miércoles, 16 de abril de 2014

Albert (La bibliotecaria y el profesor/ En la biblioteca Parte Diecisiete)

Ricardo, el abogado, había llevado todo lo necesario para que Lisa pudiera darse un baño, y ella así lo hizo, sintiéndose de nuevo una persona, aun cuando para ello había tenido que usar el destartalado baño de la comisaría. La ropa que le llevó, una blusa de color crema muy bonita y unos jeans algo ajustados, parecían haber sido hechos para ella. Se peinó con una cola de caballo y agradeció el detalle del brillo labial. Quien quiera que había armado aquel ajuar sabía a ciencia cierta todo lo que ella necesitaría. Se dijo que tal vez el abogado tenía una secretaria muy eficiente.
Ricardo la esperaba en la recepción de la comisaría, conversando con la fiscal como si se conocieran de toda la vida.
- Estoy lista. - dijo Lisa al entrar y a Ricardo se le iluminó el rostro, en cambio, la fiscal la miró con desdén.
- Estás bonita, - comentó el abogado luego de acordar con la Fiscal que hablarían el lunes en la sede de la Fiscalía - no puedo negar que mi amigo tiene un muy buen gusto para las mujeres. Bueno, es hora de irse.
Subieron a un BMW de color azul oscuro moderno y lujoso y el abogado encendió el motor en cuanto estuvo seguro que Lisa se había puesto el cinturón de seguridad.
- Parece que va a llover. - comentó, mirando de reojo el cielo nocturno.
- ¿Hace mucho que conoces a Albert?
- Sí, de toda la vida, nuestras familias vivían puerta con puerta en el mismo barrio, luego ellos se mudaron pero nosotros no dejamos de estar en contacto, fue mi primer cliente y no nos hemos separado nunca. Albert es un buen muchacho, parece algo autoritario a veces, pero no te engañes, tiene el corazón de un gatito bebé.
Lisa tuvo que sonreír ante aquella comparación. Llegaron entonces al hospital donde se encontraba internado Albert. Una enfermera con cara de pocos amigos les salió al encuentro y les dijo que ya no era hora de visitas, el abogado hizo entonces uso de sus encantos y le rogó a la dura mujer que hiciera una excepción. La adusta enfermera cedió a regañadientes y los dejó pasar a la habitación privada dónde Albert ocupaba una cama, dormido en esos momentos. A su lado, en una silla, su madre cabeceaba cansada.
Lisa se quedó paralizada en la puerta, incómoda al recordar las circunstancias en las que la madre de Albert la había conocido. La mujer al verla se levantó a recibirla y la abrazó, sorprendiéndola.
- Me alegra verte, hija, Albert no deja de preguntar por tí. Yo imagino que no pasaste un buen rato en esa comisaría.
- Yo...
- Llámame Irene, ven, sé que Albert se pondrá muy feliz cuando te vea.
Como si lo hubieran llamado, el profesor despertó de su sueño y Lisa se acercó a la cama, viéndolo por primera vez desde que entrara a la penumbrosa habitación del hospital. Tenía colocada unas vías en uno de sus brazos, al parecer le estaban mandando sangre y otras cosas más, estaba pálido y su torso desnudo estaba envuelto en unas vendas apretadas. Lisa gimió al recordar el enorme cuchillo clavado en su costado. El profesor estiró el brazo, haciéndole un gesto para que ella se acercara y se tomaron de la mano.
- No es tan malo como parece, - dijo Albert sonriendo - solo fueron muy generosos con las vendas.
- Nosotros los dejaremos solos e iremos a buscar café.- anunció Ricardo, escoltando del brazo a la madre de su amigo.
Cuando se quedaron solos, Albert estiró a Lisa para que se acercara más a él. Se besaron como si llevaran una eternidad sin verse. Lisa perdió toda compostura y se puso a llorar.
- Creí que te había perdido.- sollozó, con la cara escondida en el cuello desnudo del profesor, este le acariciaba el pelo con ternura.
- Eh, shh, tranquila. - dijo besando su cabeza - ¿No conoces el dicho "hierba mala nunca muere"?
- No bromees, me diste un gran susto.- lo retó Lisa, dándole un golpecito en el pecho, haciendo que el profesor se riera y protestara adolorido al mismo tiempo.
Cuando se calmaron y se miraron a los ojos, muy cerca el uno del otro, el profesor se puso serio.
- Creo que te debo una explicación.
- Yo también lo creo. - afirmó Lisa.
 Y entonces el profesor la hizo sentar a su lado en la cama. La historia que tenía que contarle era larga.

(continuará)




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