, recordaba unas manos femeninas tan suaves que parecían revolotear como mariposa sobre su cuello. Apretó los dientes y le dijo a su amigo que lo mejor era irse de ese lugar cuanto antes, no sea que la bruja volviera a atraparlo. Esto último desde luego no lo dijo en voz alta, sólo lo pensó para sí. Y mientras iba a la puerta de salida, chocó de manera abrupta con un vaporoso vestido verde malva Levantó la mirada y a su encuentro acudieron unos ojos negros muy bonitos. La hermosa señorita Elizabeth Bennet lo miraba tan sorprendida como él. Hizo una reverencia y ella contestó igual. Se despidieron con un breve, hasta luego y pronto se vieron arrastrados y separados por la gente que los rodeaba...
Mr Darcy sopesó la posibilidad de que la bruja del cuarto de arriba hubiera tomado la forma de la señorita Bennet solo para atormentarlo y hacerle caer de nuevo en sus redes. En fin, suspiró y siguió a la comitiva con la que había llegado a la fiesta, estaba cansado y deseaba dormir, sospechaba que ya tendría ocasión de preocuparse por la hija del señor Bennet.

- FIN-



viernes, 27 de junio de 2014

¿Mr Darcy, eres tú? (un cuento, continuación)

(Según Julieta)

¿Mr Darcy está parado en mi sala? Hace sólo unos minutos me encontraba tranquilamente mirando el noticiero, cuando este hombre, vestido como si se hubiera escapado de una novela de Jane Austen irrumpió en mi sala afirmando ser el mismísimo Mr Darcy. Casi muero del susto. ¿Acaso me había quedado dormida o empezaba a tener alucinaciones con el libro que estaba leyendo? No había probado ni una gota de alcohol esa noche, por lo que no podía echarle la culpa a la bebida.... Alto y buen mozo, con la confusión dibujada en su ceño fruncido y hablando en un perfecto inglés demasiado inglés, por mucho que le insistiera que dejara de tomarme el pelo, el hombre seguía afirmando ser Mr Darcy y quería que le ayudara a encontrar  a su amigo, el señor Bingley.
Supuse que debía tener algún tornillo suelto y preferí encerrarme en mi habitación, del mismo lugar de donde presuntamente había salido.... Sobre el suelo, al lado de mi cama, encontré mi ejemplar de "Orgullo y Prejuicio", salía humo de él y tenía un enorme agujero negro en el centro... ¿Qué demonios?... Pensé que lo mejor que podía hacer era llamar a la policía y lo hice, asegurando que corría peligro y que se dieran prisa, pero ellos se excusaron diciendo que su única patrulla estaba ocupada en otro lugar. Al parecer había ocurrido un asalto en una heladería (¡Hacía calor, quizás los ladrones estaban robando helados!) ... En fin, estaba sola con un lunático... La puerta se sacudió, yo dí un respingo.
- Señorita, por favor, dígame dónde estoy. - dijo él, golpeando la puerta.
- ¡En mi sala, imbécil! - le grité y no pude evitar reírme.
- Por favor ábrame la puerta, no quiero hacerle daño, pero por favor, aproveche y vístase.
Miré mi reflejo en el espejo, ¿por qué quería que me vistiera si estaba vestida? Mis shorts de jeans eran cortos pero mi remera de Jesse Ward era bien larga, no estaba desnuda. Respiré hondo y abrí la puerta. El estaba parado frente a mi, con el ceño fruncido.
- Sigue usted desnuda - dijo él recorriendo mis piernas con la mirada por un segundo, luego levantó la mirada al techo, algo avergonzado  - Necesito que me diga dónde se ha ido todo el mundo, hace sólo unos minutos esta casa estaba llena de gente, había una orquesta tocando y algunas personas bailando.
- No, está equivocado, aquí no hubo ninguna fiesta - lo miré preocupada, quizás se había golpeado la cabeza, su mirada extraviada casi confirmaba mis sospechas.
Y de pronto, sin saber cómo, Mr Darcy o como quiera que se llame cruzó de dos zancadas el umbral y se metió a mi habitación, llevándome con él. Caí sobre mi cama con Mr Darcy sobre mi cuerpo. Su boca de pronto estaba sobre la mía aprisionándola. ¿Acaso estaba teniendo un sueño erótico con Mr Darcy?... Aunque su boca experta y el resto de su cuerpo se sentían bastante reales como para ser un sueño.... (¡Y ohhh, Mr Darcy era un hombre en toda la extensión de la palabra!) Dos expertas manos se pasearon por mis piernas, subiendo peligrosamente por mis muslos, me estaba quedando sin aire.
- ¡Esto no está bien! - dijo repentinamente, levantándose tan rápidamente como se había abalanzado sobre mi
-¿Qué? - casi grito y casi me caigo de mi propia cama.
El se acomodó la ropa lo mejor que pudo y pasó sus manos con nerviosismo sobre su cabello oscuro y lacio.
- Lo siento, no sé que me pasó - dijo, sin poder mirarme a los ojos. - Por favor, le ruego me perdone mi atrevimiento.
Yo lo miraba atontada, sin poder ponerme en pie, con la respiración agitada. ¿Acaso era una broma? Hacía un segundo estaba besándome, amenazando con dejarme realmente sin ropa y ahora se disculpaba. Alucinación o no, el hombre no tenía sentido de la oportunidad. Respiré hondo tratando de recuperar la compostura yo también. Me senté y levanté del piso mi libro de "Orgullo y Prejuicio".
- ¿Que es eso? - dijo él, mirando mis manos
Se lo mostré y estudié atentamente su reacción.
- Es el libro que estoy leyendo y se supone que usted está en este libro. Aunque el agujero no estaba ahí antes y tampoco salía humo del libro.
En silencio, hojeó las páginas y leyó unas líneas, después más y sus dedos siguieron dando vuelta las páginas casi con furia. Me miró y miró el libro que tenía en la mano, estaba pálido y lo ayudé a sentarse, temiendo que fuera a desmayarse. Pensé en ir a buscar un poco de agua pero temía que si lo dejaba solo hiciera algún tipo de locura. Era evidente que el libro lo estaba afectando en serio, me sentí un poco bruja por habérselo mostrado.
- ¿De dónde consiguió usted esto? - me dijo, apremiante
- De una librería, es un clásico de la Literatura Inglesa, este libro hay en cualquier librería, yo lo tengo en inglés pero se ha traducido en miles de idiomas.
El hombre que afirmaba ser Mr Darcy me miraba como si me hubiera salido otra cabeza. No debía ser nada fácil enterarse que no existías más que en una historia escrita hace ya mucho tiempo.. Claro, eso si creíamos en su loca afirmación de que él era efectivamente Mr. Darcy.. ¿Y si fuera cierto? Yo lo estudiaba en silencio mientras él volvía a hojear el libro. Sus postura tan recta al sentarse, incluso ahora que parecía devastado, sus gestos, nada parecía actuado sino real. Por un momento, aunque fuera una locura, le creí. Aquel hombre sentado en mi cama era realmente Mr Darcy, ¡"El Mr Darcy"! Y entonces ¿Qué hacía fuera del libro? ¿Cómo había llegado hasta su departamento?.. ¿Acaso el agujero y el humo del libro tenían algo que ver? ¿Y qué debía hacer ella? ¿Cómo podía ayudarlo a volver al libro? Tantas preguntas... Anonadada me senté junto a él y me abanique la cara con la mano.

(sólo una última parte, es decir continuará)





¿Mr Darcy, eres tú? (un cuento)

Y mientras se cocina en el horno una "Deliciosa Confusión", pasé por aquí con ganas de dejarles un cuentito donde el protagonista es ni más ni menos que Mr Darcy.... ¿Qué pasaría si por accidente aterrizara en este tiempo en la casa de Julieta?


¿Mr Darcy, eres tú?
(Primera parte, según Mr Darcy)
    Mr Darcy se pasea entre la multitud, no sabe por qué dejó que su amigo el señor Bingley lo arrastrara hasta esa fiesta llena de gente tan común y superficial. Las fiestas le daban dolor de cabeza, el parloteo incesante de las viejas que acudían a esas reuniones le daban mal de estomago y para colmo, había escuchado a la bella Elizabeth Bennet decir que él tenía "cara de haberse tragado un zapallo entero sin cortar" (atrevida y sin modales) ... No, mejor era tomarse  un poco de aire, o mataría a todos, incluido su jovial amigo... Debia reconocer que la joven  Miss Bennet era muy hermosa, aunque un poco simple y con conexiones nada recomendables, pero además, esa tendencia a hablar y reírse sin cuidado de los modales, le estaban exasperando. No le vendría mal que alguien - quizás él - la sentara en su regazo para darle unos azotes.
Buscando un poco de paz fue a la planta alta de la enorme mansión donde se celebraba la fiesta y abrió la primera puerta que encontró en su camino, en un estrecho pasillo. De pronto todo se oscureció... ¿Qué estaba pasando? ¿Acaso la gran casa había explotado en mil pedazos?.. Algo atontado, buscó de nuevo el picaporte para salir de la habitación donde se había metido... Asomó la cabeza y le sorprendió la sensación de que la enorme mansión estaba vacía. Ya no escuchaba a la orquesta tocar. Pero un momento, además, la casa se veía muy distinta. ¿Qué le había ocurrido a las paredes? El hermoso tapiz de color marfil había sido cambiado por un amarillo oscuro bastante ofensivo. Un extraño cuadro lleno de manchas atrajo por unos instantes su vista, pero no resistió mirarlo más de lo necesario. ¿Quién podría gustar de algo así? Caminó unos pasos y en el lugar dónde se suponía estaba la escalera se tropezó con un estante repleto de libros, giró entonces sobre sus talones y caminó por el lugar hasta encontrar una puerta abierta de par en par. La voz de un hombre llamó su atención. Quizás él podría decirle dónde estaba todo el mundo.Su sorpresa fue en aumento a medida que cruzaba hacia la otra habitación, esperaba ver un montón de gente, en cambio se encontró con un salón medio vacío, en lugar de las sillas de respaldo alto, vio que el centro  estaba ocupado por un largo mueble lleno de cojines y frente ese un cuadro que casi lo horroriza. El no creía en fantasmas, pero el hombre que estaba pintado dentro del cuadro, vestido de la manera más rara posible, definitivamente se movía, de hecho se dio cuenta que la voz que había escuchado era la suya... ¿Que demonios estaba pasando?
- Disculpe, caballero, - le dijo al espíritu, ya que al parecer era el único ser "vivo" en ese extraño sitio y su única esperanza de ayuda - ¿Podría decirme donde está todo el mundo?
No había terminado de decir esa frase cuando tropezó con la mesa más enana que había visto en su vida y sus oídos fueron asaltados por un grito que casi le hace saltar dentro de su propia piel.
-¿Quien es usted? ¿Qué hace aquí?
Una joven con el cabello suelto y semidesnuda se levantó de pronto del mueble con almohadones. Lo apuntaba con lo que parecía un zapato. Cuando miró hacia dónde se encontraba el espíritu, se sorprendió de que ya no estuviera allí, en cambio, el cuadro que parecía de vidrio había quedado completamente gris y plano. Muy raro.
- Señorita, por favor déje de gritar y póngase algo de ropa ¿Puede decirme si ha visto al señor Bingley  en alguna parte?
- ¿Qué? - dijo ella, sus ojos azules estaban abiertos como platos
Tapándose los ojos, Darcy repitió su pregunta. Sentía que en cambio, ella lo miraba sin ningún disimulo y con la boca abierta de asombro.
- ¿Quien es usted? - balbuceó ella, aun lo apuntaba con ese extraño zapato rojo.
- Mi nombre es Fitzwilliam Darcy y estoy buscando a mi amigo el señor Charles Bingley con quien he venido a esta fiesta.
- Aquí no hay ninguna fiesta - dijo ella, con el ceño fruncido - ¿Acaso se perdió de una fiesta de disfraces? ¿Tomó demás, verdad?
La joven definitivamente no tenía modales ¿Preguntarle así sin más si había tomado demás? ¿Y es que no pensaba cubrirse? ¿Y qué era eso de la fiesta de disfraces? La chica no dejaba de mirarlo, dejó a un lado su arma de ocasión y se acercó a él estirando las manos. ¿Iba a tocarlo?
- Bonito disfraz, debió costarle muy caro, realmente se parece a Mr. Darcy.- sus finos dedos tocaron la tela de su levita
- ¿Qué hace? - él retrocedió - ¿Qué cosa dice señorita? Yo soy Mr Darcy.
Ella lanzó una sonora carcajada. Sus largas piernas desnudas lo distraían, tenía puesto unos pantalones de hombre demasiado cortos para ser propiamente pantalones, ¿o eran calzones? Y una larga tela rosada suelta que le cubría un poco más de las caderas donde se leía "Jesse's girl 3,2,1,0 baby"... Ignoraba por completo quien era ese caballero pero le parecía de mal gusto ir por la vida colgando un letrero del pecho de una dama...Si, lindos pechos... ¿Qué demonios le pasaba, no acostumbraba a tener tantos pensamientos impuros con solo mirar a una dama? Debía ser su extraña ropa o que estaba casi sin ropa, o que todo aquello lo estaba mareando, por no decir asustando.
- Si usted es Mr Darcy yo soy Madonna - dijo ella aun sin creerle - ¿Cómo entró a mi casa?
- Mucho gusto, señorita Madonna, ¿esta es tu casa? ¿Y dónde está la gente que estaba en la fiesta?
- Ya le dije que aquí no hay ninguna fiesta - dijo ella lo miraba como si fuera a devorarlo o como si no quisiera pasarse por alto ningún detalle - Y mi nombre es Julieta, no Madonna, Madonna es una cantante de pop.
- ¿Cantante de pop? - repitió él con el ceño fruncido, además de bonita y sin modales, la extraña mujer estaba hablando en un idioma que él desconocía.
- No importa. ¿Me puede decir cómo vino?
- Entré por esa puerta - dijo él señalando el lugar de donde había salido hacía unos minutos.
- ¿De mi dormitorio? - ella no dejaba de mirarlo y él se sentía cada vez más incomodo
El silencio los envolvió a los dos. La joven retrocedió hacia su habitación, sin sacar los ojos de él. Mr Darcy no sabía que hacer, se sentía como un tonto parado allí en el medio de la habitación, pensó seguirla hacia lo que ella llamaba dormitorio, pero era de muy mala educación que un hombre entrara sin invitación en los aposentos privados de una dama. Ella cerró la puerta detrás de si, ¿le había puesto la llave? Escuchó que hablaba con alguien casi a los gritos....¿Policía?
Pasaron los minutos y ella no volvía...

((continuará)))





miércoles, 23 de abril de 2014

Epilogo en tres actos: III y Ultimo: Luna de miel (La biblotecaria y el Profesor)

Todo estaba resuelto entre la bibliotecaria y el profesor, solo faltaba que unieran sus vidas para siempre y eso fue exactamente lo que hicieron.
La boda de Lisa y Albert se llevó a cabo una tarde de setiembre, en plena Primavera. El lugar elegido para el enlace y la posterior fiesta fue la casa de la familia de Albert, la misma donde Gabriela festejara su cumpleaños junto a la piscina. Fue una tarde soleada y algo calurosa que permitió convertir al amplio jardín junto a la piscina en un excelente escenario para tan especial evento. Había flores y velas por todas partes, incluso velas flotando en forma de flores sobre la tranquila superficie del agua. Para Lisa era como un cuento de hadas donde ella con su largo vestido de novia y su velo de encaje era la protagonista.
Albert, al verla entrar del brazo de su padre por el pasillo que la conducía hacía el improvisado altar cubierto de flores, sonrió ampliamente y su rostro se iluminó.
- ¡Dios mio, estás preciosa! - dijo cuando tomó su mano.
Cuando el padre les dio la bendición, luego de cumplida la ceremonia, los nuevos esposos se besaron y rieron al notar que ambos tenían lágrimas en los ojos. La gente se puso a aplaudir. La fiesta empezó casi enseguida con los novios bailando el vals y luego fueron a cortar el pastel de bodas, cuyos muñecos de porcelana fría fuera de lo común, fueron motivo de conversación entre los invitados. De hecho, había dos tortas y en cada torta, los novios estaban representados de manera distinta y divertida. La música y las risas se mezclaban en un ambiente festivo. Nada faltó.
Pero la verdadera fiesta para los novios fue la noche de bodas, la cual no ocurrió sino hasta que llegaron a su destino para su luna de miel en una isla caribeña bastante desconocida para las guías turísticas internacionales, pero donde les esperaba una cabaña con su propia playa y con todas las comodidades que pudieran necesitar sin necesidad de ir a ningún pueblo u otro lugar de donde surtirse. Fueron diez días donde los recién casados se dedicaron principalmente a amarse.
Cuando entraron a la habitación de la cabaña, donde Albert insistió que lo hicieran cargándola en brazos como correspondía a la tradición, Lisa no pudo esconder su asombro ante la enorme cama que los esperaba con la colcha blanca cubierta de petalos de rosas rojas. Había velas encendidas y afuera se escuchaba el sonido del mar. Albert la bajó en la cama, después de un largo beso.
- Tengo algo para tí - anunció y se perdió de su flamante esposa por unos segundos, solo para reaparecer con un enorme cuadro en las manos. El cuadro, aparentemente un lienzo, estaba cubierto por una tela de donde pendía un gran moño.
- Es tu regalo, amor - le dijo Albert - quitale la tela para que lo veas.
Así lo hizo Lisa y su mandíbula cayó como si fuera un dibujito animado. Ante sus ojos estaba ella retratada por el profesor de una manera sensual y fascinante. Su cuerpo semidesnudo, cubierto apenas sobre las sabanas blancas cubiertas de pétalos de flores, reposaba pudoroso sobre el blanco fondo, se notaba la sugerencia de sus pechos apoyados sobre la cama y ella boca abajo, miraba desde esa posición al pintor con los ojos sonrientes, su pelo suelto también tenía una flor.
- ¿Y? - preguntó Albert ansioso porque ella no había dicho nada - ¿Qué te parece?
- Es hermoso, Albert... Solo que no recuerdo haber posado en esa postura, recuerdo que me hacías mirarte de frente, con todo mi cuerpo expuesto.
Albert sonrió con picardía.
- Si es cierto, ocurre que este pintor no quería compartir todos los secretos de su musa, quiso guardárselos para el solo. - la voz de Albert se había puesto ronca al tiempo que bajaba el enorme lienzo a un costado de la cama y volvía toda su atención a su esposa - Bueno, dejémonos de pinturas, ¿qué te parece si empezamos nuestra luna de miel en forma?
Los hábiles dedos del profesor ya estaban tomando posesión del cierre del vestido, así, a ciegas, sin darle la vuelta. El velo, por supuesto, Lisa ya se lo había quitado, antes de subir al avión que los había llevado a aquella isla.
- Espera - advirtió Lisa, sujetando las manos de  Albert - yo también quiero darte tu regalo de bodas.
- No, eso puedes hacerlo más tarde.
- No, yo quiero dártelo ahora - insistió Lisa y se deshizo del abrazo del profesor para ir a buscar su maleta de mano.
De allí sacó un sobre blanco sin distintivo alguno. Se lo entregó a Albert.
- Ábrelo. - le dijo
- ¿Qué es? - preguntó Albert intrigado y abriendo el misterioso sobre.
Adentro encontró lo que parecía un informe de laboratorio, sus pupilas se agrandaron.
- No sé cómo lo tomarás pero tenías que saber y bueno, no sabía que regalarte...yo...
- ¿Estas embarazada?
- Si, Albert, vamos a ser padres, estoy de tres semanas.
Albert miró la hoja que tenía en sus manos y miró a Lisa sin decir nada y Lisa temió lo peor, una angustia enorme creció dentro de ella como por arte de magia, pero Albert no tardó en disipar sus miedos y fue a abrazarla y besarla.
- ¡Me haces el hombre más feliz del mundo, primero casándote conmigo y ahora dándome esta noticia!
 La besó y besó hasta que los dos se quedaron casi agónicos de la falta de aire. Una nueva vida empezaba para los dos y el amor que los unía no hacía más que florecer...

                                                    - FIN-





martes, 22 de abril de 2014

Epílogo en tres actos: Acto II "Me tendrás que escuchar" y algo más (La bibliotecaria y el Profesor)

Lisa salió corriendo de la universidad y casi es atropellada por un ómnibus que pasaba raudamente por el lugar cuando cruzó la calle. Llegó a su casa en medio de una nebulosa, con el pecho apretado y sin poder detener el llanto. Su madre al verla se alarmó ante su aspecto, pero Lisa no tenía ganas de explicar nada, se encerró en su cuarto y se hundió bajo los almohadones como si pudiera refugiarse de lo que le estaba sucediendo con la cara enterrada en ellas. Su gato la miró intrigado, pero, como si comprendiera que su dueña necesitaba silencio, dio media vuelta y siguió durmiendo en un rincón de la habitación. Lisa no daba crédito a lo que había visto, Albert siempre se había mostrado tan enamorado de ella que no podía creer que le hubiera hecho aquella bajeza. ¿Por qué? ¿Y por qué con Ana? ¿Acaso le había mentido? ¿Es que seguía enamorado de ella? ¿Y todo lo que le había contado, de que sólo ayudaba a esa loca por pena?...
- Lisa, hija, te buscan.- había pasado al menos una hora desde que llegara a su casa, pero para Lisa el tiempo no había pasado, bueno, no le importaba, ni siquiera se había cambiado de ropa, el vestido de verano estaba arrugado pero eso tampoco le importaba.
Su madre llamó a la puerta de su habitación varias veces antes de que Lisa fuera abrir.
- Si es Albert, dile que no estoy, que me fui a la China, no quiero saber nada de él.- dijo la bibliotecaria, secándose las lágrimas a duras penas, aunque a su madre no engañaba, la preocupación de esta última se leía en su rostro.
- No, no es él, es una joven que insiste en hablar contigo.
- ¿Una joven? - preguntó Lisa - Mamá, por favor, no estoy de humor para atender a nadie.
- Lisa, me vas a tener que escuchar - quien así hablaba no era otra que Ana, quien ante la sorpresa de la dueña de casa, había subido al piso superior de la casa - Disculpe, señora, pero Lisa tiene que escucharme.
- Si vienes a amenazarme puedes irte tranquila, quédate con tu profesor, te lo regalo con moño y todo, pero vete de mi casa, - dijo Lisa, alerta ante esa mujer a quien consideraba peligrosa - Mamá, ve a tu cuarto, yo la atiendo, pero si escuchas un grito, llama a la policía.
La madre de Lisa abrió mucho los ojos pero no dijo nada más, y así quedaron las dos rivales solas.
- Puedes estar tranquila, - dijo Ana - no vengo armada ni con malas intenciones, solo vengo a pedirte que vuelvas con Albert.
Ahora le tocó a Lisa abrir los ojos con evidente sorpresa. ¿Acaso se había golpeado la cabeza?
- Los vi besándose - murmuró, con los brazos cruzados brazos sobre su pecho.
- Lo que viste fue a mí besando a Albert, un beso de despedida, me voy esta noche a la Argentina a seguir un tratamiento psiquiátrico, entre Albert y yo ya no hay nada, él se sentía obligado a hacerse cargo de mi tratamiento pero yo decidí liberarlo de ese compromiso. Aunque yo lo quiera, soy consciente ahora que ya no puedo retenerlo, él necesita liberarse completamente de mi y comenzar una nueva vida al lado de la mujer que ama y esa mujer eres tú.
- ¿El te pidió que vinieras a decirme todo eso?
- No, él se quedó devastado al verte, pero no me pidió nada, si estoy aquí es por mi propia voluntad. Claro, él me dijo donde vivías y me hubiera traído pero yo quise venir a hablar a solas contigo... Lisa, Albert te ama y yo creo que tú también lo amas. No le des más vueltas a todo esto. Vamos, tengo un taxi esperando afuera, vamos a la universidad, ve y dile a Albert lo que sea que ibas a decirle cuando llegaste y nos viste.
- ¿Cómo puedo estar segura que no me llevarás a cualquier otra parte y luego te desharás de mí?
- Se que te cuesta creerme y no te culpo, pero digamos que lo hago por Albert.
Lisa aunque algo reacia pensó que no tenía opción. Si en algo estaba en lo cierto esa loca era en que amaba a Albert y si aquello no había sido más que un malentendido o un beso de despedida, estaba dispuesta a arriesgarse y subir a un taxi con la mujer que sólo un tiempo atrás los había amenazado con un cuchillo, proclamando a los cuatro vientos que Albert era de su propiedad y que ahora, lo crean o no, hacía un paso al costado.
- Ve.- dijo Ana cuando llegaron a destino.
Las dos mujeres se despidieron, el taxi arrancó con una silenciosa Ana adentro y Lisa corrió rumbo a la oficina del profesor, esta vez la puerta estaba cerrada con llave y Lisa tuvo que golpear la puerta para que el profesor la abriera, cuando lo hizo, se quedaron los dos en silencio mirándose algo incómodos. Un teléfono sonó y Lisa le indicó a Albert que atendiera, ella podía esperar.
- No, sea quien sea puede esperar, tú no - dijo él, indicándole que pasara.- Veo que Ana te convenció para que vinieras.
- Si, me explicó que se estaba despidiendo.
- Si, así es, pero de todas formas, te pido perdón por lo que viste, no debí permitir que sucediera.
- Tienes razón, pero ya pasó, vine aquí decidida a seguir el consejo de Ana.
El profesor, apoyado sobre el borde de su escritorio, con los brazos cruzados sobre su pecho, levantó una ceja.
- ¿El consejo de Ana?
- Ella dijo que no te dejara y yo he decidido que ya es hora que acepte tu propuesta.
El profesor la miró sin entender y Lisa, decidida se acercó a él.
- Hace unos meses atrás me propusiste matrimonio y yo te dije que no estaba preparada.
- Si...
- Bueno, Profesor Albert Simpson, ya estoy lista, así que espero que me vuelvas a hacer la pregunta.
El rostro de Albert se iluminó y fue tanta su felicidad que casi se olvida de repetir la pregunta.
- ¿Aceptas casarte conmigo? - dijo al fin, rodeando a Lisa en sus brazos
- Si - dijo ella y eso fue suficiente para que los dos se confundieran en uno de sus épicos besos que nada tenían que envidiar a las películas de Hollywood.

(solo falta algo más)



lunes, 21 de abril de 2014

Epilogo en tres actos: Acto I Intención interrumpida (La bibliotecaria y el Profesor)

Nota de la autora: A pedido de mis amigas lectoras que aun no tenían ganas de despedirse del Profesor Simpson y de Lisa Real, les ofrezco a continuación un Epilogo a esta acalorada y agitada historia de amor. Y les traigo como propuesta una especie una obra en tres actos que espero contenten sus deseos de saber más acerca de estos dos personajes que han significado el nacimiento de este blog... Ustedes serán mis jueces...




(Epílogo) Lisa y Albert retomaron su relación ese mismo día, después de terminada la jornada laboral. El profesor la llevó a cenar a otro restaurante exclusivo y luego la llevó a su departamento, llevándola de la mano hacía la segunda planta del mismo. Lisa pensó que la llevaría a su cuarto, pero en cambio, la guió a otra habitación, igual de espaciosa, donde la joven encontró un recinto muy parecido al estudio de pintura que el Profesor tenía en su casa de campo. Quizás la diferencia estaba en que allí no había una tarima con el colchón esperando, en cambio, había una cama con cabecera de hierro que parecía muy fuera de lugar en el moderno departamento.
- Desnúdate para mí.- susurró el Profesor en el oído de Lisa, luego de haberla dejado medio mareada con uno de sus fogosos besos.
- ¿Dónde quedaba el baño? - preguntó Lisa, sonrojada.
- ¿El baño? ¿Para qué?
- Para ir a quitarme la ropa.
El Profesor negó con la cabeza.
- Quiero que te quites una a una la ropa aquí mismo, así podré estudiarte a fondo y empezar un nuevo lienzo con ese cuerpo tuyo que me hace delirar.
Como de costumbre, las palabras del Profesor tenían sobre Lisa el mismo poder que un volcán en llamas. Sus piernas se aflojaron, pero así y todo ella logró ir despojándose de su ropa, mientras el profesor, instalado detrás de su caballete, sin camisa y descalzo, la miraba con ojos hambrientos... De esa noche habían pasado casi tres meses, la musa y su pintor se encontraban casi a diario para sus sesiones que, indefectiblemente, terminaban en la vieja cama de hierro, ruidosa, que amenazaba a desarmarse bajo el impulso de la pasión. Lisa daba las gracias de que aquel lugar también contara con las paredes aislantes del dormitorio, pues a veces temía que los fueran a denunciar por sus gritos y gemidos.
La relación crecía y se afianzaba y Lisa llegó a la conclusión que era hora de que ella le hiciera saber a Albert que estaba lista para aceptar formar parte de su vida para siempre. El profesor había sido fiel a su palabra de no insistir con la idea de casarse con ella, aunque no desperdiciaba la oportunidad de hacerle saber a todo el mundo que ella era su mujer y "su vida".
 Fue por eso que, el día del cumpleaños de Albert, la joven bibliotecaria pidió permiso en su trabajo y fue al edificio de la Universidad donde Albert tenía su oficina para invitarlo a almorzar. No quiso llamar, quería sorprenderlo, quería ir y secuestrarlo, para después, quizás en el momento del postre, ella le repitiera la pregunta que él ya le había hecho en dos oportunidades. Así que, cuando su jefe, luego de mirarla con cara de pocos amigos, le dio permiso, ella voló al baño y se arregló el cabello y retocó su maquillaje. Se cambió el uniforme por un vestido veraniego de color azul turquesa que sabía le gustaría a su novio y salió rumbo a la Facultad de Historia y Filosofía, a dos cuadras de distancia de la biblioteca, con el corazón acelerado de la emoción. Era la primera vez que iba a ese lugar. Hasta entonces, siempre había sido el profesor quien iba a buscarla a la biblioteca, así que se sentía perdida en esa maraña de pasillos y puertas, y encontró su camino gracias a un par de estudiantes que pasaban por allí.
- La tercera puerta de la izquierda, por ese pasillo - le dijeron y ella fue, dando saltitos como si estuviera en una película romántica.
Cuando llegó a destino, la puerta estaba abierta y Lisa entró sin más ni más... Minutos después prefirió no hacerlo. Dentro del despacho del Profesor de Historia, éste no estaba solo sino que acompañado, ni más ni menos que por Ana, la misma Ana que meses atrás le había clavado a Albert un cuchillo de carnicero en el costado.. Los dos estaban muy concentrados el uno en el otro, besándose....
Lisa, al ver aquello, sintió que las piernas se le aflojaban y tuvo que armarse de valor para no gritar, con lo que un gemido se escapó de su boca, haciendo que Albert y Ana fueran conscientes de su presencia.
- ¡Lisa! - exclamó el Profesor, empujando a Ana de su lado.
 Y Lisa solo necesitó un minuto para recuperar las fuerzas y salir corriendo de ese lugar...

(continuará)

viernes, 18 de abril de 2014

"Días después" (La bibliotecaria y el profesor/En la biblioteca Parte Diecinueve)

Pasaron los días y Lisa regresó a su trabajo intentando volver a la normalidad. Algo bastante difícil de hacer, porque no paraba de pensar en Albert. A estas alturas seguramente ya había sido dado de alta y estaría descansando en su casa. Se preguntaba cómo estaría. ¿Se habría enojado con ella por marcharse de esa manera? ¿Acaso la habría olvidado? Después de todo, no tenía razones para seguir pensando en quien lo había rechazado, teniendo tantas mujeres dispuestas a formar parte de su vida, o de sus horas... de cualquier cosa que significara poder estar cerca de él y ese cuerpo de Dios griego que formaba parte del paquete.
En fin, para qué darle vueltas a algo que había terminado. Suspiró, repitiendo en su cabeza la conocida frase de los Alcohólicos Anónimos, "un día a la vez" y se concentró lo mejor que pudo en su trabajo. Fue ubicando los libros en sus  respectivos estantes, arrastrando delante de ella el carrito de las devoluciones. Esa mañana fría de otoño, las largas filas de estantes de la gran biblioteca universitaria le recordaban a un cementerio olvidado, plagado de viejos mausoleos. No importaba que los estudiantes, como todos los días, se pasearan entre ellos, con su jovial y apenas contenido alboroto. Se sentía triste y ese lugar, con tantos recuerdos, no hacía otra cosa que agudizar sus sentimientos.
Un brazo salió de la nada para estirar de ella hacia atrás, mientras una mano le cubría la boca, evitando que gritara. Lisa se vio estirada hacia los salones de lectura y sintió que la puerta se cerraba. Lo primero que reconoció fue su colonia y el tacto de su piel sobre sus labios. Cuando Albert estuvo seguro de que no gritaría, la soltó, ubicándose en la puerta misma, con los brazos cruzados sobre su pecho. Su mirada parecía de fuego. Era evidente que esta vez no pensaba dejar que se escapara fácilmente.
- Y bien - la espetó - Estoy esperando que me des una explicación al por qué saliste huyendo del hospital como si hubieras visto al diablo en persona.
Lisa se mordió el labio inferior. El profesor no parpadeaba y parecía ocupar toda la pequeña estancia.
- Tuve miedo. - dijo Lisa al fin.
- ¿Miedo? - repitió Albert con sorpresa - ¿Miedo de qué? ¿Miedo de mí?
- Miedo de todo, todo pasó demasiado rápido entre nosotros. Hace sólo unas semanas apenas sabía que existías, al decir verdad, siento que no te conozco lo suficiente.
- ¿No me conoces? Si te conté todo, incluso te conté mi historia con Ana.
- Sí, pero solo después de que ella intentara hacernos picadillo, o sino quien sabe si la hubieras mencionado. Yo sólo sé de tí lo que tú quieres que sepa
El profesor se alejó de la puerta y la rodeó con sus fuertes brazos que parecían una fortaleza. Lisa, que ahora estaba enojada, al principio intentó soltarse, pero no pudo.
- ¿Qué quieres saber de mí?
- Todo, lo que piensas, lo que quieres, lo que temes, todos tus secretos. Si voy a casarme contigo no deberíamos tener secretos.
La expresión de Albert era ahora mucho más suave, incluso sonreía.
- Pienso en ti todo el tiempo, te quiero en mi vida y tengo miedo de pederte... Y si me preguntas por mis secretos tengo que confesar que aun tengo ganas de hacerte el amor en cualquier lugar y de todas las maneras que puedas imaginar - sus ojos se oscurecieron cargados de deseo - No lo entiendes, mujer, ya me cuesta respirar si estas lejos y no lo digo como un simple cliché, es en serio. - la abrazó aun más fuerte.
- Me estas apretando demasiado - dijo Lisa, pero él no disminuyó la presión.
- Solo te soltaré si prometes no volver a huir. ¡Vamos, quiero que lo digas en voz alta!
- Esta bien.
- Dilo.
- No volveré a huir.
- Bien, te tomo la palabra - dijo el profesor y aflojó su abrazo solo para cambiar de posición y obligarla a levantar la cabeza hacia él.- Iremos con clama, como tu quieras, pero te casarás conmigo y no es una pregunta, lo harás.
Lisa rió, divertida ante su seguridad. Se besaron, un beso profundo y lleno de necesidad. Las manos del profesor no tardaron en recorrer su cuerpo hasta llegar por debajo de su falda y levantarla. La tensión que se sentía en el frente de sus pantalones era un claro indicio de sus intenciones. Su lengua la reclamaba y la respiración de ambos se empezó a agitar.
- Albert, alguien podría entrar.- murmuró Lisa entre besos.
Albert se apartó un poco y sacó del bolsillo de su traje una llave y fue a introducirla en la cerradura de la puerta, cerrándola. Su sonrisa era pícara, juguetona.
- Después la devuelvo a su lugar - prometió.
- ¡Ladrón! - rió Lisa
- Por tí me convierto en ladrón con gusto.- dijo él y la empujó hacia la mesa donde ya no perdonó nada, ni el botón de su camisa, ni las medias, ni la tanga que casi arrancó del cuerpo de la joven bibliotecaria.
Hicieron el amor como dos hambrientos, y no se despegaron el uno del otro hasta que quedaron exhaustos y a Lisa se le ocurrió que a alguien podría extrañarle que aun no regresara al mostrador después de tanto tiempo. El profesor, que debía dar clases, le dio la razón, los dos debían volver a sus actividades.
- Te buscaré esta tarde a la hora de la salida.
- Bien.
- Además, Lisa, no puedo dejarte ir así como así, tenemos una tarea pendiente.
Se estaban acomodando las ropas, intentando lucir normales y sin evidencias de haber hecho el amor en la biblioteca. Lisa lo miró confundida.
- ¿Algo pendiente?
- Tienes que volver a posar desnuda para mí.
Lisa lo miró seria.
- ¿Vas a seguir con el cuadro que estabas pintando la otra noche?
Adivinando por donde iban los pensamientos de la joven, el recuerdo de la forma en que despertaron después de esa sesión de pintura, le acarició el rostro, mientras contestó.
- No, ese lienzo tuve que tirar a la basura, tenía manchas de sangre, no muy grandes porque no estaba cerca, pero no, he decidido empezar un lienzo negro y necesito de mi musa para hacerlo.
 Lisa sonrió, nadie antes la había llamado musa.
Se volvieron a besar con más calma y se despidieron, ya no había prisa, al terminar ese día tenían una cita y era la primera de muchas más. Nada los volvería a separar y ambos lo sabían.
- El director dijo que pondría cámaras de seguridad en las salas de  lectura, - dijo Diego cuando Lisa volvió al mostrador, al parecer nadie había notado su prolongada ausencia.
Lisa quiso reír a carcajadas al escuchar aquello.
- ¿Por qué?
- Es que las llaves desaparecen y luego se escuchan ruidos extraños, cree que los estudiantes están usando las salas de estudio para sus encuentros amorosos.
Lisa se puso de todos los colores, y escondió la cabeza dentro de un cuaderno de notas de la biblioteca. Sonrió al pensar en Albert y en el amor que los unía, se sentía feliz. Ya contaba las horas para volver a verlo y empezar así una nueva historia con él, el hombre de su vida, su profesor.

                                                                - FIN -

    


Nota de la Autora: Hasta aquí ha llegado la historia de Lisa y Albert, es decir de La bibliotecaria y el Profesor, de esto que empezó como un cuento y se transformó, a pedido de mis amigas lectoras en una novela por entregas, espero que les haya gustado y me sigan acompañando en otras historias que irán tomando cuerpo en este espacio que es más de ustedes que mio, gracias por leer, gracias también por todo el apoyo y el impulso que me dieron, me inspiraron. Nos vemos pronto con más. 



jueves, 17 de abril de 2014

Ana y el profesor (La bibliotecaria y el profesor/ En la biblioteca Parte Dieciocho)

- Yo te mentí.- empezó diciendo el profesor - Dije que nunca me había casado y la verdad es que sí, pero mi historia con Ana era tan complicada que cuando me preguntaste sobre mi estado civil no supe contestarte. No me animé a decirte nada entonces, te estaba conociendo recién, así que te mentí.
Y así, el profesor comenzó a contar: Conocí a  Ana en el último año de la universidad, a través de amigos en común, en una fiesta. Lo nuestro fue una atracción incendiaria a primera vista. Ella era muy bonita y algo alocada y yo por entonces era bastante tímido, por eso cuando fue evidente que la atracción era mutua, nada nos detuvo hasta estar juntos. Nos involucramos rápidamente, pero yo conseguí una beca y fui a estudiar afuera, como te conté. Iba y venía, y a veces ella también iba a verme, ella decía que quería ser modelo y aunque nunca la vi estudiar ni trabajar, supuse que las fiestas a las que siempre asistía eran parte de ese sueño.
 Nos distanciamos un poco cuando necesité meterme de lleno en mis estudios. Pero cuando regresé, retomamos la relación y decidimos casarnos. Ella siempre fue explosiva y muy inquieta, y yo no me di cuenta sino hasta que nos casamos que tenía problemas de drogadicción y alcoholismo. Fue una verdadera sorpresa para mi verla con una copa de vodka a las diez de la mañana un día que salí del trabajo temprano, pero tuvieron que ocurrir cosas más graves para que pudiera afrontar que ella necesitaba ayuda.
Lo que ocurrió fue que ella me mentía, decía que iba a casas de sus amigas y en cambio, frecuentaba bares de dudosa reputación. En una de esas andanzas, la violaron otros borrachines que frecuentaban esos antros y ella quedó embarazada. Yo estaba perplejo y muy dolido, por su mentira y conmigo por no haberme dado cuenta que ella necesitaba ayuda. Por supuesto, no la iba a dejar tirada, más aun ella había sido victima de algo muy salvaje y necesitaba que la cuidara, ella y la criatura que era inocente.
Ricardo me ayudó y le buscamos una buena clínica de desintoxicación y yo llamé a sus padres para que me ayudaran, ellos vivían, es decir viven en la Argentina. Su madre vino a cuidarla por un tiempo, pero después Ana escapó del centro de rehabilitación. No volvimos a saber de ella sino tiempo después y nos enteramos que había decido abortar. El aborto empeoró su estado mental hasta el punto que tuvimos que volver a internarla, no ya en un centro de desintoxicación sino en el manicomio.
La vida de nosotros como pareja, como debes comprender se fue volviendo imposible, al punto que en ocasiones despertaba para encontrarla apuntándome con un cuchillo, solo para más tarde celarme por cualquier razón. El psiquiatra me recomendó separarme de ella y, aunque sigo a cargo de su tratamiento, finalmente nos divorciamos.
- ¿Te divorciaste de Ana porque el médico lo recomendó? - preguntó Lisa que seguía las palabras de Albert casi sin respirar.
- Sì, el psiquiatra dijo que yo tenía un efecto nocivo en ella y que lo mejor que podía hacer para ayudarla era alejarme. Por supuesto, aun pago su tratamiento.
- ¿Entonces, la sigues queriendo?
Albert la miró y tomó su mano, besando sus nudillos.
- Mi cariño hacia ella es más parecido al que sentiría por Gabriela. Al decir verdad, lo que siento por ella es pena, pero no puedo dejarla abandonada, sus padres la llevarán pronto a la Argentina con ellos, asi que al menos ya no habrá peligro de que escape aquí, pero me comprometí a seguir ayudando. Espero que no tengas problemas con eso.
- No, desde luego. ¿Por qué iba a molestarme? Además, lo que hagas con tu dinero no es algo de mi incumbencia.
- El tema es que sí lo es, o mejor dicho, lo será si aceptas casarte conmigo.
Lisa creyó que no había escuchado bien. Pero el profesor, sospechando sus pensamientos, la atrajo hasta él y sujetando suavemente su rostro lo más cerca posible preguntó con voz ronca:
- ¿Aceptas casarte conmigo?
Lisa se quedó muda y después, justo cuando Ricardo y la madre de Albert entraban de regreso a la habitación hizo lo que su corazón en ese momento le pedía a gritos, se soltó de las manos del profesor y salio corriendo desesperada y asustada, como si huyera del propio demonio. Albert, sorprendido, la vio huir y de no haber estado conectado a todos esos tubos la hubiera seguido..
- ¡Lisa! - exclamó, pero ella se había esfumado

(si, sigue)


miércoles, 16 de abril de 2014

Albert (La bibliotecaria y el profesor/ En la biblioteca Parte Diecisiete)

Ricardo, el abogado, había llevado todo lo necesario para que Lisa pudiera darse un baño, y ella así lo hizo, sintiéndose de nuevo una persona, aun cuando para ello había tenido que usar el destartalado baño de la comisaría. La ropa que le llevó, una blusa de color crema muy bonita y unos jeans algo ajustados, parecían haber sido hechos para ella. Se peinó con una cola de caballo y agradeció el detalle del brillo labial. Quien quiera que había armado aquel ajuar sabía a ciencia cierta todo lo que ella necesitaría. Se dijo que tal vez el abogado tenía una secretaria muy eficiente.
Ricardo la esperaba en la recepción de la comisaría, conversando con la fiscal como si se conocieran de toda la vida.
- Estoy lista. - dijo Lisa al entrar y a Ricardo se le iluminó el rostro, en cambio, la fiscal la miró con desdén.
- Estás bonita, - comentó el abogado luego de acordar con la Fiscal que hablarían el lunes en la sede de la Fiscalía - no puedo negar que mi amigo tiene un muy buen gusto para las mujeres. Bueno, es hora de irse.
Subieron a un BMW de color azul oscuro moderno y lujoso y el abogado encendió el motor en cuanto estuvo seguro que Lisa se había puesto el cinturón de seguridad.
- Parece que va a llover. - comentó, mirando de reojo el cielo nocturno.
- ¿Hace mucho que conoces a Albert?
- Sí, de toda la vida, nuestras familias vivían puerta con puerta en el mismo barrio, luego ellos se mudaron pero nosotros no dejamos de estar en contacto, fue mi primer cliente y no nos hemos separado nunca. Albert es un buen muchacho, parece algo autoritario a veces, pero no te engañes, tiene el corazón de un gatito bebé.
Lisa tuvo que sonreír ante aquella comparación. Llegaron entonces al hospital donde se encontraba internado Albert. Una enfermera con cara de pocos amigos les salió al encuentro y les dijo que ya no era hora de visitas, el abogado hizo entonces uso de sus encantos y le rogó a la dura mujer que hiciera una excepción. La adusta enfermera cedió a regañadientes y los dejó pasar a la habitación privada dónde Albert ocupaba una cama, dormido en esos momentos. A su lado, en una silla, su madre cabeceaba cansada.
Lisa se quedó paralizada en la puerta, incómoda al recordar las circunstancias en las que la madre de Albert la había conocido. La mujer al verla se levantó a recibirla y la abrazó, sorprendiéndola.
- Me alegra verte, hija, Albert no deja de preguntar por tí. Yo imagino que no pasaste un buen rato en esa comisaría.
- Yo...
- Llámame Irene, ven, sé que Albert se pondrá muy feliz cuando te vea.
Como si lo hubieran llamado, el profesor despertó de su sueño y Lisa se acercó a la cama, viéndolo por primera vez desde que entrara a la penumbrosa habitación del hospital. Tenía colocada unas vías en uno de sus brazos, al parecer le estaban mandando sangre y otras cosas más, estaba pálido y su torso desnudo estaba envuelto en unas vendas apretadas. Lisa gimió al recordar el enorme cuchillo clavado en su costado. El profesor estiró el brazo, haciéndole un gesto para que ella se acercara y se tomaron de la mano.
- No es tan malo como parece, - dijo Albert sonriendo - solo fueron muy generosos con las vendas.
- Nosotros los dejaremos solos e iremos a buscar café.- anunció Ricardo, escoltando del brazo a la madre de su amigo.
Cuando se quedaron solos, Albert estiró a Lisa para que se acercara más a él. Se besaron como si llevaran una eternidad sin verse. Lisa perdió toda compostura y se puso a llorar.
- Creí que te había perdido.- sollozó, con la cara escondida en el cuello desnudo del profesor, este le acariciaba el pelo con ternura.
- Eh, shh, tranquila. - dijo besando su cabeza - ¿No conoces el dicho "hierba mala nunca muere"?
- No bromees, me diste un gran susto.- lo retó Lisa, dándole un golpecito en el pecho, haciendo que el profesor se riera y protestara adolorido al mismo tiempo.
Cuando se calmaron y se miraron a los ojos, muy cerca el uno del otro, el profesor se puso serio.
- Creo que te debo una explicación.
- Yo también lo creo. - afirmó Lisa.
 Y entonces el profesor la hizo sentar a su lado en la cama. La historia que tenía que contarle era larga.

(continuará)




martes, 15 de abril de 2014

Ángel de la guarda con traje y corbata (La bibliotecaria y el Profesor/ En la biblioteca parte Dieciseis)

- A ver, a ver, parece que te tengo que repetir la pregunta- insistió la fiscal.
- Mi cliente no va a abrir el pico hasta que yo no tenga una conversación muy seria con usted, pero antes solicito se me permita hablar a solas con ella. - quien así hablaba era un hombre trajeado y muy apuesto que ingresó a la pequeña sala de interrogatorio como Juan por su casa.
Era alto y delgado, de unos cuarenta y tantos, bien llevados. Sus ojos azules eran de hielo, su nariz recta  y sus labios finos, se curvaban en una atractiva sonrisa, formando un conjunto muy avasallador. Lisa no tenía idea de quién era, pero al parecer la abogada de la Fiscalía sí lo conocía y no estaba muy feliz de verlo.
- Ricardo Lluz - resopló la Fiscal.
- Antonia Mieres, - sonrió él, con el atractivo de un galán de cine, sentándose en una silla junto a Lisa, a quien le dedicó un movimiento de cabeza que parecía decir déjamelo a mi. - siempre tan bonita.
Lisa vió que la fiscal se sonrojaba y si su situación no hubiera sido tan precaria se hubiera reído. Se notaba que la fiscal se sentía incómoda ante el recién llegado. Al parecer la historia entre ambos sobrepasaba los límites de esa vieja y despintada comisaría pueblerina.
- ¿A qué se debe el honor de tener a un abogado penalista de primera línea entre los mortales de un pueblucho olvidado?
- Tú siempre tan graciosa, Tonita. ¿Me vas a dejar que hable con mi cliente?
La fiscal se puso colorada y Lisa deseó tener palomitas de maíz como en el cine para ver más cómoda  a los abogados contrincantes en acción.
- En primer lugar, querida Tonita, te pido que se le quite a mi cliente las esposas, ella no es ninguna asesina peligrosa, tu y yo sabemos que ella actuó en defensa propia.
¿Aquel adonis trajeado era su abogado? Lisa estaba confundida, no sabía de dónde había salido. A ella no le habían dado la oportunidad de decir donde estaba. La fiscal por toda respuesta hizo un gesto a la mujer policía que había seguido toda la escena parada en una esquina de la pequeña pieza, muda y quieta como estatua. La mujer del orden le quitó las esposas a Lisa y ella se masajeó las muñecas que ya tenían un leve color rojizo por el roce del frío metal. Se quedaron solos y por primera vez Ricardo se dirigió a ella.
- Albert me pidió que te ayudara. Por eso estoy aquí.
Ante la mención de Albert, Lisa se agitó. Quería saber dónde estaba y cómo estaba. Quería verlo. Adivinando su angustia, el abogado apoyó una mano firme sobre la suya.
- Albert está bien, lo de la puñalada fue un susto, perdió sangre pero su situación no es grave.
- ¿Cómo supo dónde encontrarme? Yo pensé que nadie sabía a dónde me habían traído.
- Cuando Albert despertó y recordó lo que había pasado, insistió en llamarme y me ordenó que moviera cielo y tierra para buscarte y darte toda la ayuda que necesites. Se dio cuenta enseguida que los policías te habían llevado. Y aquí estoy.
Lisa no sabía qué decir, estaba feliz porque Albert se había preocupado por ella.
- No tengo cómo pagar sus honorarios.
- No me trates de usted, no soy viejo, llámame Ricardo, y quédate tranquila, Albert es mi cliente y mi amigo de muchos años, para mí esto no es un trabajo, es simplemente ayudar a un amigo.
- ¿Y cómo está Ana? - preguntó Lisa casi con miedo de que le dijera que estaba muerta y que por eso la retenían en ese lugar.
El abogado le dedicó una amplia sonrisa de consuelo.
- Le tuvieron que hacer algunos puntos gracias a la botella que le rompiste en la cabeza, quizás te demande por eso, pero esta bien, dentro de su cuadro, claro.
- ¿Dentro de su cuadro? - repitió Lisa sin comprender.
- Ya veo que Albert no te habló de ella. Bueno, supongo que los detalles se lo tendrás que preguntar a él, simplemente debes comprender que Ana es una chica atormentada con una larga historia de alcoholismo y drogas y algo de locura.que cree que Albert es de su propiedad, pero no te preocupes por ella, su familia ya se ha encargado de llevarla de regreso a la institución psiquiátrica de dónde se escapó el viernes.
Lisa miraba al abogado con expresión atónita. ¿Acaso la mujer tenía serias intenciones de matarlos?... Lisa decidió que era hora de saber la verdad y preguntó entonces lo que le había dado vueltas desde que viera a la mujer con el enorme cuchillo en la mano.
- ¿Albert y ella, están casados?
Ricardo sonrió.
- Supongo que la fiscal te dijo eso, bueno, como el divorcio es nuevo no me sorprende que no este enterada, Antonia Mieres pierde más tiempo en la peluquería que haciendo su trabajo, así que no habrá actualizado su información acerca del estado civil de las personas involucradas en esta historia. Albert y Ana se separaron hace un año, y la sentencia de divorcio salió hace dos meses, pero dejaré que sea Albert quien te de los detalles, ahora hablaré con mi colega para que te deje ir a casa. También traje ropa por si quieras cambiarte esa ropa ensangrentada.
- Muchas gracias. - dijo Lisa, aliviada, al menos Albert no le había mentido respecto a su estado civil actual, aunque recordaba que le había dicho que nunca se había casado... pero de eso ya hablaría con él.
- No tienes nada que agradecer, para eso estoy aquí, para ayudarte en lo que necesites.
- Lo que quiero es ver a Albert.
- Si, lo supuse.- sonrió de nuevo el abogado - Deja que haga los papeleos necesarios aquí y te llevaré al hospital para que puedas verlo. Mientras tanto, ve a cambiarte. No creo que en esta comisaría no tengan un baño decente donde puedas arreglarte.
- Gracias. - dijo Lisa de nuevo y no pudo resistir la tentación de abrazar a ese ángel de la guarda trajeado que Albert había mandado en su rescate.
El abogado respondió a su abrazo con calidez, dándole una palmadita en la espalda, como si quisiera transmitirle tranquilidad, una tranquilidad que hacía unas horas Lisa creía que nunca iba a volver a sentir.
(y sigue)

Caos (La bibliotecaria y el profesor/ En la biblioteca Parte Quince)

La cabeza le daba vueltas y el corazón aun le latía descocado como si quisiera escaparse de su pecho. Le dolía la cabeza de llorar y la garganta de gritar en vano. No podía creer que aquello le estuviera pasando.
Cuando la policía llegó a la casa de Albert, seguida por una ambulancia, no tardaron en asumir que Lisa era la responsable de todo aquel caos. Era como si tuviera la frente tatuada con la palabra "culpable" o "asesina", y no les importó que rogara para que la dejaran acompañar a Albert y que ella sólo lo había defendido de la loca intrusa, no le prestaron atención ni cuando pidió hacer una llamada tal como suponía le correspondía, hasta se rieron de ella cuando reclamó ese derecho. Así que se la llevaron a la comisaría y sin más trámite la metieron en un maloliente calabozo en compañía de dos mujeres de aspecto tenebroso. Una de ellas estaba fuera de combate, al parecer, completamente borracha, la otra gruñía y si Lisa le miraba más de lo debido, era casi probable que le mordiera. De eso habían pasado un par de horas o más, Lisa había perdido la cuenta. A ella se le antojaba que estaba metida en ese agujero desde hacía un siglo.
Ahora, sentada en un sucio catre, con calor y con la garganta seca, se preguntaba qué había pasado de Albert y sí, también se preguntaba por la suerte de esa tal Ana. ¿Quién era ella y por qué había dicho que el profesor la estaba engañando? ¿Acaso era su esposa, o su ex esposa, teniendo en cuenta que Albert al verla le había dicho que ya no tenían nada en común? ¿Qué oscuro pasado escondía el profesor para que una mujer entrara a su casa armada con un cuchillo al más puro estilo de las películas de terror?
- ¿Qué miras, bruja? - preguntó por enésima vez la mujer gruñona.
Lisa ni siquiera había pestañeado, pero ya era la quinta vez que se lo preguntaba y Lisa había decidido ignorarla. No se necesitaba título de psiquiatra o psicólogo para saber que esa mujer no estaba bien de la cabeza. Pero entonces, la mujer se puso de pie y parándose delante de ella, la encaró, arrancándola de sus cavilaciones.
- ¿Me piensas ignorar todo el tiempo? - dijo la mujer gruñona, que, por cierto, era muy alta y con la espalda ancha como la de un hombre - ¿Qué es lo que te crees Barbie?
Lisa tragó saliva y rezó mentalmente todas las oraciones que había aprendido desde chica. ¿Es que acaso los policías estaban muy ocupados como para venir a darles un vistazo? ¿Acaso la hermana de King Kong iba a hacerle pedasitos y ellos no lo impedirían? Le causó risa que la comparara con una Barbie.
- ¿De qué te ríes?
- De ti, porque  que te falla la vista, no parezco Barbie.
La enorme mujer estaba casi encima de Lisa, con un brazo levantado como si fuera a pegarle. Por suerte, justo entonces, una mujer policía entró y llamó a Lisa, diciéndole que la siguiera. Lisa sintió que su alma volvía su cuerpo. ¿Quizás era Albert que venía a rescatarla? La mujer policía le puso las esposas y la llevó a un pequeño cuarto donde esperaba una mujer de mediana edad con peinado de peluquería y cara de aburrimiento, estaba vestida con un traje sastre y una blusa azul clara. Una abogada.
- Hola Lisa Real, soy la Fiscal Antonia Mieres, sientate.
Lisa pensó que cuando se sentara le quitarían las esposas, pero no, se la dejaron puestas como si ella fuera una criminal de alta peligrosidad. La Fiscal, quien tenía abierta delante de ella una carpeta, la ignoró por varios minutos y se puso a escribir algo en unas hojas que había dentro de la carpeta.
- Vine a tomarte tu declaración.
Lisa la miró con los ojos agrandados de asombro. ¿Declaración? ¿Acaso la estaban acusando de algo?
- Pero, no se supone que tengo que tener un abogado a mi lado para que me auxilie.
- Si, puede ser, pero no podemos esperar a que consigas un abogado, hay una investigación que hacer y es tarde, yo tengo un té.
Lisa llegó a la conclusión de que el mundo se había vuelto completamente loco. ¿La fiscal pensaba tomarle la declaración sin un abogado presente porque estaba apurada para ir a un té? ... Ella era una simple bibliotecaria pero incluso en las películas, los acusados por algún delito se negaban a hablar sin la presencia de un abogado... ¿Y acaso a ella la acusaban de algo?... Por la pequeña ventana de la habitación a donde la habían llevado para que hablara con la tal fiscal, Lisa se dio cuenta que había anochecido, al parecer había estado metida en esa pocilga todo el día. Le dieron ganas de ponerse a llorar, pero se aguantó. La fiscal iba a abrir la boca cuando sonó su teléfono celular dentro de su cartera de Versache.
- Un minuto - dijo  y contestó la llamada.
Lisa pensó con ironía que podía tomarse el tiempo que quisiera si no pensaba ayudarla. Se sentía desolada, perdida. ¿No podían dejarla llamar al menos a su casa? Ese pensamiento la entristeció, en su casa no tenían idea de por donde andaba, creían que estaba con su prima... Cuando la abogada colgó su teléfono y se sentó de nuevo delante de ella estaba decidida a tomar la declaración de Lisa y salir cuanto antes a su reunión social.
- Bueno, ahora espero que me digas porqué acuchillaste a Albert Simpson y encima le rompiste una botella en la cabeza su esposa Ana.
A Lisa los ojos se le abrieron como platos ¿Dijo esposa? ¿Albert estaba casado?....

(tranquilas, ya lo sabremos)


sábado, 12 de abril de 2014

Abrupto despertar (La bibliotecaria y el profesor/ En la biblioteca Parte Catorce)

Un estrépito despertó a Lisa de su sueño. Confundida, por un instante no supo donde estaba, pero sólo tuvo que girar para ver al profesor junto a ella, profundamente dormido, incluso roncando, para recordar todo lo que habían vivido la noche y la madrugada anterior. Sonrió al verlo, se veía hermoso, su cuerpo relajado era un verdadero regalo para la vista femenina. A Lisa le hubiera gustado rozar sus dedos por aquella interminable musculatura, pero su mente estaba alerta y sus oídos atentos.Otro ruido inusual en el piso de abajo... Lisa atajó su respiración. ¿Acaso alguien se había colado en la casa? Sacudió al profesor para que se despertara, pero este se pegó más a su cuerpo y con un brazo la sujetó por la cintura murmurando algo aun en sueños...
Los pasos se acercaron y luego la puerta corredera que comunicaba con la habitación se abrió de par en par. Lisa gritó al ver parada ante ellos a una mujer con un enorme cuchillo amenazadoramente levantado en una mano.
- ¡Así los quería encontrar! - dijo la desconocida muy enojada
El profesor se despertó al escuchar el grito de Lisa y de la otra mujer, miró a la joven bibliotecaria con confusión y luego, se despertó por completo al ver a la mujer armada que avanzaba hacia ellos, gritando cosas incoherentes. La expresión del profesor se endureció al instante.
- ¡Lo sabía! - exclamaba ella - ¡Tienes otra, cerdo!¡Me estabas engañando de nuevo!
- ¿Ana, qué haces aquí? - el profesor se levantó del colchón y así, desnudo, fue a enfrentarla  - Ya te dije que no volvieras  a buscarme, lo nuestro terminó hace tiempo.
- No - gritó ella y amenazó al profesor con el enorme cuchillo que traía en la mano
Lisa, asustada no podía hacer otra cosa que mirar la increíble escena. Albert intentó despojar a la intrusa de su enorme cuchillo, pero ella, aunque más menuda que él parecía dueña de una fuerza increíble. Para ser justos, sin esa mirada helada en los ojos y sus marcadas ojeras, Ana era una mujer muy hermosa, alta y esbelta, enormes ojos negros y un largo cabello castaño, ahora todo despeinado. Llevaba puesto un vestido negro, manchado en los bordes con lo que parecía barro, como si se hubiera caído recientemente con ellos, e iba descalza. Lisa se preguntaba de donde había salido y sobre todo, ¿quien era?
Una lucha titánica los enredó a los dos, con el cuchillo en medio de ambos, peligrosamente orientado hacia el pecho del profesor. Lisa, cuyo corazón latía a toda prisa, miró desesperada por toda la habitación buscando algo con qué ayudar Albert, y vio entonces la botella de vino vacía que descansaba junto a la tarima. Sin pensarlo dos veces, la tomó del cuello y en cuanto tuvo un ángulo libre, con todas sus fuerzas asestó con ella un golpe sobre la cabeza de Ana, haciendo que ella se desmayara y la cabeza le sangrara. El profesor la miró con sorpresa y Lisa gritó al ver el cuchillo clavado en el costado del profesor.
-¡Por Dios, Albert, te clavó el cuchillo! - dijo espantada al verlo, él la miraba con ojos oscurecidos - Dime donde estamos y dónde está tu teléfono, necesitamos una ambulancia urgente.
Albert estaba mareado y pálido y Lisa lo sostuvo antes de que se cayera sobre Ana que parecía una muñeca rota desparramada sobre el suelo con la cabeza sangrante.
El blanco suelo del estudio era ahora una mescolanza de rojo y barro que, según parecía provenían de los pies de Ana. Lisa llevó al profesor al colchón y localizó su teléfono móvil.
- ¿Dónde estamos? - le preguntó a Albert y este murmuró una dirección, en cualquier momento iba a desmayarse y Lisa se apresuró a marcar el número de emergencia, quería llorar, gritar, quería preguntarle al profesor tantas cosas pero más que nada rogaba al cielo para que no le pasara nada al hombre que amaba.
- Ella - dijo el profesor - Ella
- Después hablaremos de ella, la ambulancia viene en camino y será mejor que nos pongamos algo de ropa
Como pudo, le puso al profesor la ropa interior y sus jeans y ella, cuyas ropas estaban en el baño, corrió a ponérselas, saltando sobre el cuerpo de Ana, sin animarse a revisar si esta respiraba a o no. Lisa sentía que su corazón iba a estallar de un momento a otro, era como si alguien hubiera lanzado un huracán en su dirección y este le estuviera azotando sin piedad alguna.... ¿Quien demonios era esa chica que ahora estaba allí tirada en el suelo.... quizás muerta?

jueves, 10 de abril de 2014

En manos del pintor (La bibliotecaria y el profesor/ En la biblioteca parte Trece.... suma y sigue jaja)

La experiencia del profesor plasmando su cuerpo desnudo sobre un lienzo era lo más erótico que Lisa haya experimentado en su vida.
Los ojos del profesor la devoraban sin piedad, estudiando centímetro a centímetro toda su piel expuesta. El profesor tenía una expresión de suma concentración dibujada en el rostro y no parecía consciente de nada más, pero si en una de esas Lisa movía aunque fuera sutilmente alguna parte de su cuerpo él iba hasta ella y la volvía a poner como estaba, tocándola más de lo necesario, poniendo su piel en carne viva. La había hecho acostarse de costado, con la cabeza levantada y apoyada sobre unas almohadas bien altas. El brazo del lado sobre el cual se recostaba descansaba bajo su cabeza, el otro seguía la línea de sus caderas, lo importante era que nada se ocultara de los ojos del pintor.Sus piernas estaban juntas y relajadas. En algún momento el profesor había ido a encender el estéreo y se podía escuchar el sonido suave y melancólico de un saxo que los envolvía con sensualidad.
- ¿Qué te causa risa?- preguntó el profesor cuando a Lisa se le curvaron los labios para arriba, quería reírse realmente, pero aun no lo había hecho, y sin embargo el profesor lo había adivinado, pendiente como estaba de cada gesto y cada reacción.
- Es que nunca había hecho esto y me da algo de vergüenza.
- ¿Te da vergüenza estar así, estas nerviosa?
- Un poquito
- Supongo que necesitas descansar. - dijo el profesor y soltó el pincel para luego ir junto a ella con una copa de vino que le ofreció y ella aceptó.
El profesor se sentó en la cama muy cerca y la observó mientras bebía la copa que le había pasado. Estaba serio.
- Sabes no deberías tener vergüenza alguna, eres una mujer hermosa en todos los sentidos, no tienes idea del placer que me da observarte así, admirar cada detalle de tu cuerpo, estoy deseando hacerte el amor de mil maneras, de todas las formas que puedas imaginarte y también de las que no... - como para subrayar lo que decía, Albert le quitó la copa de las manos y la atrajo hacia su pecho que parecía de piedra y entonces la besó con rudeza, exigente.
Lisa se sintió  tumbada sobre el colchón y luego el profesor fue hacia ella volviendo a besarla, y besando después cada palmo de su piel, haciendo que ella delirara de deseo. Los dos estaban realmente excitados, Lisa se daba cuenta de ello por la exigencia que el profesor imprimía a sus besos y por la palpitante erección aprisionada entre sus jeans. Pero justo cuando pensó que la iba a poseer, el profesor se detuvo y la acomodó como estaba antes.
- Esa es la expresión que quiero en tu rosto, quiero intentar plasmar en el lienzo esa mirada salvaje de deseo que tienes ahora...
Y fue de regreso instalarse detrás del gran lienzo haciendo que Lisa tuviera deseos de gritar.
Pero Albert no era un tempano de hielo, ni un desalmado sádico, pues, luego de lo que a la joven le parecieron siglos volvió junto a ella y ya no paró de hacerle el amor hasta que los dos se quedaron dormidos, exhaustos y totalmente satisfechos.
Afuera un nuevo día comenzaba, y los amantes no tenían idea de que pronto su paz sería perturbada sin compasión....

(y sí, continuará... uff)



El pintor (La bibliotecaria y el profesor/En la biblioteca Parte Doce)

El profesor la llevó al piso de arriba y le hizo pasar a una gran habitación dónde había un baño.
- Imagino que estarás deseando darte un baño luego de salir de tu trabajo - dijo y le señaló una bata blanca que colgaba de un gancho en la pared - Ponte esto y nada más - indicó, la volvió a besar y dijo que haría una llamada mientras la esperaba.
Una vez sola, Lisa se quitó la ropa y se metió bajo la ducha, sintiendo el agua caer caliente sobre su cuerpo aun más caliente. Se sentía ansiosa y a la vez curiosa por lo que iba a pasar. Cuando se secaba delante del espejo se preguntó si no había ido demasiado lejos con el impulso de dejar que su peluquera le hiciera el depilado brasilero completito... ahora frente al espejo se sentía demasiado expuesta... Se alzó el cabello con una goma y decidió que era hora de ir a buscar al profesor.
Lo encontró hablando por teléfono dentro de un enorme despacho que quedaba a un costado de la escalera. Parada en la puerta y vestida solamente con la salida de baño y los pies descalzos, se detuvo en seco al escuchar, sin querer, el enojo en la voz del profesor.
- ¡Ya te dije que no volvieras a llamarme! - decía Albert muy enojado con quien quiera que estuviera del otro lado de la línea y antes de cortar bruscamente añadió - No tenemos nada más que hablar, habla con mi abogado si lo deseas.
El sonido del teléfono siendo depositado con fuerza sobre su soporte en la mesa, hizo que Lisa diera un respingo y se dispusiera a salir cuanto antes de la vista del profesor, pensaba volver al baño o a la habitación, o alguna parte. Pero al verla el profesor la sujetó del brazo con cierta fuerza, para luego suavizar su agarre y dedicarle una sonrisa de disculpa.
- Lo siento, no quise asustarte. - dijo
- Si estás ocupado, puedo esperar arriba.
- No, olvida esa llamada y ven conmigo. - dijo él y la llevó de regreso al piso de arriba.
Entraron otra vez a la habitación, pero en esta ocasión el profesor abrió una puerta corredera de la que Lisa no se había percatado y por la que ingresaron a otra dependencia en la que destacaba un enorme ventanal que parecía tomar toda una pared. En el lugar había muchas mesitas auxiliares cubiertas de tarros y pomos de pintura además de pinceles,y alli cerca del ventanal y mirando hacia él un caballete con un enorme lienzo en blanco que esperaba las manos del artista para cobrar vida. Y finalmente, frente al caballete, con el ventanal de fondo, Lisa se encontró con un colchón de dos plazas cubierto por sábanas blancas y colocado sobre una tarima mediana. Las luces sobre que alumbraban el colchón parecían los reflectores de un teatro aunque más suaves, sólo lo suficiente para que el pintor tuviera una buena visión de su objetivo, ella.  El corazón se le detuvo.
- Relájate, no tengo intenciones de devorarte, solo voy a pintarte - dijo el profesor sonriendo y abrazándola para luego y sin aviso tomar el cinturón del albornoz y desatarlo, haciendo que la gruesa tela cayera al piso, dejándola desnuda por completo.
 Las fuertes manos de Albert recorrieron sus muslos y sus pechos, haciendo que su piel se erizara expectante. El profesor arqueó una ceja divertido al ver que ella se había depilado totalmente.
- Eres hermosa - murmuró con voz ronca, agachándose entonces para besarla en la cadera, luego se incorporó y tomó a Lisa de la mano - Ven, sube ahí - la ayudó.
Le indicó que se acostara y fue acomodando su cuerpo como si fuera una muñeca, haciendo que expusiera sus pechos y su sexo, no quería que tapara nada, soltó su pelo y lo acomodó también sobre sus hombros. Mientras lo hacía la tocaba sutilmente, produciendo escalofríos a la joven que el parecía no notar. Estaba concentrado en lo que hacía. Pero eso no fue obstáculo para que, cuando estuvo completamente seguro de la postura en la cual quería plasmarla sobre el lienzo, le diera un beso sediento antes de dejarla allí, a la deriva sobre ese colchón.
Antes de ponerse a pintar, el profesor se quitó los zapatos y la camisa, revelando su musculoso torso. La concentración en su mirada lo hacía aun más sexy y Lisa sintió deseos de saltar de la tarima y acortar la distancia que los separaba solo para besar cada centímetro de esos provocativos músculos, pero algo le decía que era mejor quedarse donde estaba, procurando no moverse, haciendo caso a las ordenes de Albert....

((((continuará)))



martes, 8 de abril de 2014

Fin de semana (La bibliotecaria y el profesor/En la biblioteca Onceaba parte)

Lisa no sabía que ropa llevar, el profesor no había soltado prenda de lo que tenía planeado hacer el fin de semana, así que empacó lo básico, incluido un vestido negro de corte clásico para la noche y una malla azul y blanca de escote pronunciado que jamás había usado, en caso de que el lugar a donde iban tuviera una piscina. Su malla negra seguía en poder de Albert...Sentía curiosidad de saber qué había hecho el profesor con ella. ¿La había mandado lavar y se la regresaría en algún momento, o acaso, la guardaría como un fetiche? No estaba segura si eso era bueno o malo.
A la hora de la salida, el profesor la aguardaba en el lugar de siempre, sonriente y muy atractivo con una camisa blanca y unos jeans gastados, muy ajenos a su usual traje y corbata de Armani (bueno, Lisa no sabía si era de Armani pero sí podía dar fe que le quedaba un espectáculo, para ser sincera, todo le quedaba como un espectáculo, y esa camisa blanca que parecía gritar "¡arráncame!" lo volvía algo prohibido para menores de 18 años). Lisa notó con cierto orgullo y algo de celos como todos los ojos de las mujeres que pasaban por allí se detenían bastante más tiempo del recomendable en el atlético cuerpo del profesor. Ella, por su parte, estaba como siempre, de uniforme.
- Ya estaba impaciente.- murmuró contra su frente el profesor al saludarla con un casto beso en ese lugar, haciendo que Lisa casi pierda el equilibrio consciente del fuego de su mirada.
- ¿A dónde vamos? - preguntó mientras se colocaba el cinturón y el profesor ponía el motor en marcha.
- A un lugar donde hay paz y tranquilidad.
Con una sonrisa enigmática, el profesor se metió en medio del pesado tráfico de la hora pico y encendió la radio dejando que el sonido sensual de un saxofón los envolviera como una caricia. El se veía relajado y feliz y Lisa, que se sentía intrigada, pensó que lo mejor era dejarse llevar también por ese fresco estado de ánimo.
- ¡Hey, preciosa, despierta! - el profesor la estaba sacudiendo suavemente, al parecer Lisa se había quedado dormida - Vamos, bella durmiente, ya llegamos.
Lisa miró a su alrededor y vio una enorme casa de paredes de piedra, rodeada de un hermoso jardín. Ella había pensado que irían a la casa dónde se había festejado el cumpleaños de la hermana de Albert, pero según parecía aquella era la casa de su familia y era fácil intuir que los planes del profesor no incluían a su hermana y su madre. Cuando Lisa le preguntó cuanto tiempo se había quedado dormida, el profesor la sorprendió diciendo que una hora... ¿Tan lejos estaban de la ciudad? ¿Dónde estaban? Ya habría tiempo para aclarar esos detalles. Se bajó del auto y tomó la mano del profesor dejándose guiar, mientras éste llevaba sus cosas adentro, los recibió un amplio salón lleno de ventanales y cuando Albert prendió las luces en la parte de atrás Lisa vislumbró una piscina y un jacuzzi.
- ¡Hermoso lugar! - comentó la joven bibliotecaria asombrada.
- Me alegra que te guste, es mi refugio. Aquí es dónde vengo cuando necesito huir un poco de la vida de profesor universitario. Ven, la cena nos espera.
Efectivamente, en la cocina, que parecía una iglesia de tan grande, había dispuesta una mesa para dos con velas y flores incluidas. El profesor corrió la silla para que ella se sentara y luego prendió las velas, después fue al horno y lo encendió.
- ¿Te sirvo un poco de vino? - dijo sacando de una enorme heladera una botella de vino que Lisa supuso debía salir carísima.
- Me puedo mal acostumbrar con tantas atenciones, - bromeó Lisa.
El profesor sonrió.
- Pues, es un placer mal acostumbrarte. - sus dedos rozaron el pelo de Lisa y el profesor se agachó para besarla suavemente en los labios.
El profesor sirvió después la cena que consistió en lomito a la pimienta con champiñones y papas asadas, acompañadas por una fresca ensalada verde. Luego de ocuparse de que nada le faltara, se sentó junto a ella y le tomó la mano, acariciando sus dedos. Lisa se sintió devorada por esos intensos ojos azules que parecían no perder detalle de ella.
- Te traje aquí porque como ya te dije, quiero pintarte. Quiero que poses desnuda para mí.
- ¿Es en serio? - Lisa se sentía algo turbada - Yo pensé que sólo lo decías.
- ¿Tengo cara de quien está bromeando? - la mirada del profesor ahora ardía, casi calcinándola - Tú no lo sabes pero he querido pintarte desde que te vi por primera vez en la biblioteca, hace tiempo. Llevo meses observándote desde que empezaste a trabajar en esa gris biblioteca a la que le das color con tus hermosas piernas y tus adorables pechos. Eres hermosa y tienes un atractivo sexual que sería un crimen no retratar en un lienzo...
Lisa sintió que el color le subía por el cuello.
- Sabes me siento realmente afortunado de haberte encontrado de casualidad a solas esa noche en la biblioteca, y creo que si no lo hubiera hecho, de todas formas hubiera buscado la forma de acercarme a tí.
- ¿Es verdad?
- Si, mujer. ¿Por qué te sorprendes tanto? ¿No sabes acaso que eres capaz de volver loco  a cualquier hombre de carne y hueso?
Lisa negó con la cabeza y como si intentara disiparle cualquier duda, el profesor tiró de ella y la acercó más a él para besar sus labios, no ya con dulzura o suavidad sino con toda la pasión que sentía por ella. Fue un beso hambriento, sediento, casi autoritario que dejó a Lisa más mareada que el vino que estaban tomando.
- Entonces- preguntó el profesor con voz ronca aun sin desprenderse de sus labios, provocándola   con su aliento seductor - ¿Aceptas?
Nunca antes había posado ella para nadie y menos aun desnuda, y si bien el profesor ya la había visto en cueros en más de una ocasión, le cohibía imaginarlo allí, parado frente a ella, estudiando cada detalle de su cuerpo para plasmarlo luego en el lienzo. Sinceramente, la idea también la excitaba, era algo tan erótico que de sólo pensarlo se le humedecían las bragas. El profesor no parpadeaba, estaba esperando que respondiera.
- Si - dijo ella luego de lo que a él se le antojó una eternidad y él la besó de nuevo, dándole así las gracias
- Entonces, dejemos el postre y subamos, estoy ansioso de comenzar - dijo el profesor con un brillo pícaro en los ojos.

(y la va a pintar.... continuará jajaja)