sábado, 5 de abril de 2014

Novios (La bibliotecaria y el profesor/ En la biblioteca Décima parte)

-¡Ejem! - la tos fingida de la madre de Lisa separó a los recién estrenados novios de su beso apasionado
Lisa sintió que se sonrojaba ante la mirada divertida de su madre. El profesor sonreía. El padre de Lisa también hizo acto de aparición y Lisa procedió a presentarlos. Los dos hombres se miraron con interés y un cierto recelo machista, todo muy civilizado.
- Me imagino que invitarás a tu amigo para que se quede a cenar.- dijo el padre de Lisa entonces - Hija, ve y ayuda a tu madre, yo me encargaré de entretener al profesor mientras tanto.
- Te lo tenías bien guardado - comentó mi madre, mientras le ayudaba con los platos y cubiertos, y otros elementos para disponer la mesa del comedor - ¿Cómo se conocieron?
- En la biblioteca - dijo Lisa, tratando de que su madre no notara el sonrojo de su rostro al pensar en lo que habían hecho en la biblioteca la primera vez que realmente hablaron - El suele ir allí para preparar sus clases.
- Es muy guapo. - dijo la madre y Lisa sonrió, sabía que Albert ya se había ganado a su madre.
La cena improvisada se desarrolló entre un ir y venir de risas y comentarios relajados. Lisa se sentía maravillada. Tan solo horas atrás se había preguntado qué pasaría entre ella y el profesor Simpson, si lo volvería a ver después de todo los tórridos momentos compartidos en la casa de éste. No podía imaginar que él estaría ahora así, tan relajado, hablando con sus padres como si los conociera de toda la vida. Si, se sentía afortunada, claro que sí. Después de todo, Albert era lo que cualquier chica de carne y hueso querría. Era casi dolorosamente perfecto, y Lisa, quien ya no creía en los cuentos de hadas, sentía como que estaba viviendo uno de ellos.
En los días que siguieron, el profesor se encargó de afianzar ese sentimiento. Estaba al pendiente de Lisa, mandando mensajes a su teléfono entre las pausas de su ajetreado trabajo, la llevaba a cenar en cuanto podía o hacía pasadas por la biblioteca, simulando buscar un libro, o instalándose en una sala de estudios para trabajar en sus clases. Por precaución y puesto que el profesor no quería perjudicar a Lisa en su lugar de trabajo resolvieron no volver a usar la sala de estudios o los rincones de los estantes para sus encuentros amorosos, pero aun así, cuando nadie los miraba, como si fueran adolescentes, el profesor le robaba un beso o le lanzaba alguna caricia nada discreta en cuanto nadie los miraba.
- Avisa a tus padres que este fin de semana te vas a ausentar.- le comunicó Albert en cierta ocasión
- ¿El fin de semana?
- Sí, todo el fin de semana y no pienso aceptar excusas, el lunes por la mañana te traeré a tu trabajo bien temprano, pero el fin de semana, que empezará el viernes por la noche y el sábado y domingo serán solo de los dos, así que ve preparándote.
- ¿Dónde iremos?
- Tengo algo en mente pero no quiero contarte
Lisa puso los ojos en blanco, a estas alturas sabía que sería en vano insistir. Si el profesor quería sorprenderla, ella tendría que acceder a su juego
- ¿Al menos puedo preguntar qué ropa tengo que llevar?
Los ojos azules del profesor brillaron con diversión.
- ¿Ropa? - se rió - Para lo que tengo en mente no necesitas ropa alguna
Y diciendo esto volvió a besarla, estaban en el auto del profesor, en el penumbroso estacionamiento del restaurante donde acababan de cenar juntos.
- Sabes, podría darte un adelanto de lo que pienso hacer contigo el fin de semana - murmuró Albert mientras la aprisionaba entre sus brazos musculosos.
- ¿Aquí? - Lisa sintió un escalofrío, mezcla de lujuria y adrenalina ante la posibilidad de que alguien los vea.
El profesor la miró a los ojos, había fuego entonces en su mirada
- No, creo que aquí tendremos problemas, hay un guardia de seguridad por allí rondando, - su voz sonaba ronca - ¡Cielos! Será mejor que te devuelva a tu casa o terminaré preso por exhibicionismo.
Pero antes de poner el motor en marcha, el profesor la volvió a besar. Un beso cargado de pasión y deseo. El le abrio los labios y la exploró con la lengua, en tanto sus manos bajaron sobre su espalda, pegándolo a él en el reducido espacio, subiendo por sus pechos, rozando sus pezones casi sin piedad. La respiración de ambos se volvió intensa y quien sabe si podrían detenerse, pero luego el profesor la soltó, murmuró una palabrota y se acomodó la ropa. Lisa se sentía mareada, como si la hubiera dejado al borde de un edificio de muchos pisos, ella también luchó por retomar la compostura.
- Hora de ir a casa. - sentenció el profesor y finalmente puso el motor del auto en acción.

(continuará)

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