domingo, 30 de marzo de 2014

Una fiesta aparte.La bibliotecaria y el profesor (En la biblioteca/Septima parte)

Cuando Lisa se sintió lo suficientemente serena como para volver a la fiesta, dio una última ojeada a su aspecto en el gran espejo del vestidor y suspiró, estaba tentada a quedarse allí encerrada todo lo que duraba la fiesta, pero eso sería muy tonto de su parte, así que salió a afrontar lo que fuera que le deparara aquel lugar y sobre todo la presencia del profesor. Instintivamente, su mirada buscó al profesor junto a la parrilla, sólo para encontrarlo de espaldas, concentrado en cuidar del fuego y hablando con sus amigos. La visión de sus músculos escandalosamente tensos contra la delgada tela de su remera blanca le dejaron con sed.
- ¡Ahí estas! - dijo Diego devolviéndola al planeta Tierra - ¿Dónde te habías metido?
- Estaba en el cambiador - explicó Lisa algo ruborizada, esperando que su compañero de trabajo no se hubiera dado cuenta de donde tenía perdida la mirada cuando la encontró.
- Ven, vamos a la piscina, el agua está deliciosa.
Lisa siguió a su amigo y en pocos minutos se vio rodeada de un montón de gente, en su mayoría chicos y chicas de la edad de la cumpleañera. No es que ella fuera vieja, pero con sus veintinueve años casi se sintió una abuela entre tanta juventud. Decidió no dar importancia a esa sensación y prefirió relajarse, riendo de las bromas que hacía Diego, y las caras que ponía la novia de este ante cada inventiva. Lo que no logró evitar fue que su mirada vagara de tanto en tanto hacia el quincho, para ver al profesor reír a carcajada por algo que decían sus amigos. Se lo veía muy a gusto, y también infernalmente sexy.
- ¿Y tú, tienes novio? - Lisa se sobresaltó cuando Gabriela, la hermana de Albert le dirigió esta pregunta.
- ¿Perdón?
- Pregunté si tenías novio.- repitió ella con sus enormes ojos color miel enfocados en ella.
- No, no en este momento.
Al poco rato, Albert anunció que el asado estaba listo así que todos se reunieron al rededor de una larga mesa, instalada en un rincón del amplio jardín, con la chica de cumpleaños a la cabeza. A su costado derecho, se sentó una mujer de edad madura, esbelta y elegante, de cabellos también rubios aunque matizados con algunas hebras plateadas. El parecido con Gabriela era innegable y Lisa comprendió que esa mujer tan elegante era la madre de Albert y Gabriela Se preguntó dónde había estado durante la fiesta porque no la había visto. Comentario al margen, Lisa se maravilló del gran realismo con el cual Albert había retratado a ambas. Al parecer, el profesor era una caja de sorpresas, parecía saber hacer de todo y de manera excelente. Lo mismo ocurría con el asado, que estaba para chuparse los dedos.
Cuando todos terminaron el plato principal, una enorme torta de chocolate fue llevada hasta la mesa encima de una mesa rodante más pequeña. Sobre su base, se apreciaban unos libros y unas flores, presumiblemente comestibles, dejando claro que la chica de cumpleaños tenía pasión por los libros.
Luego la fiesta siguió su curso y Lisa perdió de vista al profesor. Una vez más se vio envuelta entre una vorágine de gente a la que no conocía, risas, más piscina, más música. Deseando un poco de paz, se alejó de la piscina hacia un estanque que quedaba justo al otro lado de la gran casa. Se maravilló al ver unos ganso tranquilamente nadando, como si el ruido de la fiesta no les sobresaltara. Sin dudas, ayudaba que el patio fuera tan grande y que estuviera repleto de árboles y plantas, lo que propiciaba que aquel lugar estuviera bien aislado del resto del jardín.
- Es más tranqulo aquí, ¿verdad?
El profesor la tomó por sorpresa una vez más. No lo había sentido llegar y eso era extraño puesto que el calor que irradiaba su cuerpo al acercarse a ella ejercía una atracción casi eléctrica en su piel. El pegó su cuerpo al de ella y deslizó sus manos sobre sus muslos desnudos, cubiertos con el bañador y la salida de baño.
- No sabes la tortura que es verte así, quisiera hacerte mía aquí, ahora, delante de los gansos.
Lisa rió ante su loca ocurrencia
- Les puede dar un infarto, pobrecitos.
Ahora le tocó a él ahogar una carcajada en su cuello, mientras se dedicaba a besar y lamer cada centímetro de piel a su alcance, logrando con ello que a Lisa le fuera cada vez más dificultoso mantenerse de pie.
El profesor se apartó de ella un rato y la tomó del brazo.
- Ven, vamos a un lugar más discreto, lo que quiero hacerte no necesita público.
Lisa iba a protestar, pero el profesor la arrastró con él dentro de la casa, cruzaron un salón bien iluminado por amplios ventanales y subieron las escaleras casi corriendo. En el piso de arriba el profesor abrió una de las tantas puertas y luego la cerró con llave una vez que estuvieron adentro. Una enorme cama ocupaba el punto central de la habitación, su habitación. El profesor se dio la vuelta a mirarla con deseo y luego fue hasta ella y la apretó contra su cuerpo, todo músculos. Sus manos expertas la despojaron de la salida de baño y de la malla, mordisqueando su piel aun con restos de cloro, pues no se había duchado. Ella, por su parte, le ayudó a que se quitara la remera y desprendiera el cinturón de su pantalón. El la lanzó sobre la cama y empezó a besar sus pechos, haciendo que se le erizaran los pezones. El profesor siguió después más hacia abajo, haciendo que Lisa perdiera completamente la cordura...

(si, tranquilas... continuará)

¿Y ahora qué? La bibliotecaria y el profesor (En la biblioteca, sexta parte)

Luego de volver a casa, darse un baño, acostarse a dormir, levantarse, darse otro baño  y volver a la rutina, la cabeza de Lisa no paraba de recrear los intensos momentos vividos horas antes junto al profesor. Albert Simpson sabía como remover el tapete debajo de los pies de cualquier mujer, y el cuerpo de Lisa podía dar fe de ello, de solo pensarlo, su piel se ponía en estado de ebullición. ¿Qué pasaría ahora? ¿Lo volvería a ver? Ella hacía tiempo que había dejado de soñar con los príncipes azules, y sabía a ciencia cierta que para el profesor aquella debía ser sólo una más de sus conquistas, aun así, su veta romántica se negaba a callarse y le susurraba al oído ideas absurdas como que en cualquier momento el elegante catedrático universitario se plantaría en su puerta con un ramo de flores en la mano y un anillo pidiéndole que sea su esposa. Lisa tuvo que reír a carcajadas de su propia idea absurda. Se rió tan fuerte que su gato, el Profesor Emerson se escondió bajo los almohadones de su cama medio aturdido.
- Disculpe, Profesor Emerson - dijo Lisa al notarlo.
Pero el gato estaba ofendido. Prefirió ignorarla y volver a dormir, un deporte que hacía demasiado bien. Lisa sonrió, su gato tenía un carácter muy fuerte, era mejor dejarlo en paz cuando no quería mimos.. Mimos, esas palabras dieron forma  a un rostro, a un cuerpo, a unas manos, ¿y ahora qué? Esa era la pregunta que se hacía, ¿que iba a pasar entre ella y el profesor?
Desde los confines de su cartera el celular cobró vida y Lisa sintió que su corazón daba un brinco. ¿Acaso la estaba llamando? Revisó y claro, no era el profesor sino su compañero de trabajo.
- ¿Hola, Lisa, estas despierta, estas lista? - en su estilo habitual, arrollador como un vendaval, Diego la tomó por asalto
-¿Lista? - preguntó Lisa confundida.
- ¿Acaso te olvidaste que planeamos pasar el día en la casa quinta de  la amiga de mi novia, con un grupo de amigos? ¿Pileta, asado? - Diego estaba acelerado - No puedo creer que lo hayas olvidado. Te invité al cumpleaños de la amiga de Priscila, mujer.
- Diego, si, disculpa, - claro que lo había olvidado, había olvidado por completo hasta su nombre después de  las horas de pasión en el departamento del profesor Simpson - no me siento bien, creo que voy a engriparme
- ¿Engriparte? No, ni en broma, te he notado muy tensa en los últimos días y sé que lo que necesitas es salir, distraerte. Prepárate, pasaremos a buscarte en media hora.
Lisa no pudo protestar ni negarse, su amigo había colgado y ella estaba segura de que cumpliría su amenaza, así que alistó su ropa, una malla, unos shorts de jeans cortos, una remera de algodón larga y algo gastada, y ropa para después de la piscina. Puntualmente, Diego y su novia Priscila, a quien Lisa conocía de otra ocasión en la que su compañero de trabajo la había arrastrado a tomar unos tragos, la saludaron con entusiasmo. No estaban solos en el jeep de Priscila, les acompañaban otras dos personas, Kurt y Anabel, dos tortolitos que durante todo el trayecto hasta la casa de veraneo de la amiga de Priscila agobiaron a Lisa con sus abiertas demostraciones de cariño indiscretas. Lisa se sentía incómoda al tener que compartir el asiento trasero con ellos, pero no dijo nada, se dedicó a mirar el paisaje por el camino, sin lograr evitar las ensoñaciones que una vez más la llevaban a los musculosos brazos del profesor. ¿Y si ella lo llamaba?
Afortunadamente no tuvo tiempo de hacer esa locura, puesto que llegaron a una enorme casa quinta de altas paredes y rejas negras que se abrieron de par en par, manejadas por un control remoto a distancia. Ante sus ojos, detrás de un exuberante jardín, se reveló una enorme casa de piedra, de dos pisos, rodeada por un amplio corredor, más allá había una piscina y un quincho de techo de paja. Se escuchaba música y risas, más gente.
La dueña de casa los esperaba con una sonrisa radiante, lejos de aparentar los veintiún años que cumplía, parecía tener apenas quince. Era de baja estatura y delgada Su larga cabellera rubia rodeaba su rostro, dándole el aspecto de un ángel, y Lisa, cuando la saludó, sintió que la conocía de alguna parte.
- Lisa, ella es Gabriela, Gabriela, ella es Lisa, mi compañera de trabajo en la biblioteca - dijo Diego haciendo las presentaciones
- Hola, Lisa,- dijo ella abrazando a Lisa con calidez - bienvenida, espero que disfrutes
- Gracias.
- Pero, pasen, los otros chicos ya están en la piscina, y mi hermano está trabajando con el asado, no se lo pierdan, lo hace como si se dedicara todos los días a ello
La siguieron a la parte posterior de la casa donde Lisa tuvo una mejor vista de la enorme piscina repleta ya de gente. La  música que sonaba alegre provenía de unos equipos instalados más allá de la piscina, cerca del quincho, escondido de la vista por unas enormes plantas. Lisa quería cambiarse, ponerse su salida de baño y preguntó a la dueña de casa donde podía hacerlo, ella, muy amablemente le mostró los cambiadores ubicados junto al quincho. Y ahí se dirigió Lisa, anonadada ante tanto lujo.
- ¿Tú aquí? - una voz la detuvo ante una de las puertas que Lisa supuso era el cambiador.
Ella se dio la vuelta y sus ojos se encontraron de frente con la sonrisa, el cuerpo, y los ojos divertidos del profesor Simpson, vestido con unos gastados vaqueros y una remera blanca que marcaba el escultural contorno de su torso. Lisa sintió que las piernas le fallaban y se quedó muda sin saber qué decir. En un sólo segundo asimiló donde había visto a Gabriela antes, era en el retrato que su hermano tenía colgado en su departamento, un retrato que él había pintado.Como una pantera, el profesor se acercó, sonriendo
- Hola, que bonita sorpresa - dijo esto, mirando de arriba a abajo las largas piernas de la joven cubiertas apenas por el corto short de jeans, sin disimulo hizo un recuento rápido pero minucioso de su cuerpo y la joven fue muy consciente de su escrutinio - No me dijiste que conocías a mi hermana.
- Eh, no la conocía, es amiga de la novia de mi compañero de trabajo, él fue quien me invitó.
- ¡Que mundo tan pequeño! - afirmó él con una amplia sonrisa y se acercó a un más para susurrar - ¿Ya te pusiste el traje de baño?
- Si, - dijo Lisa, sintiendo el calor de su aliento en su cuello, estaba peligrosamente cerca, todo su cuerpo podía notarlo... - pero venía a buscar el cambiador porque no quería quitarme la ropa en la piscina, quería ponerme la salida de baño, arreglarme el pelo...
- Ah..., bueno, es una pena, me hubiera encantado ayudarte con el traje de baño...
La voz ronca del profesor, tan cerca de ella, no dejaban lugar a dudas de lo que se escondía detrás de ese absurdo ofrecimiento. Casi podía sentir sus calientes caricias recorriendo sus piernas, sus pechos, el interior de sus muslos...
- Albert, hace falta más carbón para el asado, el fuego se esta apagando - dijo alguien de pronto arrancándolos de esa especie de burbuja vaporosa que se había creado entre ellos.
- Albert. - insistió, era un hombre rubio, que debía de tener la misma edad del profesor, quizás se tratara de su amigo
Al verlos a los dos, sonrió y se disculpó por la interrupción. El profesor hizo unas rápidas presentaciones y siguió a Gerardo, su amigo hasta del amplio quincho donde se preparaba el asado. Lisa, mientras tanto, corrió a refugiarse al cambiador... Estaba mareada, acalorada.... Tenía ganas de huir de ese lugar, y por otro lado, deseaba ver al profesor en su ambiente... Ser o no ser, esa era la cuestión, si se iba, Diego iba a extrañarse,  quizás pensara que estaba loca. Si se quedaba, inevitablemente se cruzaría con el profesor todo el tiempo, cosa que al profesor parecía no molestarle, pero ella no sabía si podría tolerar tenerlo así de cerca, tan atractivo, tan sexual, sin poder hacer nada al respecto. Luego estaba el hecho de que no sabría qué decir si le preguntaban de donde se conocían...¿Y qué diría él?... Tantas cosas...
¿Y ahora qué?

(continuará)



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martes, 25 de marzo de 2014

La bibliotecaria y el profesor (En la biblioteca, quinta parte/ desayuno)

El sol se abría paso entre las blancas cortinas extendidas, su luz y su calor lo inundaba todo, obligando a Lisa  abrir los ojos... ¿Dónde estaba? El cuerpo le dolía como si hubiera corrido una maratón o nadado por horas. Pero no era un dolor desagradable, sino todo lo contrario, por otro lado, sentía como si estuviera flotando sobre algodón... De hecho, las suaves sábanas que cubrían su cuerpo eran deliciosamente sensuales ... ¡Estaba desnuda!... ¿Dónde estaba? El aroma a colonia varonil que impregnaba las sábanas le trajo gráficos recuerdos de la noche anterior... ¡El Profesor! ¡Oh, el profesor!... La había llevado a las estrellas en más de una ocasión.... Lisa se sintió mareada y contenta de sólo recordarlo, había sido demasiado intenso, increíble... ¿Pero dónde estaba ahora?... ¿Y dónde estaba su ropa?
Lisa no se sentía para nada cómoda andando como Dios le trajo al mundo en una casa extraña, pero cómo moría por ir al baño, decidió liarse con la sábana y buscar el dichoso lugar. Así lo hizo y se dió un rápido baño, para luego husmear en el amplio placard empotrado del profesor algo que pudiera ponerse hasta recuperar sus ropas. Una camisa que le quedaba cómo un minivestido y unos boxers fueron sus elegidos para bajar, su estomago crujía y el aroma que venía de la cocina le respondió a la pregunta de donde se encontraba Albert esa mañana a esas horas.
Y ahí estaba él, una camisa blanca y unos jeans gastados, descalzo. Cuando la sintió y giró para saludarla, los ojos de Lisa se posaron sin poder evitarlo, en la nervosa musculatura de su pecho expuesto. Lisa se mordió los labios, esa visión le recordó una vez más la noche anterior donde había tenido oportunidad de sentir la dureza de ese pecho y de toda su anatomía. El profesor era como una granada de mano, su cuerpo era una amenaza a la cordura.
- Y buen día para tí.- dijo él sonriendo, era evidente que el escrutinio de Lisa le dirvertía, él a su vez, bajó la mirada hacia el cuerpo de Lisa cubierto con su ropa - Veo que te pusiste mi camisa.
Con un gesto le indicó que se acercara, dejando lo que estaba haciendo sobre el fogón, se dedicó a pasar su mano por la fina tela de la camisa, produciendo un fuerte escalofrío a Lisa. La sonrisa del profesor se hizo aun más amplia cuando, al levantar la camisa se encontró con sus boxers, sus manos, acariciaron cada centímetro de la delgada tela y sus labios aprisionaron los de la joven con elocuente deseo. Se estaba poniendo de nuevo duro...
- No tenía idea de que mi ropa pudiera verse tan sexy, me dan ganas de tomarte sobre la mesa de la cocina y como puedes ver, ya esta todo dispuesto para el desayuno, tú definitivamente lo desequilibras todo.
Se besaron y el alarma de un horno microondas los interrumpió. Entonces el profesor la hizo sentar a la mesa y empezó a servirla como un experto.Sobre la mesa había bandejas con tostadas, mermelada, mantequilla, y el profesor sacó del horno una tarta de queso. Luego le sirvió unos panqueques recién preparados que cubrió con salsa de chocolate, para Lisa aquello parecía un almuerzo ejecutivo de lujo. No tenía idea por donde empezar.
- ¿No sé si el café te gusta así negro o eres de las que lo profanan con leche? - preguntó el profesor, sirviendo un humeante café.
Lisa sonrió
- Así está bien.- contestó.
Luego de asegurarse de que nada faltara en la mesa, el profesor ocupó su silla junto a Lisa y se acercó de forma que sus piernas se rozaban bajo la pequeña mesa de la cocina. La joven bibliotecaria pensó que se podría mal acostumbrar con tantas atenciones.
- Si te quedas pensativa, tu café se enfirará - dijo el profesor - anda, come.
Todo era delicioso
- Cocinar, pintar... ¿Hay algo que no sepas hacer?- preguntó Lisa sin poder evitar la curiosidad
El sonrió ampliamente
- Bueno, sé lavar mi ropa y plancharla, lustrar mis zapatos, pero eso no tiene nada de extraordinario cuando eres independiente. Viví mucho tiempo solo en Europa, así que tenía que aprender a valerme por mi mismo.
- ¿También aprendiste a pintar en Europa?
- Si, siempre me ha atraído el arte, en especial la pintura, así que aproveché y me apunté a un curso con un maestro italiano mientras hacía posgrados por Roma - una enorme mano masculina se posó sobre la mano de Lisa, haciendo pequeñas lineas con los dedos - Por cierto, me encantaría pintar tu hermoso cuerpo, eres como una diosa clásica y deberías estar inmortalizada en un lienzo, así, desnuda.
Lisa se sonrojó. El sonido lejano de un teléfono los interrumpió entonces y la joven reconoció el tono de llamado. Era su teléfono... Se levantó de la mesa del desayuno y fue a buscar su bolso, no sabía a ciencia cierta dónde lo había olvidado. Sus ropas estaban todas ordenadas sobre el gran sofá de cuero, seguramente, obra del profesor. Al lado estaba su bolso y ella encontró finalmente su teléfono cuando la llamada ya se había cortado. En la pantalla se marcaban cuatro llamadas perdidas, dos de su madre, una de su prima y otra de Diego, su compañero de trabajo, además de cuarenta mensajes sin leer... Se sintió un tanto culpable pues nunca se había esfumado así, sin avisar, seguramente su familia debía estar preocupada. Se apresuró a vestirse, alisando lo mejor posible las arrugas de su camisa y la pollera del uniforme. El corpiño era un caso perdido, necesitaba aguja e hilo para arreglarlo, pero no tenía tiempo, debía volver a su casa con urgencia.
- Yo te llevaré - anunció al profesor cuando Lisa le dijo que necesitaba irse a su casa.
Pronto estuvo ante la puerta de la casa de sus padres, y el profesor, antes de permitir que se bajara, la despidió con un largo beso que hizo que su cuerpo estallara por dentro de pasión. Necesitaría más de una ducha para recuperar la compostura y ya era suficientemente difícil llegar a su casa sin saber decir dónde había estado, el profesor sonreía, al parecer consciente de la conmoción que sus besos le causaban.
- Te buscaré. - anunció y se despidió de ella

(continuará.... no se preucupen)


domingo, 23 de marzo de 2014

La bibliotecaria y el profesor (en la biblioteca cuarta parte/secuestrada)

- ¿Secuestrada?
Lisa creyó estar escuchando mal. ¿El profesor dijo secuestro? ¿Estaba loco? ¿Acaso había caído en las redes de un psicópata?... Convengamos que un psicópata muy sexy, pero...
El profesor la miró de reojo y sonrió ampliamente.
- Tranquila, no quise asustarte. Te prometo que no soy ningún psicópata o algo parecido - ¿Acaso había escuchado sus pensamientos? - No haremos nada que tú no quieras y además, si vamos a hablar con propiedad, no es tu dinero lo que busco, es tu cuerpo, así que supongo que debería decir que "esto es un rapto".
Las palabras del profesor hicieron que a Lisa le hirviera la piel, impidiéndole responder nada. Se estaría mintiendo a sí misma si negara que ella también deseaba el cuerpo del profesor... Al poco rato, estaban ante un enorme edificio de siete pisos todo acero y vidrio.
- Mi departamento está en el último piso, así que tendremos que usar el ascensor. - explicó Albert, ayudándola a bajar del auto y tomando su mano para guiarla adentro de aquel sitio.
Y así lo hicieron. En cuanto las puertas de acero del ascensor se cerraron, el profesor la atrajo hacia a él y la besó  en forma apasionada, devorando cada milímetro de su boca con una lengua ardiente. La apretó contra el espejo del ascensor y le levantó la pollera, acariciando sus nalgas sobre la tela de sus bragas.
- Eres ardiente - musitó sin dejar de besarla
El ascensor se detuvo en el cuarto piso, y el profesor le bajó rápidamente la pollera, soltándola. Ambos estaban agitados pero hicieron lo mejor para disimularlo cuando un hombre mayor subió con ellos.
- Buenas noches profesor.- dijo el anciano.
- Buenas noches, señor García, ¿como sigue su madre? - contestó el profesor con la voz un tanto ronca
El hombre que miró sin disimulo a Lisa comentó que justamente acababa de dejar a su anciana madre (la cual según parecía vivía en el piso que acababan de pasar) durmiendo luego de darle su medicina. Señaló que estaba mejor que otros días, y luego se despidió de ellos en cuanto llegaron al piso número seis.
Solos otra vez, los dos se miraron y rieron a carcajadas ante la situación.
Finalmente llegaron al penthouse que ocupaba todo el séptimo piso del edificio, a su vez, este era como una pequeña casa de dos pisos. En la planta baja, un amplia sala lo ocupaba todo, aunque más allá se veía una pequeña cocina, y luego lo que Lisa supuso sería una oficina y un baño para las visitas. El suelo era de madera oscura, un parque lustrado y reluciente, las paredes hacía un costado eran amplios ventanales de vidrio, sin pausas, y al otro una gran pared blanca cubierta por cuadros. En el segundo piso, al cual se llegaba por un larga escalera, se vislumbraban dos ambientes, uno de los cuales, supuso Lisa era el cuarto principal. El lujo estaba presente en cada detalle, el buen gusto también.
El profesor la empujó hacía un enorme sofá negro de cuero que ocupaba el centro de la sala. La volvió a besar, ubicándose encima de ella, un beso que fue descendiendo lentamente por su cuello, hasta llegar al borde de su camisa. Lisa pensó que le arrancaría los botones con los dientes, pero él fue más prudente y lo desabrochó hábilmente sin que la camisa sufriera ningún daño. El corpiño de Lisa no tuvo mejor suerte, el prendedor desapareció en un universo paralelo y los pechos de la joven quedaron libres solo para ser aprisionados por las grandes manos del profesor, y luego por sus labios. Lisa suspiró y al abrir los ojos, no pudo evitar mirar al enorme retrato pintado al óleo que descansaba sobre la pared justo ante ellos. Dos hermosas mujeres la miraban con cierta animosidad. El profesor al darse cuenta que Lisa ya no respondía a sus besos, siguió la dirección de su mirada.
- Son mi madre y mi hermana - dijo, yo las retraté hace bastante tiempo, creo que hace ya tres años de eso.
- ¿Tú pintas?
- Si, en mis tiempos libres.- y volviendo a fijar su atención en los turgentes pechos de la joven, deslizó un dedo por ellos, siguiendo el contorno de los mismos y la elevación de sus pezones - Me encantaría pintarte desnuda, tu cuerpo es hermoso...
El profesor, cuya camisa Lisa se había encargado de desprender, se puso de pie y estiró un brazo hacia ella.
- Ven, será mejor que subamos, estarás más cómoda en la cama. Y después te compensaré por ese postre que no te dejé comer.
Lisa sonrió ante tanta caballerosidad. Se besaron una vez más. Subieron las escaleras casi corriendo, dejando un reguero de ropas en su camino, ya en la habitación y ante la cama, los dos estaban completamente desnudos. Allí, el profesor retomó su trabajo de torturar a Lisa con besos. La joven se puso a gemir cuando él se tomó bastante tiempo deslizando sus dedos y su lengua dentro ella. La excitación que sintió fue tan poderosa que se le escapó un grito.
- Sí, mujer, grita - murmuró él con voz ronca - gime, quiero oírte descontrolarte de pasión.
Siguió torturándola sin piedad hasta que Lisa pensó seriamente en obligarlo a que la penetrara. Entretanto el profesor también estaba incontenible y la tomó sin previo aviso. Juntos se vieron entonces envueltos en un coro de gemidos y gruñidos, mezclados con jadeos y más gritos.
- ¡Tus vecinos! - se recordó de pronto Lisa, pensando en el anciano que había subido con ellos el ascensor hasta el sexto piso.
- Tranquila, - contestó él con la voz ronca y entrecortada de pasión - las paredes de esta habitación son acolchadas, como las de los viejos estudios de grabación, así no molestamos a nadie.
Era impensable que pudieran hablar en medio de tanta lujuria desatada y así que después de ese breve intercambio de palabras volvieron a los suyo entre jadeos y más gritos. La pasión los arrasó, llevándolos a la cúspide del orgasmo casi al mismo tiempo. Después, ambos se derrumbaron exhaustos, sudando y sonriendo...
Afuera una pertinaz llovizna cayó sobre la ciudad mojando todo a su paso. La noche era oscura y cerrada, la Tierra entera parecía dormir.

((continuará)))


jueves, 20 de marzo de 2014

La bibliotecaria y el profesor de historia (En la biblioteca tercera parte/ La cita segunda parte)

La mansión que hacía las veces de restaurante estaba enclavada en una altura, así que cuando el mozo los guió a uno de los balcones privados, la vista de la ciudad dejó sin aliento a Lisa.  El profesor la ayudó a sentarse, ubicándose luego a su lado. El centro de mesa consistía en dos rosas rojas. Era la primera vez que Lisa iba a un lugar así, tan lujoso y de nuevo, se sintió un poco fuera de lugar. El profesor, que la miraba con atención, frunció el ceño.
- ¿No te gusta el lugar? - preguntó, con evidente preocupación - Si quieres podemos ir a otro sitio.
- No, el lugar es perfecto. -musitó la joven.
- ¿Entonces, cual es el problema?
Lisa se sonrojó. El profesor, sentado a escasos centímetros tenía la mirada fija en ella, pendiente de cada movimiento. Tenía unos ojos hermosos, azules y tan penetrantes que parecían desnudar su cuerpo y también sus pensamientos.
- Siento que no estoy vestida para la ocasión.- confesó Lisa.
El la miró de arriba a abajo sin ningún disimulo.
- Para mí estás perfecta, y por lo que pude apreciar, te verías genial aunque estuvieras desnuda.
- Ejem.- tosió el mozo que por cierto era un señor entrado en años, de rostro muy blanco, que tendía al sonrojo y que los esperaba con la carta en la mano - ¿Que desean ordenar el señor y la señorita?
Lisa sintió que se le subían los colores al rostro y Albert le guiñó un ojo, travieso. Hicieron sus pedidos, pastas: tortellini con verdura, jamón y pera para el profesor, ravioli de pollo con espinaca para ella.
- ¿Tomas vino? - le preguntó el profesor a Lisa
- Sí, aunque no mucho.
- Entonces pediré un chianti para mí y un vino blanco suave para la joven. No queremos que se maree.
Cuando se quedaron solos, el profesor volvió a posar sus ojos en ella. La joven se sintió un tanto acalorada, casi podía leer en los ojos del profesor, la pasión que habían compartido horas antes y la noche cuando se cruzaron en la biblioteca. Lisa no era una santa ni una chica que anduviera por ahí, acostándose con todos los hombres guapos que le miraban. Lo que había sucedido con el profesor era algo que no le había pasado nunca antes, era algo que no podía ni quería frenar, y al parecer, al profesor le estaba pasando igual.
- Tienes un atractivo casi animal - murmuró acercándose a ella para hablarle en el oído - no sé cómo lo haces pero el solo verte me perturba. Si pudiera te haría el amor a todas horas
- El vino, señor - el mozo volvió a carraspear.
Lisa no estaba segura si el mozo había escuchado al profesor. Esperaba que no. Por su parte, ella se sentía feliz y muy deseada. Ignoraba que pasaría después, bueno, no quería pensar en ello.
- Estas muy lejos.- dijo el profesor cuando volvieron a quedar solos - ¿En qué piensas?
- En que sé muy poco de tí.
- ¿Y qué te gustaría saber?
- Todo
- Todo es muy amplio, pero intentaremos llenar los espacios, sólo tienes que preguntar.
- En la universidad eres una celebridad, alguien comentó que eres extranjero pero no hablas como extranjero.
- No lo soy, simplemente estudie en Europa  muchos años.
- ¿Por qué tu nombre es Albert y no Alberto entonces?
- Por mi abuelo, era inglés. A mi madre no le parecía correcto traducir el nombre
- ¿Eres casado? ¿Divorciado? ¿Viudo?
- Ninguna de las tres cosas, soltero y sin compromiso, me gusta mi libertad.... Lo que no quita que me guste gozar de la vida - agregó con una mirada significativa al escote de la camisa de Lisa.
Lisa sonrió, no iba a negar que a ella también le gustaba, la atracción por el profesor era más fuerte que su voluntad. Hablaron de todo un poco, el tiempo parecía haberse detenido y, para ser sinceros, a ninguno de los dos le importaba en ese momento nada de lo que ocurriera afuera. Albert le contó a Lisa que era el mayor de dos hermanos y que su madre había enviudado hacía diez años, así que él era quien velaba por su hermana menor, asegurándose de que nada le falte. Su madre y su hermana vivían en la casa familiar, pero él tenía su propio departamento. Su padre y su abuelo se habían encargado de dejarles una buena fortuna.
- ¿Cómo se llama tu hermana?
- Gabriela
- Lindo nombre
- Y ella es muy bonita, estoy seguro de que las dos serían excelentes amigas
Cuando el mozo apareció con el menú de postres, Albert lo rechazó.
- Mejor tráigame la cuenta - dijo con decisión y luego se dio la vuelta para susurrar a Lisa - Tengo una idea mejor.
Albert no dijo nada mientras esperaban la cuenta, sonreía en silencio, como si estuviera tramando algo. Se despidieron del mozo que sonrió ampliamente ante la generosa fortuna que el profesor le había dejado y subieron al auto. Lisa esperó que le preguntara dónde quedaba su casa, pero él se encargó de sacarle de su error tan pronto como puso en marcha su antiguo Mercedes.
- Señorita Lisa Real, debo advertirle que usted está siendo secuestrada - dijo, mirándola de reojo y sonriendo misteriosamente....

Si, tranquilidad, continuará....



miércoles, 19 de marzo de 2014

La bibliotecaria y el profesor de historia (En la biblioteca Tercera parte, la cita/primera parte)

- ¿Estas segura que estas bien? - Diego, su compañero de trabajo la miró con preocupación - Estuviste rara todo el día. ¿No te estarás enfermando? ¿O el jefe te dijo algo muy malo cuando te llamó a su oficina?
¿El jefe? Lisa ni siquiera recordaba qué había dicho su jefe esa mañana después de despedirse del Profesor Simpson con otro beso apasionado digno de una película de Hollywood. Cuando pensaba en todo lo que habían hecho en la sala de estudios todo lo demás desaparecía de su mente y su cuerpo volvía a revivir esas sensaciones tan eróticas. Si el profesor era tan bueno dando clases como lo era haciendo gozar a una mujer, entonces Lisa deseaba anotarse en todos los cursos que daba.
- ¿Lisa? Te estoy hablando - insistió el joven.
Para fortuna en ese momento se escuchó el timbre de salida. El único sonido estridente permitido en ese oratorio del silencio y del saber. En otras circunstancias, Lisa se habría quedado a acomodar los libros que habían quedado fuera de lugar, tal como había hecho noches atrás, cuando el Profesor la sorprendió entre los estantes de la grandiosa biblioteca. Pero, aquella tarde, aprovechando que su jefe le llamara, y luego de escuchar uno de sus tantos habituales plagueos, había avisado que tenía que ir al médico ni bien terminara la hora de trabajo. Así que se despidió de Diego con un gesto de la mano y voló rumbo al baño donde lucho por arreglarse un poco. En eso su celular cobró vida. ¡Era el profesor!
- Te estoy esperando afuera, en el estacionamiento. - dijo cuando ella contestó la llamada -No tardes, estoy ansioso...
¡Por piedad! Aquello casi la deja sin aire. Respiró hondo y una vez más le dio una mirada al espejo, estudiando su reflejo con atención.
El profesor la esperaba apoyado contra su auto. Como siempre, las largas horas de trabajo parecían no afectarlo, fresco como una lechuguita y con aspecto de haberse escapado de una revista de modas. Sonrió al verla y cuando ella se acercó al auto, como buen caballero, le abrió la puerta del lado del acompañante y la ayudó a subir, no sin antes darle un beso en los labios. Un beso corto y discreto, pero que no pasó desapercibido por la gente que pasaba por allí en ese momento.
- Estas hermosa - le murmuró, y Lisa sonrió dándole las gracias en silencio porque se sentía como el patito feo en esos momentos.
Cruzaron la ciudad rumbo al oeste. El profesor hizo las preguntas de rutina, demostrando su interés en ella, en saber más sobre quién era Lisa Real. No había mucho que contar. Había estudiado Literatura en la universidad y luego un curso de bibliotecaria a distancia, llevaba trabajando tres meses en la biblioteca de la Universidad y aun vivía con sus padres. Tenía un gato llamado Profesor Emerson. El profesor sonrió ante el nombre.
- ¿Llamas así a tu gato por algún jugador de fútbol brasilero o quizás por el escritor Waldo Emerson.
La joven se sonrojó sin remedio.
- Lo llamo así por el personaje masculino de una novela que estoy leyendo. Es un profesor experto en Dante Aliguieri y la Divina Comedia... - Lisa no podía creer que estuviera explicando aquello.
- Interesante, me pregunto si ese profesor es bueno.- la curva de su sonrisa le dijo a Lisa que el profesor se daba buena idea de qué clase de lecturas la entretenían - Para ser sincero, lo conozco, mi hermana lee todos los libros de Sylvain Raynard y accidentalmente hojeé uno de ellos. Estaba tentado a esconder ese libro, mi hermana es una niña, no debería leer eso.- dijo frunciendo el ceño.
- ¿Cuantos años tiene tu hermana? - preguntó Lisa
- Veinte.
Lisa no pudo evitar una carcajada. En ese instante llegaron a su destino, una mansión transformada en un restaurante de lujo....

La cita volverá luego de este corte comercial... (jaja, es broma, pero volverá, necesita más espacio)



En la biblioteca, segunda parte

Los días pasaron y Lisa no tuvo noticias del profesor. No lo veía por ninguna parte y, desde luego no podía preguntar por él en el campus o levantaría sospechas. No habían tenido tiempo de intercambiar teléfonos, aunque, claro, no es que creyera que el profesor fuera a enamorarse de ella o algo así. Seguramente hacía lo mismo con todas las bibliotecarias ingenuas que encontraba por allí.
- Tierra llamando a Lisa. - dijo Diego, golpeando con el lápiz sobre el mostrador.
- ¿Qué? - Lisa lo miró irritada.
Diego, un muchacho de cabellos enrulados y sonrisa de ángel, por lo general le sacaba más de una carcajada, pero aquella mañana lluviosa la sacaba de quicio. Era como si se hubiera puesto como meta importunarla a toda costa esa mañana. Primero, tomándose su café, luego no dejandole pensar.
- Te noto distante. ¿Algo te preocupa?
Si, pensó Lisa, me preocupa la posibilidad de estar volviéndome loca. Después de tantos días de silencio, realmente se preguntaba si no se había imaginado todo aquello de la biblioteca, aunque lo dudaba, por lo general sus ensoñaciones no eran tan de alto voltaje y era humano admitir que con solo pensar en el profesor la excitación resurgía en su interior, amenazando con explotar como un volcán.
- No, nada.- murmuró Lisa y antes que su compañero de trabajo pudiera preguntar otra cosa fue volando al carrito de las devoluciones, feliz de que estuviera repleto de libros.
Así, con la excusa de ubicarlos, se alejó de Diego y se perdió entre los altos estantes. Vio a través del ventanal de una de las esquinas de la biblioteca que la lluvia de esa mañana seguía cayendo sin pausa. Con un tiempo así, le hubiera gustado estar en otro lugar, en buena compañía. Quizás en los brazos de cierto profesor de Historia Romana...
Alguien la estiró del brazo y a Lisa se le cayeron los libros que tenía entonces en la mano, causando un estrépito que resonó por la biblioteca de una manera nada discreta. Lisa se sintió arrastrada a uno de los salones privados de lectura. Los brazos musculosos y el aroma de colonia varonil se le hicieron familiar al instante, y Lisa no necesitó mirarle el rostro para sonreír, sabiendo que sus ruegos habían sido escuchados. El profesor había vuelto. Desde luego, él no tardó en tomar posesión de sus labios y de todo su cuerpo, arrastrándola dentro de la habitación y cerrando con llave. Lisa no recordaba que esas puertas tuvieran llave... ¿O si?... Bueno, qué importaba aquello ahora que los labios del profesor parecían multiplicarse sobre ella, no sin antes arrojarla sobre uno de los escritorios desnudos.
- ¡Te extrañé, demonios! - al parecer el profesor tenía la costumbre de maldecir cuando estaba excitado.
Lisa murmuró algo parecido a "yo también", pero su voz fue inmediatamente ahogada por más besos.
   El profesor estaba impaciente, tanto que casi le destroza las bragas al quitárselas y no tardó ni medio segundo para poseerla, haciendo que Lisa gimiera de sorpresa. Una sorpresa que se convirtió pronto en lujuria y desenfreno total. Si él no le hubiera tapado la boca a tiempo, toda la universidad se hubiera enterado de lo que estaban haciendo. Ambos estaban tan excitados que llegaron al orgasmo casi de inmediato, y casi al mismo tiempo. Era como si un huracán los hubiera atrapado  a ambos en su remolino. El profesor estaba tan bien proporcionado, en todo sentido, que Lisa creyó que se iba a partir en dos...
- ¡Oh Dios! - gimió, aquello se estaba volviendo casi místico de tan intenso
Después, sudados y agitados, con la ropa hecha un remolino entre sus cuerpos, los cabellos despeinados, y la mesa que se había movido de lugar bajo sus sacudidas, el profesor se retiró lentamente de ella, sin dejar de abrazarla, y la hizo acostar, acomodándola sobre su musculoso cuerpo. Ambos se acomodaron en el suelo...
- La otra noche me dejaste tan excitado que no pude dormir, me sentía como un adolescente frustrado - dijo el profesor con la voz ronca - Te fuiste y no tenía como contactarte, no lo vuelvas a hacer. Me tienes que dar tu teléfono.
Lisa sonrió, aunque en el fondo era una romántica empedernida, y su idea de una relación no era precisamente encuentros sorpresa en la biblioteca con un profesor que estaba como un cañón, las palabras del profesor lograron halagarle. Pero claro, ¡qué loca!, aquello desde luego no era una relación....
- Estas muy callada de pronto. - dijo él, mirándola con el ceño fruncido. - ¿Te preocupa algo?
Ella iba a decir que no, pero en ese momento sonó su celular. Le costó un tiempo recordar donde lo había dejado, o donde había dejado su cabeza... Se sentía hasta mareada. Cuando atendió, la voz de su compañero de trabajo cayó sobre ella como un balde de agua fría.
- El jefe lleva media hora preguntando por tí, mujer ¿Dónde estás? - dijo impaciente - Pensé que habías ido a ubicar unos libros en los estantes, pero no pude encontrarte por ninguna parte.. Y por cierto, una de las puertas de las salas de estudio está cerrada con llave, ¿viste quien entró? No estoy encontrando la llave por ninguna parte
Lisa miró al profesor y este, que había escuchado la conversación, gracias a la voz estridente y sonora de Diego, se sonrojó. y puso cara de niño travieso que es pescado en sus fechorías. Lisa no podía creer que el profesor hubiera robado esa llave. ¿En qué momento? Cuando Diego finalmente le dejó hablar, le dijo que se había ido al baño y que iría enseguida al mostrador. Que dejara de hacer tanto escándalo
- ¡Pareces una gallina clueca!
- Y el director se pondrá como un gallo de pelea si no traes hasta aquí tu hermoso trasero en menos de un minuto. - advirtió él y colgó.
- Robe esa llave la noche que nos encontramos. - confesó el profesor - Tenía serias intenciones de volver a verte, y lo hubiera hecho antes si no fuera por un congreso al que tuve que asistir. Me vuelves loco.
Lisa no daba crédito a sus oídos. Mientras se vestían y se adecentaban todo lo posible, el profesor sacó del bolsillo de su saco una tarjeta.
- Este es mi número, quiero que me llames y así tendré registrado el tuyo
- Esta bien. - dijo ella, tomando la tarjeta lentamente
- Espera, mejor lo hago yo. - y sin preguntar, le arrebató el teléfono celular y marcó los números que aparecían en la tarjeta - Listo.
Antes de que Lisa pudiera decir algo, él la besó una vez más en forma apasionada pero más calmada.
- Esta noche vendré a buscarte a la hora de la salida.
- Pero...
El profesor le tapó los labios con un dedo.
- Shh, es una cita si te lo preguntas, si deseas puedo llevarte a tu casa para cambiarte el uniforme, pero dejame decirte que es un detalle que no me importa en absoluto, quiero verte esta noche y es una cita, te llevaré a cenar y no te dejaré dormir, estás advertida. Y no te preocupes por la llave, la pondré en su lugar cuando nadie me vea... En mi vida pasada fui ladrón... - añadió, guiñándole un ojo.
Con eso, el profesor desapareció, dejando a Lisa echa un remolino... ¿Tenía una cita?
Su celular volvió  a sonar.
- El director está hecho una furia, será mejor que aparezcas, mujer - dijo Diego y Lisa corrió al baño más próximo, para luego volar  hacia la recepción.... ¿Tenía una cita?

Si, puede que esta historia necesite continuar...


martes, 18 de marzo de 2014

En la biblioteca

      Era noche cerrada, la Biblioteca de la Universidad llevaba ya una hora cerrada, y por entre los largos y altos estantes reinaba el más completo silencio. Aun así, Lisa no tenía miedo. ¿Por qué lo tendría si aquel era su territorio? Sólo que debía darse prisa, pues su prima Fabiana no tardaría en ir a buscarla para salir a cenar. Secretamente, envidiaba a su prima, puesto que la loca de Fabiana estrenaba novio, y por supuesto, Juan, el nuevo novio, iría con ellas. Ya no sería una "noche de chicas", ahora ella sería como la "tomasita" que en los tiempos de sus abuelos acompañaban a los novios cuando salían para cuidar que se comportaran.. Inconscientemente, Lisa no deseaba ir, en realidad, era consciente de ello, y por eso quizás la tarea de ordenar los libros en los estantes estaba llevando más del tiempo habitual.
       La gente, cuando revisaba los libros de la biblioteca, por lo general era desordenada. No sólo dejaban los libros de cualquier forma, sin cuidar devolverlos al estante de donde los habían sacado, sino que además, tenían la costumbre de olvidar sus cosas. Y aquella noche no era la escepción. Lisa ya había rescatado de los estantes, un par de tarjetas de biblioteca, un bolígrafo y hasta un bonito collar de plata, que esperaba fuera buscado por su dueña al día siguiente. Por lo pronto, al igual que las demás cosas olvidadas, su destino sería el cajón de objetos olvidados. 
           Lisa se paseaba entre los estantes que contenían los libros de Historia Antigua, canturreando una popular canción, cuando un inusual sonido la quitó de sus cavilaciones. Se suponía que sólo ella se encontraba en esa ala del viejo edificio, aunque quizás, Queen, el viejo guardia privado de la biblioteca estaba haciendo ya sus rondas nocturnas, pero eso era improbable, puesto que el antiguo guardia era famoso por echarse una pequeña siesta que solía durar toda la noche y parte de la mañana, y, como nadie acostumbraba a hacer de la biblioteca su objetivo en caso de robo, las autoridades universitarias se pasaban por alto aquel detalle. 
      El sonido volvió a repetirse, era como una pisada sobre el parqué de madera pulida, algún tablón suelto quizás, un crujido a fin de cuentas, que le pusieron los pelos de punta. Definitivamente no estaba sola en esa ala de la enorme biblioteca. Lisa se quedó parada en medio de los enormes estantes que llegaban al techo, preguntándose qué hacer... ¿Esconderse o afrontar a quien fuera que estuviera merodeando por allí? ¿Gritar? ¿Acaso algún estudiante se había quedado encerrado? Agradeció en silencio el hecho de que tenía en sus manos un enorme diccionario de Ciencias Políticas, su tapa dura, convertía al diccionario en una posible arma en caso necesario. Y pensando en ello, lo levantó, avanzando muy despacio, sin atreverse a respirar fuerte...Una sombra se materializó justo donde terminaba la larga fila de estantes entre las que se encontraba la joven. Una forma larga y alta, aparentemente la silueta de un hombre. Lisa tragó saliva, ¿quien podía ser? La figura siguió acercándose peligrosamente y Lisa ahogó un grito. Levantó el libro que tenía sostenido cual si fuera un ladrillo con ambas manos y estuvo a punto de tirarla hacia la figura que se acercaba cuando lo vio. Por fortuna para ella, sus reflejos no eran muy rápidos y por unos segundos se quedó con el libro en sus manos extendidas en forma amenazante. Al reconocer al hombre se sonrojó y bajó el libro...
- Señorita Real - era el profesor de Historia Romana, Albert Simpson - ¿Señorita Real? ¿Por qué tengo la impresión de que iba a lanzarme ese enorme libro a la cabeza?
- Disculpe Profesor, - dijo la joven, sin poder evitar sonrojarse violentamente.
      Luego de la sorpresa primera, el profesor sonrió divertido ante la situación. Lisa conocía de vista al catedrático. Este no era viejo, debía tener a los sumo unos treinta y tantos años. Alto y de cuerpo atlético, resultaba evidente que el profesor se hacía de tiempo para visitar el gimnasio en forma regular. Su traje, gris oscuro,  parecía hecho a la medida,llevaba una corbata azul que hacía juego con el color de sus ojos. Lisa había escuchado decir que era extranjero, pero no recordaba de donde provenía.
- Siento haberla asustado. - dijo el profesor, sonriendo, sus facciones, bien masculinas, parecían suavizarse cuando sonreía.- Estaba tan apurado de ir a la clase esta tarde que me olvidé de mis cosas. Las dejé en esa mesa de allá - señaló hacia una mesa donde Lisa pudo ver un montón de papeles desordenados, una cara estilográfica y otras cosas por el estilo, por suerte aun no lo había tocado.
- ¿No te da miedo quedarte aquí sola tan tarde? - preguntó el profesor, su mirada recorrió la anatomía de Lisa, deteniéndose más de lo debido sobre sus pechos.
      Al parecer, la gruesa tela de su uniforme de bibliotecaria no era obstáculo para que el profesor sacara un rápido cálculo mental de sus atributos femeninos. A Lisa, lejos de molestarle, aquello le gustó. El profesor se acercó a ella y comentó algo sobre unos libros, o algo así. Bien podría haber estado hablando de dragones, el aroma de la colonia varonil nubló la mente de la joven bibliotecaria... Cualquier excusa era buena para acercarlos aun más. 
      Después todo sucedió muy rápido y sin aviso. Al siguiente minuto, el profesor se acercó a ella, sin despegar la mirada de sus ojos y sin decir nada. Tomó en sus manos el pesado libro que Lisa aun tenía en su poder y lo bajó sobre uno de los estantes cercanos. La besó entonces, sin más, empujando a la joven contra uno de los pesados estantes. Su beso no tenía nada de discreto ni delicado, era insistente, audaz, voraz y no perdonaba nada a su paso. Una lengua temeraria se abrió paso entre los labios de la joven casi obligándola a responder con la misma ansiedad. Las manos del profesor se abrieron camino por su espalda, metiéndose bajo la camisa, caminando luego hacia sus pechos. La apretó a él aun más y ella pudo notar entonces como se abultaba el frente de los pantalones masculinos. El profesor estaba sumamente excitado.
        Las grandes manos del profesor encontraron el cierre del corpiño y lo desprendieron casi rasgando la tela. Lisa sintió que el corpiño dejaba de sujetar sus pechos, sólo para ser rápidamente reemplazadas por esas fuertes manos que parecían arder. Ella se quitó la camisa y la boca del profesor no tardó en reemplazar el calor de sus manos, succionando cada pezón con avaricia. La joven no pudo evitar un grito cuando el profesor la mordió despacio, al tiempo que la levantaba sobre su cintura, levantando a la vez su pollera y bajándole las bragas....Con la pierna de la bibliotecaria rodeándolo, el profesor se puso a explorar el sexo de la joven con los dedos, ella estaba más que húmeda a estas alturas. El profesor se arrodilló ante ella y empezó a lamerla, produciéndole escalofríos e intermitentes espasmos. Lisa no hubiera querido que se detuviera, pero él se puso de pie, y luego de volver a mirarla intensamente, la penetró contra el estante, murmurando en su oído que hacía tiempo que deseaba hacerle aquello. Lisa se sujetó a la espalda del profesor, subiendo luego sus manos hacia sus cabellos, enredándose en ellos, mientras volvían a besarse. La estantería se empezó a mover al compás de ellos, y algún otro libro cayó al suelo, produciendo un estrépito que se mezclaba con sus mudos jadeos. El universo entero parecía estar estallando. 
- ¿Hay alguien ahí? - dijo una voz de pronto y un as de luz amenazó con descubrirlos en plena acción.
       Los amantes, aturdidos y aun agitados se miraron con sorpresa y turbación. Quien hablaba debía ser el guardia de seguridad, el anciano Queen, quien oportunamente había despertado de su siesta y estaba dando una vuelta para ver que todo estuviera en orden.
         Y ellos dos no lo estaban. Sin mediar palabras se separaron y se acomodaron la ropa lo mejor que podían. El profesor, que solo segundos antes aun seguía dentro de la joven, se subió la bragueta lo más rápido posible, en tanto que ella prendió su camisa y se se subió la pequeña tanga, alisando su pollera. Se miraron en silencio y conteniendo la respiración, esperaban que el hombre no los viera, pues sería muy difícil explicar qué estaban haciendo a esas horas y en la semioscuridad entre los estantes de la biblioteca. Cerca de ahí, el reducido espacio entre dos estantes les sirvió de refugio. 
         Lisa sentía detrás de su espalda el poderoso cuerpo del profesor, todo músculos, que destacaban y daban forma al traje que él llevaba puesto. Un brazo le rodeó la cintura y la pegó aun más a él, cuando el as de luz de la linterna se acercó peligrosamente a su refugio, él le tapó la boca con la mano. Sus dedos aun tenían el olor de ella, haciendo que la muchacha reviviera el enorme placer que él le hiciera sentir tan solo unos segundos antes…Lisa quería que el viejo caracol con uniforme de guardia de seguridad se fuera para poder retomar lo que estaban haciendo. La presión que sintió en la parte baja de su espalda pegada al cuerpo del profesor, le dijo que no era la única que pensaba así. Pero el guardia no tenía ninguna prisa. Luego de confirmar que no había nadie, aun peligrosamente cerca, se detuvo a levantar un par de libros que habían caído al suelo.
         Canturreando una especie de balada, colocó los libros sobre los estantes, pasando sus dedos por el lomo de los mismos. Nuestros protagonistas miraban al hombre conteniendo la respiración, preguntándose cuánto tiempo más se quedaría por allí el señor Queen. Apretados en un rincón, la tensión sexual entre los dos se incrementaba, al igual que la impaciencia por volver a quedar solos y el temor a ser descubiertos… Y finalmente el guardia se marchó… Un suspiro de alivio se desprendió unos minutos después de la garganta de ambos. El suspiro iba acompañado de una risa susurrada y luego, sin mediar palabras, los amantes volvieron a lo suyo empezando por un beso húmedo, fuerte y ansioso. El celular de la joven irrumpió entonces en el silencio de la biblioteca.
- Mierda - maldijo el profesor, no dispuesto a soltar a su presa.
- Tengo que contestar o el guardia volverá - murmuró ella, aun entre los labios del profesor Simpson.
       El finalmente la dejó ir y la joven atendió el celular que descansaba sobre una repisa desde que ella lo colocara allí para ordenar aquel sector de la gran biblioteca. Consciente de la mirada del profesor, Lisa se aclaró la garganta y contestó, sabía que era su prima puesto que su nombre había saltado en la pantalla del aparato. 
- Lisa, estamos afuera con Juan, date prisa.
       Fue el turno de Lisa para maldecir, en los brazos del profesor el tiempo se le había escapado de las manos. Lisa miró al profesor con cierta angustia y le dijo a su prima que no tardaría en bajar, que la esperaran en la calle lateral. Al profesor no le causó gracia que la diversión fuera a terminar así, tan abruptamente, pero él también tenía cosas que hacer. Con el ceño aun fruncido de disgusto, le dio un largo y apasionado beso de despedida. 
- Bueno - dijo apretándola aun a su cuerpo, tan duro como una muralla - pero no creas que esto se quedará así, eres realmente ardiente como para que sea suficiente una sola vez... Te buscaré. 
      La joven no supo que contestar. El profesor se apresuró a juntar sus cosas y se marchó, casi esfumándose,  y ella hizo lo propio, preguntándose hacia donde había ido. No tuvo mucho tiempo para pensar, apenas puso los pies en la calle, un estruendoso bocinazo la sacó de sus cabilaciones. 
- ¡Cielos, prima! - exclamó divertida Fabiana al verla - Ignoro que haces a estas horas en este oscuro mausoleo, da la impresión que te pasó por encima un tren... ¿Acaso te estas tirando al guardia de seguridad? ¿O es que algún personaje literario se escapó de uno de los libros para hacerte compañia?
Lisa, por toda respuesta, le lanzó a su prima una revista que encontró tirada en la parte trasera del auto de Juan y así se perdieron en la noche.

Esta historia continuará....


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