domingo, 30 de marzo de 2014

¿Y ahora qué? La bibliotecaria y el profesor (En la biblioteca, sexta parte)

Luego de volver a casa, darse un baño, acostarse a dormir, levantarse, darse otro baño  y volver a la rutina, la cabeza de Lisa no paraba de recrear los intensos momentos vividos horas antes junto al profesor. Albert Simpson sabía como remover el tapete debajo de los pies de cualquier mujer, y el cuerpo de Lisa podía dar fe de ello, de solo pensarlo, su piel se ponía en estado de ebullición. ¿Qué pasaría ahora? ¿Lo volvería a ver? Ella hacía tiempo que había dejado de soñar con los príncipes azules, y sabía a ciencia cierta que para el profesor aquella debía ser sólo una más de sus conquistas, aun así, su veta romántica se negaba a callarse y le susurraba al oído ideas absurdas como que en cualquier momento el elegante catedrático universitario se plantaría en su puerta con un ramo de flores en la mano y un anillo pidiéndole que sea su esposa. Lisa tuvo que reír a carcajadas de su propia idea absurda. Se rió tan fuerte que su gato, el Profesor Emerson se escondió bajo los almohadones de su cama medio aturdido.
- Disculpe, Profesor Emerson - dijo Lisa al notarlo.
Pero el gato estaba ofendido. Prefirió ignorarla y volver a dormir, un deporte que hacía demasiado bien. Lisa sonrió, su gato tenía un carácter muy fuerte, era mejor dejarlo en paz cuando no quería mimos.. Mimos, esas palabras dieron forma  a un rostro, a un cuerpo, a unas manos, ¿y ahora qué? Esa era la pregunta que se hacía, ¿que iba a pasar entre ella y el profesor?
Desde los confines de su cartera el celular cobró vida y Lisa sintió que su corazón daba un brinco. ¿Acaso la estaba llamando? Revisó y claro, no era el profesor sino su compañero de trabajo.
- ¿Hola, Lisa, estas despierta, estas lista? - en su estilo habitual, arrollador como un vendaval, Diego la tomó por asalto
-¿Lista? - preguntó Lisa confundida.
- ¿Acaso te olvidaste que planeamos pasar el día en la casa quinta de  la amiga de mi novia, con un grupo de amigos? ¿Pileta, asado? - Diego estaba acelerado - No puedo creer que lo hayas olvidado. Te invité al cumpleaños de la amiga de Priscila, mujer.
- Diego, si, disculpa, - claro que lo había olvidado, había olvidado por completo hasta su nombre después de  las horas de pasión en el departamento del profesor Simpson - no me siento bien, creo que voy a engriparme
- ¿Engriparte? No, ni en broma, te he notado muy tensa en los últimos días y sé que lo que necesitas es salir, distraerte. Prepárate, pasaremos a buscarte en media hora.
Lisa no pudo protestar ni negarse, su amigo había colgado y ella estaba segura de que cumpliría su amenaza, así que alistó su ropa, una malla, unos shorts de jeans cortos, una remera de algodón larga y algo gastada, y ropa para después de la piscina. Puntualmente, Diego y su novia Priscila, a quien Lisa conocía de otra ocasión en la que su compañero de trabajo la había arrastrado a tomar unos tragos, la saludaron con entusiasmo. No estaban solos en el jeep de Priscila, les acompañaban otras dos personas, Kurt y Anabel, dos tortolitos que durante todo el trayecto hasta la casa de veraneo de la amiga de Priscila agobiaron a Lisa con sus abiertas demostraciones de cariño indiscretas. Lisa se sentía incómoda al tener que compartir el asiento trasero con ellos, pero no dijo nada, se dedicó a mirar el paisaje por el camino, sin lograr evitar las ensoñaciones que una vez más la llevaban a los musculosos brazos del profesor. ¿Y si ella lo llamaba?
Afortunadamente no tuvo tiempo de hacer esa locura, puesto que llegaron a una enorme casa quinta de altas paredes y rejas negras que se abrieron de par en par, manejadas por un control remoto a distancia. Ante sus ojos, detrás de un exuberante jardín, se reveló una enorme casa de piedra, de dos pisos, rodeada por un amplio corredor, más allá había una piscina y un quincho de techo de paja. Se escuchaba música y risas, más gente.
La dueña de casa los esperaba con una sonrisa radiante, lejos de aparentar los veintiún años que cumplía, parecía tener apenas quince. Era de baja estatura y delgada Su larga cabellera rubia rodeaba su rostro, dándole el aspecto de un ángel, y Lisa, cuando la saludó, sintió que la conocía de alguna parte.
- Lisa, ella es Gabriela, Gabriela, ella es Lisa, mi compañera de trabajo en la biblioteca - dijo Diego haciendo las presentaciones
- Hola, Lisa,- dijo ella abrazando a Lisa con calidez - bienvenida, espero que disfrutes
- Gracias.
- Pero, pasen, los otros chicos ya están en la piscina, y mi hermano está trabajando con el asado, no se lo pierdan, lo hace como si se dedicara todos los días a ello
La siguieron a la parte posterior de la casa donde Lisa tuvo una mejor vista de la enorme piscina repleta ya de gente. La  música que sonaba alegre provenía de unos equipos instalados más allá de la piscina, cerca del quincho, escondido de la vista por unas enormes plantas. Lisa quería cambiarse, ponerse su salida de baño y preguntó a la dueña de casa donde podía hacerlo, ella, muy amablemente le mostró los cambiadores ubicados junto al quincho. Y ahí se dirigió Lisa, anonadada ante tanto lujo.
- ¿Tú aquí? - una voz la detuvo ante una de las puertas que Lisa supuso era el cambiador.
Ella se dio la vuelta y sus ojos se encontraron de frente con la sonrisa, el cuerpo, y los ojos divertidos del profesor Simpson, vestido con unos gastados vaqueros y una remera blanca que marcaba el escultural contorno de su torso. Lisa sintió que las piernas le fallaban y se quedó muda sin saber qué decir. En un sólo segundo asimiló donde había visto a Gabriela antes, era en el retrato que su hermano tenía colgado en su departamento, un retrato que él había pintado.Como una pantera, el profesor se acercó, sonriendo
- Hola, que bonita sorpresa - dijo esto, mirando de arriba a abajo las largas piernas de la joven cubiertas apenas por el corto short de jeans, sin disimulo hizo un recuento rápido pero minucioso de su cuerpo y la joven fue muy consciente de su escrutinio - No me dijiste que conocías a mi hermana.
- Eh, no la conocía, es amiga de la novia de mi compañero de trabajo, él fue quien me invitó.
- ¡Que mundo tan pequeño! - afirmó él con una amplia sonrisa y se acercó a un más para susurrar - ¿Ya te pusiste el traje de baño?
- Si, - dijo Lisa, sintiendo el calor de su aliento en su cuello, estaba peligrosamente cerca, todo su cuerpo podía notarlo... - pero venía a buscar el cambiador porque no quería quitarme la ropa en la piscina, quería ponerme la salida de baño, arreglarme el pelo...
- Ah..., bueno, es una pena, me hubiera encantado ayudarte con el traje de baño...
La voz ronca del profesor, tan cerca de ella, no dejaban lugar a dudas de lo que se escondía detrás de ese absurdo ofrecimiento. Casi podía sentir sus calientes caricias recorriendo sus piernas, sus pechos, el interior de sus muslos...
- Albert, hace falta más carbón para el asado, el fuego se esta apagando - dijo alguien de pronto arrancándolos de esa especie de burbuja vaporosa que se había creado entre ellos.
- Albert. - insistió, era un hombre rubio, que debía de tener la misma edad del profesor, quizás se tratara de su amigo
Al verlos a los dos, sonrió y se disculpó por la interrupción. El profesor hizo unas rápidas presentaciones y siguió a Gerardo, su amigo hasta del amplio quincho donde se preparaba el asado. Lisa, mientras tanto, corrió a refugiarse al cambiador... Estaba mareada, acalorada.... Tenía ganas de huir de ese lugar, y por otro lado, deseaba ver al profesor en su ambiente... Ser o no ser, esa era la cuestión, si se iba, Diego iba a extrañarse,  quizás pensara que estaba loca. Si se quedaba, inevitablemente se cruzaría con el profesor todo el tiempo, cosa que al profesor parecía no molestarle, pero ella no sabía si podría tolerar tenerlo así de cerca, tan atractivo, tan sexual, sin poder hacer nada al respecto. Luego estaba el hecho de que no sabría qué decir si le preguntaban de donde se conocían...¿Y qué diría él?... Tantas cosas...
¿Y ahora qué?

(continuará)



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