martes, 22 de abril de 2014

Epílogo en tres actos: Acto II "Me tendrás que escuchar" y algo más (La bibliotecaria y el Profesor)

Lisa salió corriendo de la universidad y casi es atropellada por un ómnibus que pasaba raudamente por el lugar cuando cruzó la calle. Llegó a su casa en medio de una nebulosa, con el pecho apretado y sin poder detener el llanto. Su madre al verla se alarmó ante su aspecto, pero Lisa no tenía ganas de explicar nada, se encerró en su cuarto y se hundió bajo los almohadones como si pudiera refugiarse de lo que le estaba sucediendo con la cara enterrada en ellas. Su gato la miró intrigado, pero, como si comprendiera que su dueña necesitaba silencio, dio media vuelta y siguió durmiendo en un rincón de la habitación. Lisa no daba crédito a lo que había visto, Albert siempre se había mostrado tan enamorado de ella que no podía creer que le hubiera hecho aquella bajeza. ¿Por qué? ¿Y por qué con Ana? ¿Acaso le había mentido? ¿Es que seguía enamorado de ella? ¿Y todo lo que le había contado, de que sólo ayudaba a esa loca por pena?...
- Lisa, hija, te buscan.- había pasado al menos una hora desde que llegara a su casa, pero para Lisa el tiempo no había pasado, bueno, no le importaba, ni siquiera se había cambiado de ropa, el vestido de verano estaba arrugado pero eso tampoco le importaba.
Su madre llamó a la puerta de su habitación varias veces antes de que Lisa fuera abrir.
- Si es Albert, dile que no estoy, que me fui a la China, no quiero saber nada de él.- dijo la bibliotecaria, secándose las lágrimas a duras penas, aunque a su madre no engañaba, la preocupación de esta última se leía en su rostro.
- No, no es él, es una joven que insiste en hablar contigo.
- ¿Una joven? - preguntó Lisa - Mamá, por favor, no estoy de humor para atender a nadie.
- Lisa, me vas a tener que escuchar - quien así hablaba no era otra que Ana, quien ante la sorpresa de la dueña de casa, había subido al piso superior de la casa - Disculpe, señora, pero Lisa tiene que escucharme.
- Si vienes a amenazarme puedes irte tranquila, quédate con tu profesor, te lo regalo con moño y todo, pero vete de mi casa, - dijo Lisa, alerta ante esa mujer a quien consideraba peligrosa - Mamá, ve a tu cuarto, yo la atiendo, pero si escuchas un grito, llama a la policía.
La madre de Lisa abrió mucho los ojos pero no dijo nada más, y así quedaron las dos rivales solas.
- Puedes estar tranquila, - dijo Ana - no vengo armada ni con malas intenciones, solo vengo a pedirte que vuelvas con Albert.
Ahora le tocó a Lisa abrir los ojos con evidente sorpresa. ¿Acaso se había golpeado la cabeza?
- Los vi besándose - murmuró, con los brazos cruzados brazos sobre su pecho.
- Lo que viste fue a mí besando a Albert, un beso de despedida, me voy esta noche a la Argentina a seguir un tratamiento psiquiátrico, entre Albert y yo ya no hay nada, él se sentía obligado a hacerse cargo de mi tratamiento pero yo decidí liberarlo de ese compromiso. Aunque yo lo quiera, soy consciente ahora que ya no puedo retenerlo, él necesita liberarse completamente de mi y comenzar una nueva vida al lado de la mujer que ama y esa mujer eres tú.
- ¿El te pidió que vinieras a decirme todo eso?
- No, él se quedó devastado al verte, pero no me pidió nada, si estoy aquí es por mi propia voluntad. Claro, él me dijo donde vivías y me hubiera traído pero yo quise venir a hablar a solas contigo... Lisa, Albert te ama y yo creo que tú también lo amas. No le des más vueltas a todo esto. Vamos, tengo un taxi esperando afuera, vamos a la universidad, ve y dile a Albert lo que sea que ibas a decirle cuando llegaste y nos viste.
- ¿Cómo puedo estar segura que no me llevarás a cualquier otra parte y luego te desharás de mí?
- Se que te cuesta creerme y no te culpo, pero digamos que lo hago por Albert.
Lisa aunque algo reacia pensó que no tenía opción. Si en algo estaba en lo cierto esa loca era en que amaba a Albert y si aquello no había sido más que un malentendido o un beso de despedida, estaba dispuesta a arriesgarse y subir a un taxi con la mujer que sólo un tiempo atrás los había amenazado con un cuchillo, proclamando a los cuatro vientos que Albert era de su propiedad y que ahora, lo crean o no, hacía un paso al costado.
- Ve.- dijo Ana cuando llegaron a destino.
Las dos mujeres se despidieron, el taxi arrancó con una silenciosa Ana adentro y Lisa corrió rumbo a la oficina del profesor, esta vez la puerta estaba cerrada con llave y Lisa tuvo que golpear la puerta para que el profesor la abriera, cuando lo hizo, se quedaron los dos en silencio mirándose algo incómodos. Un teléfono sonó y Lisa le indicó a Albert que atendiera, ella podía esperar.
- No, sea quien sea puede esperar, tú no - dijo él, indicándole que pasara.- Veo que Ana te convenció para que vinieras.
- Si, me explicó que se estaba despidiendo.
- Si, así es, pero de todas formas, te pido perdón por lo que viste, no debí permitir que sucediera.
- Tienes razón, pero ya pasó, vine aquí decidida a seguir el consejo de Ana.
El profesor, apoyado sobre el borde de su escritorio, con los brazos cruzados sobre su pecho, levantó una ceja.
- ¿El consejo de Ana?
- Ella dijo que no te dejara y yo he decidido que ya es hora que acepte tu propuesta.
El profesor la miró sin entender y Lisa, decidida se acercó a él.
- Hace unos meses atrás me propusiste matrimonio y yo te dije que no estaba preparada.
- Si...
- Bueno, Profesor Albert Simpson, ya estoy lista, así que espero que me vuelvas a hacer la pregunta.
El rostro de Albert se iluminó y fue tanta su felicidad que casi se olvida de repetir la pregunta.
- ¿Aceptas casarte conmigo? - dijo al fin, rodeando a Lisa en sus brazos
- Si - dijo ella y eso fue suficiente para que los dos se confundieran en uno de sus épicos besos que nada tenían que envidiar a las películas de Hollywood.

(solo falta algo más)



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