martes, 18 de marzo de 2014

En la biblioteca

      Era noche cerrada, la Biblioteca de la Universidad llevaba ya una hora cerrada, y por entre los largos y altos estantes reinaba el más completo silencio. Aun así, Lisa no tenía miedo. ¿Por qué lo tendría si aquel era su territorio? Sólo que debía darse prisa, pues su prima Fabiana no tardaría en ir a buscarla para salir a cenar. Secretamente, envidiaba a su prima, puesto que la loca de Fabiana estrenaba novio, y por supuesto, Juan, el nuevo novio, iría con ellas. Ya no sería una "noche de chicas", ahora ella sería como la "tomasita" que en los tiempos de sus abuelos acompañaban a los novios cuando salían para cuidar que se comportaran.. Inconscientemente, Lisa no deseaba ir, en realidad, era consciente de ello, y por eso quizás la tarea de ordenar los libros en los estantes estaba llevando más del tiempo habitual.
       La gente, cuando revisaba los libros de la biblioteca, por lo general era desordenada. No sólo dejaban los libros de cualquier forma, sin cuidar devolverlos al estante de donde los habían sacado, sino que además, tenían la costumbre de olvidar sus cosas. Y aquella noche no era la escepción. Lisa ya había rescatado de los estantes, un par de tarjetas de biblioteca, un bolígrafo y hasta un bonito collar de plata, que esperaba fuera buscado por su dueña al día siguiente. Por lo pronto, al igual que las demás cosas olvidadas, su destino sería el cajón de objetos olvidados. 
           Lisa se paseaba entre los estantes que contenían los libros de Historia Antigua, canturreando una popular canción, cuando un inusual sonido la quitó de sus cavilaciones. Se suponía que sólo ella se encontraba en esa ala del viejo edificio, aunque quizás, Queen, el viejo guardia privado de la biblioteca estaba haciendo ya sus rondas nocturnas, pero eso era improbable, puesto que el antiguo guardia era famoso por echarse una pequeña siesta que solía durar toda la noche y parte de la mañana, y, como nadie acostumbraba a hacer de la biblioteca su objetivo en caso de robo, las autoridades universitarias se pasaban por alto aquel detalle. 
      El sonido volvió a repetirse, era como una pisada sobre el parqué de madera pulida, algún tablón suelto quizás, un crujido a fin de cuentas, que le pusieron los pelos de punta. Definitivamente no estaba sola en esa ala de la enorme biblioteca. Lisa se quedó parada en medio de los enormes estantes que llegaban al techo, preguntándose qué hacer... ¿Esconderse o afrontar a quien fuera que estuviera merodeando por allí? ¿Gritar? ¿Acaso algún estudiante se había quedado encerrado? Agradeció en silencio el hecho de que tenía en sus manos un enorme diccionario de Ciencias Políticas, su tapa dura, convertía al diccionario en una posible arma en caso necesario. Y pensando en ello, lo levantó, avanzando muy despacio, sin atreverse a respirar fuerte...Una sombra se materializó justo donde terminaba la larga fila de estantes entre las que se encontraba la joven. Una forma larga y alta, aparentemente la silueta de un hombre. Lisa tragó saliva, ¿quien podía ser? La figura siguió acercándose peligrosamente y Lisa ahogó un grito. Levantó el libro que tenía sostenido cual si fuera un ladrillo con ambas manos y estuvo a punto de tirarla hacia la figura que se acercaba cuando lo vio. Por fortuna para ella, sus reflejos no eran muy rápidos y por unos segundos se quedó con el libro en sus manos extendidas en forma amenazante. Al reconocer al hombre se sonrojó y bajó el libro...
- Señorita Real - era el profesor de Historia Romana, Albert Simpson - ¿Señorita Real? ¿Por qué tengo la impresión de que iba a lanzarme ese enorme libro a la cabeza?
- Disculpe Profesor, - dijo la joven, sin poder evitar sonrojarse violentamente.
      Luego de la sorpresa primera, el profesor sonrió divertido ante la situación. Lisa conocía de vista al catedrático. Este no era viejo, debía tener a los sumo unos treinta y tantos años. Alto y de cuerpo atlético, resultaba evidente que el profesor se hacía de tiempo para visitar el gimnasio en forma regular. Su traje, gris oscuro,  parecía hecho a la medida,llevaba una corbata azul que hacía juego con el color de sus ojos. Lisa había escuchado decir que era extranjero, pero no recordaba de donde provenía.
- Siento haberla asustado. - dijo el profesor, sonriendo, sus facciones, bien masculinas, parecían suavizarse cuando sonreía.- Estaba tan apurado de ir a la clase esta tarde que me olvidé de mis cosas. Las dejé en esa mesa de allá - señaló hacia una mesa donde Lisa pudo ver un montón de papeles desordenados, una cara estilográfica y otras cosas por el estilo, por suerte aun no lo había tocado.
- ¿No te da miedo quedarte aquí sola tan tarde? - preguntó el profesor, su mirada recorrió la anatomía de Lisa, deteniéndose más de lo debido sobre sus pechos.
      Al parecer, la gruesa tela de su uniforme de bibliotecaria no era obstáculo para que el profesor sacara un rápido cálculo mental de sus atributos femeninos. A Lisa, lejos de molestarle, aquello le gustó. El profesor se acercó a ella y comentó algo sobre unos libros, o algo así. Bien podría haber estado hablando de dragones, el aroma de la colonia varonil nubló la mente de la joven bibliotecaria... Cualquier excusa era buena para acercarlos aun más. 
      Después todo sucedió muy rápido y sin aviso. Al siguiente minuto, el profesor se acercó a ella, sin despegar la mirada de sus ojos y sin decir nada. Tomó en sus manos el pesado libro que Lisa aun tenía en su poder y lo bajó sobre uno de los estantes cercanos. La besó entonces, sin más, empujando a la joven contra uno de los pesados estantes. Su beso no tenía nada de discreto ni delicado, era insistente, audaz, voraz y no perdonaba nada a su paso. Una lengua temeraria se abrió paso entre los labios de la joven casi obligándola a responder con la misma ansiedad. Las manos del profesor se abrieron camino por su espalda, metiéndose bajo la camisa, caminando luego hacia sus pechos. La apretó a él aun más y ella pudo notar entonces como se abultaba el frente de los pantalones masculinos. El profesor estaba sumamente excitado.
        Las grandes manos del profesor encontraron el cierre del corpiño y lo desprendieron casi rasgando la tela. Lisa sintió que el corpiño dejaba de sujetar sus pechos, sólo para ser rápidamente reemplazadas por esas fuertes manos que parecían arder. Ella se quitó la camisa y la boca del profesor no tardó en reemplazar el calor de sus manos, succionando cada pezón con avaricia. La joven no pudo evitar un grito cuando el profesor la mordió despacio, al tiempo que la levantaba sobre su cintura, levantando a la vez su pollera y bajándole las bragas....Con la pierna de la bibliotecaria rodeándolo, el profesor se puso a explorar el sexo de la joven con los dedos, ella estaba más que húmeda a estas alturas. El profesor se arrodilló ante ella y empezó a lamerla, produciéndole escalofríos e intermitentes espasmos. Lisa no hubiera querido que se detuviera, pero él se puso de pie, y luego de volver a mirarla intensamente, la penetró contra el estante, murmurando en su oído que hacía tiempo que deseaba hacerle aquello. Lisa se sujetó a la espalda del profesor, subiendo luego sus manos hacia sus cabellos, enredándose en ellos, mientras volvían a besarse. La estantería se empezó a mover al compás de ellos, y algún otro libro cayó al suelo, produciendo un estrépito que se mezclaba con sus mudos jadeos. El universo entero parecía estar estallando. 
- ¿Hay alguien ahí? - dijo una voz de pronto y un as de luz amenazó con descubrirlos en plena acción.
       Los amantes, aturdidos y aun agitados se miraron con sorpresa y turbación. Quien hablaba debía ser el guardia de seguridad, el anciano Queen, quien oportunamente había despertado de su siesta y estaba dando una vuelta para ver que todo estuviera en orden.
         Y ellos dos no lo estaban. Sin mediar palabras se separaron y se acomodaron la ropa lo mejor que podían. El profesor, que solo segundos antes aun seguía dentro de la joven, se subió la bragueta lo más rápido posible, en tanto que ella prendió su camisa y se se subió la pequeña tanga, alisando su pollera. Se miraron en silencio y conteniendo la respiración, esperaban que el hombre no los viera, pues sería muy difícil explicar qué estaban haciendo a esas horas y en la semioscuridad entre los estantes de la biblioteca. Cerca de ahí, el reducido espacio entre dos estantes les sirvió de refugio. 
         Lisa sentía detrás de su espalda el poderoso cuerpo del profesor, todo músculos, que destacaban y daban forma al traje que él llevaba puesto. Un brazo le rodeó la cintura y la pegó aun más a él, cuando el as de luz de la linterna se acercó peligrosamente a su refugio, él le tapó la boca con la mano. Sus dedos aun tenían el olor de ella, haciendo que la muchacha reviviera el enorme placer que él le hiciera sentir tan solo unos segundos antes…Lisa quería que el viejo caracol con uniforme de guardia de seguridad se fuera para poder retomar lo que estaban haciendo. La presión que sintió en la parte baja de su espalda pegada al cuerpo del profesor, le dijo que no era la única que pensaba así. Pero el guardia no tenía ninguna prisa. Luego de confirmar que no había nadie, aun peligrosamente cerca, se detuvo a levantar un par de libros que habían caído al suelo.
         Canturreando una especie de balada, colocó los libros sobre los estantes, pasando sus dedos por el lomo de los mismos. Nuestros protagonistas miraban al hombre conteniendo la respiración, preguntándose cuánto tiempo más se quedaría por allí el señor Queen. Apretados en un rincón, la tensión sexual entre los dos se incrementaba, al igual que la impaciencia por volver a quedar solos y el temor a ser descubiertos… Y finalmente el guardia se marchó… Un suspiro de alivio se desprendió unos minutos después de la garganta de ambos. El suspiro iba acompañado de una risa susurrada y luego, sin mediar palabras, los amantes volvieron a lo suyo empezando por un beso húmedo, fuerte y ansioso. El celular de la joven irrumpió entonces en el silencio de la biblioteca.
- Mierda - maldijo el profesor, no dispuesto a soltar a su presa.
- Tengo que contestar o el guardia volverá - murmuró ella, aun entre los labios del profesor Simpson.
       El finalmente la dejó ir y la joven atendió el celular que descansaba sobre una repisa desde que ella lo colocara allí para ordenar aquel sector de la gran biblioteca. Consciente de la mirada del profesor, Lisa se aclaró la garganta y contestó, sabía que era su prima puesto que su nombre había saltado en la pantalla del aparato. 
- Lisa, estamos afuera con Juan, date prisa.
       Fue el turno de Lisa para maldecir, en los brazos del profesor el tiempo se le había escapado de las manos. Lisa miró al profesor con cierta angustia y le dijo a su prima que no tardaría en bajar, que la esperaran en la calle lateral. Al profesor no le causó gracia que la diversión fuera a terminar así, tan abruptamente, pero él también tenía cosas que hacer. Con el ceño aun fruncido de disgusto, le dio un largo y apasionado beso de despedida. 
- Bueno - dijo apretándola aun a su cuerpo, tan duro como una muralla - pero no creas que esto se quedará así, eres realmente ardiente como para que sea suficiente una sola vez... Te buscaré. 
      La joven no supo que contestar. El profesor se apresuró a juntar sus cosas y se marchó, casi esfumándose,  y ella hizo lo propio, preguntándose hacia donde había ido. No tuvo mucho tiempo para pensar, apenas puso los pies en la calle, un estruendoso bocinazo la sacó de sus cabilaciones. 
- ¡Cielos, prima! - exclamó divertida Fabiana al verla - Ignoro que haces a estas horas en este oscuro mausoleo, da la impresión que te pasó por encima un tren... ¿Acaso te estas tirando al guardia de seguridad? ¿O es que algún personaje literario se escapó de uno de los libros para hacerte compañia?
Lisa, por toda respuesta, le lanzó a su prima una revista que encontró tirada en la parte trasera del auto de Juan y así se perdieron en la noche.

Esta historia continuará....


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2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. gracias por el apoyo amiga!, apenas lo escriba les doy la noticia, me alegra enserio que te gustara :)

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