domingo, 23 de marzo de 2014

La bibliotecaria y el profesor (en la biblioteca cuarta parte/secuestrada)

- ¿Secuestrada?
Lisa creyó estar escuchando mal. ¿El profesor dijo secuestro? ¿Estaba loco? ¿Acaso había caído en las redes de un psicópata?... Convengamos que un psicópata muy sexy, pero...
El profesor la miró de reojo y sonrió ampliamente.
- Tranquila, no quise asustarte. Te prometo que no soy ningún psicópata o algo parecido - ¿Acaso había escuchado sus pensamientos? - No haremos nada que tú no quieras y además, si vamos a hablar con propiedad, no es tu dinero lo que busco, es tu cuerpo, así que supongo que debería decir que "esto es un rapto".
Las palabras del profesor hicieron que a Lisa le hirviera la piel, impidiéndole responder nada. Se estaría mintiendo a sí misma si negara que ella también deseaba el cuerpo del profesor... Al poco rato, estaban ante un enorme edificio de siete pisos todo acero y vidrio.
- Mi departamento está en el último piso, así que tendremos que usar el ascensor. - explicó Albert, ayudándola a bajar del auto y tomando su mano para guiarla adentro de aquel sitio.
Y así lo hicieron. En cuanto las puertas de acero del ascensor se cerraron, el profesor la atrajo hacia a él y la besó  en forma apasionada, devorando cada milímetro de su boca con una lengua ardiente. La apretó contra el espejo del ascensor y le levantó la pollera, acariciando sus nalgas sobre la tela de sus bragas.
- Eres ardiente - musitó sin dejar de besarla
El ascensor se detuvo en el cuarto piso, y el profesor le bajó rápidamente la pollera, soltándola. Ambos estaban agitados pero hicieron lo mejor para disimularlo cuando un hombre mayor subió con ellos.
- Buenas noches profesor.- dijo el anciano.
- Buenas noches, señor García, ¿como sigue su madre? - contestó el profesor con la voz un tanto ronca
El hombre que miró sin disimulo a Lisa comentó que justamente acababa de dejar a su anciana madre (la cual según parecía vivía en el piso que acababan de pasar) durmiendo luego de darle su medicina. Señaló que estaba mejor que otros días, y luego se despidió de ellos en cuanto llegaron al piso número seis.
Solos otra vez, los dos se miraron y rieron a carcajadas ante la situación.
Finalmente llegaron al penthouse que ocupaba todo el séptimo piso del edificio, a su vez, este era como una pequeña casa de dos pisos. En la planta baja, un amplia sala lo ocupaba todo, aunque más allá se veía una pequeña cocina, y luego lo que Lisa supuso sería una oficina y un baño para las visitas. El suelo era de madera oscura, un parque lustrado y reluciente, las paredes hacía un costado eran amplios ventanales de vidrio, sin pausas, y al otro una gran pared blanca cubierta por cuadros. En el segundo piso, al cual se llegaba por un larga escalera, se vislumbraban dos ambientes, uno de los cuales, supuso Lisa era el cuarto principal. El lujo estaba presente en cada detalle, el buen gusto también.
El profesor la empujó hacía un enorme sofá negro de cuero que ocupaba el centro de la sala. La volvió a besar, ubicándose encima de ella, un beso que fue descendiendo lentamente por su cuello, hasta llegar al borde de su camisa. Lisa pensó que le arrancaría los botones con los dientes, pero él fue más prudente y lo desabrochó hábilmente sin que la camisa sufriera ningún daño. El corpiño de Lisa no tuvo mejor suerte, el prendedor desapareció en un universo paralelo y los pechos de la joven quedaron libres solo para ser aprisionados por las grandes manos del profesor, y luego por sus labios. Lisa suspiró y al abrir los ojos, no pudo evitar mirar al enorme retrato pintado al óleo que descansaba sobre la pared justo ante ellos. Dos hermosas mujeres la miraban con cierta animosidad. El profesor al darse cuenta que Lisa ya no respondía a sus besos, siguió la dirección de su mirada.
- Son mi madre y mi hermana - dijo, yo las retraté hace bastante tiempo, creo que hace ya tres años de eso.
- ¿Tú pintas?
- Si, en mis tiempos libres.- y volviendo a fijar su atención en los turgentes pechos de la joven, deslizó un dedo por ellos, siguiendo el contorno de los mismos y la elevación de sus pezones - Me encantaría pintarte desnuda, tu cuerpo es hermoso...
El profesor, cuya camisa Lisa se había encargado de desprender, se puso de pie y estiró un brazo hacia ella.
- Ven, será mejor que subamos, estarás más cómoda en la cama. Y después te compensaré por ese postre que no te dejé comer.
Lisa sonrió ante tanta caballerosidad. Se besaron una vez más. Subieron las escaleras casi corriendo, dejando un reguero de ropas en su camino, ya en la habitación y ante la cama, los dos estaban completamente desnudos. Allí, el profesor retomó su trabajo de torturar a Lisa con besos. La joven se puso a gemir cuando él se tomó bastante tiempo deslizando sus dedos y su lengua dentro ella. La excitación que sintió fue tan poderosa que se le escapó un grito.
- Sí, mujer, grita - murmuró él con voz ronca - gime, quiero oírte descontrolarte de pasión.
Siguió torturándola sin piedad hasta que Lisa pensó seriamente en obligarlo a que la penetrara. Entretanto el profesor también estaba incontenible y la tomó sin previo aviso. Juntos se vieron entonces envueltos en un coro de gemidos y gruñidos, mezclados con jadeos y más gritos.
- ¡Tus vecinos! - se recordó de pronto Lisa, pensando en el anciano que había subido con ellos el ascensor hasta el sexto piso.
- Tranquila, - contestó él con la voz ronca y entrecortada de pasión - las paredes de esta habitación son acolchadas, como las de los viejos estudios de grabación, así no molestamos a nadie.
Era impensable que pudieran hablar en medio de tanta lujuria desatada y así que después de ese breve intercambio de palabras volvieron a los suyo entre jadeos y más gritos. La pasión los arrasó, llevándolos a la cúspide del orgasmo casi al mismo tiempo. Después, ambos se derrumbaron exhaustos, sudando y sonriendo...
Afuera una pertinaz llovizna cayó sobre la ciudad mojando todo a su paso. La noche era oscura y cerrada, la Tierra entera parecía dormir.

((continuará)))


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