martes, 15 de abril de 2014

Caos (La bibliotecaria y el profesor/ En la biblioteca Parte Quince)

La cabeza le daba vueltas y el corazón aun le latía descocado como si quisiera escaparse de su pecho. Le dolía la cabeza de llorar y la garganta de gritar en vano. No podía creer que aquello le estuviera pasando.
Cuando la policía llegó a la casa de Albert, seguida por una ambulancia, no tardaron en asumir que Lisa era la responsable de todo aquel caos. Era como si tuviera la frente tatuada con la palabra "culpable" o "asesina", y no les importó que rogara para que la dejaran acompañar a Albert y que ella sólo lo había defendido de la loca intrusa, no le prestaron atención ni cuando pidió hacer una llamada tal como suponía le correspondía, hasta se rieron de ella cuando reclamó ese derecho. Así que se la llevaron a la comisaría y sin más trámite la metieron en un maloliente calabozo en compañía de dos mujeres de aspecto tenebroso. Una de ellas estaba fuera de combate, al parecer, completamente borracha, la otra gruñía y si Lisa le miraba más de lo debido, era casi probable que le mordiera. De eso habían pasado un par de horas o más, Lisa había perdido la cuenta. A ella se le antojaba que estaba metida en ese agujero desde hacía un siglo.
Ahora, sentada en un sucio catre, con calor y con la garganta seca, se preguntaba qué había pasado de Albert y sí, también se preguntaba por la suerte de esa tal Ana. ¿Quién era ella y por qué había dicho que el profesor la estaba engañando? ¿Acaso era su esposa, o su ex esposa, teniendo en cuenta que Albert al verla le había dicho que ya no tenían nada en común? ¿Qué oscuro pasado escondía el profesor para que una mujer entrara a su casa armada con un cuchillo al más puro estilo de las películas de terror?
- ¿Qué miras, bruja? - preguntó por enésima vez la mujer gruñona.
Lisa ni siquiera había pestañeado, pero ya era la quinta vez que se lo preguntaba y Lisa había decidido ignorarla. No se necesitaba título de psiquiatra o psicólogo para saber que esa mujer no estaba bien de la cabeza. Pero entonces, la mujer se puso de pie y parándose delante de ella, la encaró, arrancándola de sus cavilaciones.
- ¿Me piensas ignorar todo el tiempo? - dijo la mujer gruñona, que, por cierto, era muy alta y con la espalda ancha como la de un hombre - ¿Qué es lo que te crees Barbie?
Lisa tragó saliva y rezó mentalmente todas las oraciones que había aprendido desde chica. ¿Es que acaso los policías estaban muy ocupados como para venir a darles un vistazo? ¿Acaso la hermana de King Kong iba a hacerle pedasitos y ellos no lo impedirían? Le causó risa que la comparara con una Barbie.
- ¿De qué te ríes?
- De ti, porque  que te falla la vista, no parezco Barbie.
La enorme mujer estaba casi encima de Lisa, con un brazo levantado como si fuera a pegarle. Por suerte, justo entonces, una mujer policía entró y llamó a Lisa, diciéndole que la siguiera. Lisa sintió que su alma volvía su cuerpo. ¿Quizás era Albert que venía a rescatarla? La mujer policía le puso las esposas y la llevó a un pequeño cuarto donde esperaba una mujer de mediana edad con peinado de peluquería y cara de aburrimiento, estaba vestida con un traje sastre y una blusa azul clara. Una abogada.
- Hola Lisa Real, soy la Fiscal Antonia Mieres, sientate.
Lisa pensó que cuando se sentara le quitarían las esposas, pero no, se la dejaron puestas como si ella fuera una criminal de alta peligrosidad. La Fiscal, quien tenía abierta delante de ella una carpeta, la ignoró por varios minutos y se puso a escribir algo en unas hojas que había dentro de la carpeta.
- Vine a tomarte tu declaración.
Lisa la miró con los ojos agrandados de asombro. ¿Declaración? ¿Acaso la estaban acusando de algo?
- Pero, no se supone que tengo que tener un abogado a mi lado para que me auxilie.
- Si, puede ser, pero no podemos esperar a que consigas un abogado, hay una investigación que hacer y es tarde, yo tengo un té.
Lisa llegó a la conclusión de que el mundo se había vuelto completamente loco. ¿La fiscal pensaba tomarle la declaración sin un abogado presente porque estaba apurada para ir a un té? ... Ella era una simple bibliotecaria pero incluso en las películas, los acusados por algún delito se negaban a hablar sin la presencia de un abogado... ¿Y acaso a ella la acusaban de algo?... Por la pequeña ventana de la habitación a donde la habían llevado para que hablara con la tal fiscal, Lisa se dio cuenta que había anochecido, al parecer había estado metida en esa pocilga todo el día. Le dieron ganas de ponerse a llorar, pero se aguantó. La fiscal iba a abrir la boca cuando sonó su teléfono celular dentro de su cartera de Versache.
- Un minuto - dijo  y contestó la llamada.
Lisa pensó con ironía que podía tomarse el tiempo que quisiera si no pensaba ayudarla. Se sentía desolada, perdida. ¿No podían dejarla llamar al menos a su casa? Ese pensamiento la entristeció, en su casa no tenían idea de por donde andaba, creían que estaba con su prima... Cuando la abogada colgó su teléfono y se sentó de nuevo delante de ella estaba decidida a tomar la declaración de Lisa y salir cuanto antes a su reunión social.
- Bueno, ahora espero que me digas porqué acuchillaste a Albert Simpson y encima le rompiste una botella en la cabeza su esposa Ana.
A Lisa los ojos se le abrieron como platos ¿Dijo esposa? ¿Albert estaba casado?....

(tranquilas, ya lo sabremos)


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