jueves, 14 de abril de 2016

Un Agatha Christie con dedicatoria (Quinta parte)

Ustedes se preguntarán si los caminos de Víctor y Magdalena volvieron a cruzarse... Simplemente diré que no fue fácil. Escribí su historia en mi blog y pedí a mis amigos que lo difundieran por las redes sociales con la esperanza de que alguien que supiera las señas del amor de juventud de Víctor nos contactara y permitiera un reencuentro. Al principio sólo recibí comentarios felicitándome por la historia de amor, pensando que se trataba de una ficción. Volví a escribir, aclarando que Víctor era un hombre de carne y hueso, viudo que buscaba a la mujer que le había regalado el libro de Agatha Christie hace tanto tiempo atrás y de como, pese a atesorarlo entre sus posesiones más queridas terminó en un estante de mi negocio, nada pasó.
Me sentía mal, me sentía triste por el señor Víctor, quien ya empezaba a ver perdida su esperanza de alguna vez recuperar siquiera alguna noticia de Madgalena y decidí insistir. Un amigo tenía un programa de radio de popularidad media y fue a él a quien recurrí a continuación.
- No te prometo nada - me dijo cuando le puse al tanto de mi pesquisa.
- Lo sé, yo entiendo, pero no quiero rendirme aun.
Mi amigo me hizo hablar por el micrófono de la radio. Se me trabaron las palabras al principio, pero luego me solté y conté la historia de Víctor y Madgalena sin olvidar ningún detalle. Al poco rato las llamadas de los oyentes empezaron a embarullar la cabina de la radio. Entre ellas, una voz de mujer dijo casi en susurro:
- Yo soy la Magdalena que están buscando.
Una especie de sube y baja se instaló en mi estómago. ¿Era realmente ella? Después de tantos meses había empezado a perder la esperanza. El locutor del programa le pidió  a la mujer que no cortara la comunicación y la puso en privado conmigo. Le hice unas preguntas puntuales, casi no recuerdo cuales, lo que sí recuerdo es que mi corazón latía con fuerza mientras la escuchaba confirmar a cada paso que era ella.
- Volví al país después de que se fuera el dictador - me comentó - Estaba casada y con dos hijos. Mi marido murió al poco tiempo, se accidentó, Me dediqué de lleno a criar a mis hijos y ellos crecieron y formaron sus respectivas familias... A Víctor siempre lo tuve como parte de mis recuerdos, no pensé que volvería a oír de él.... ¿Él está bien?
No le dí muchos detalles, sólo lo esencial para que supiera que él la buscaba...
El reencuentro se produjo en un parque cerca de la librería. Yo fui la encargada de llevar a Magdalena hasta el lugar. Era una tarde gris de otoño, soplaba un viento leve que mecía las hojas siempre verdes de los árboles que nos rodeaban...  Los presenté, aunque el reconocimiento en los ojos de ambos hacía evidente que no era necesario... Murmuré un saludo y los dejé a solas, hubiera querido tener oídos bionicos y ojos en la espalda, pero debía respetar su privacidad. De todas maneras, ninguno dijo nada en todo ese momento en que me alejé para dejarlos a solas. Si se hablaron, lo hicieron mucho después, o quizás las palabras sobran para quienes aun pese a todo se quieren.... No sé...
Y no supe nada sino un buen tiempo después, cuando Víctor y Madgalena fueron al negocio a visitarme.
- Queremos invitarle a nuestra boda - dijo ella
Yo les sonreí bocabierta
- ¿Se van a casar? - pregunté y fui a abrazarlos.
- Si, - dijo Víctor - Los dos somos viudos y ya nuestros hijos tienen sus respectivas vidas encaminadas, asi que decidimos retomar nuestra historia... Se lo debemos a usted que hizo todo lo posible para que volvamos a encontrarnos
Le hice callar, los quería como si fueran viejos amigos y los amigos no necesitan decirse gracias... No tanto...
Se los veía muy felices, ambos habían rejuvenecido, casi parecían el Víctor y la Madgalena del pasado y sospeché que dentro de ellos eran justamente eso, dos jóvenes con el corazón enamorado. Por una vez, una novela de Agatha Christie había sido la herramienta y el hilo conductor de una historia de amor, sin muertos ni asesinatos, aunque el libro en sí tratara justamente de ello. Y así, una vez más, pude comprobar la riqueza de un libro usado... No, mejor dicho, un libro con historia, la historia de quienes leyeron sus páginas y las vivieron.
- Fin

miércoles, 3 de febrero de 2016

Un Agatha Christie con dedicatoria (cuarta parte) (Historias de la librera)

-Al día siguiente, - siguió contando el señor Víctor, mientras yo lo escuchaba con sumo interés - fui al almacén a primera hora de la mañana y esperé pacientemente a que el pan se horneara. Don Alfredo, el almacenero me miraba con suspicacia, yo pedía refresco tras refresco. A las siete en punto el pan estuvo listo pero Magdalena no apareció. Quien sí se presentó fue su tía.
- Lo sospeché - dijo al verme - Joven, no sé cuales son sus intenciones con mi sobrina, pero sepa usted que ella es aun una niña de quince años, así que le sugiero que mantenga distancia
- No tengo malas intenciones, señora - dije y estaba indignado.
- Señorita - corrigió ella pero yo no le hice caso, me caía amarga,pesada, mal, aunque debo reconocer que sólo cumplía su papel.- Mantenga sus garras lejos de ella que es una niña de bien - siguió diciendo y yo sentí que perdía toda esperanza
Ella dio media vuelta, se puso a elegir unas manzanas que estaban en el mostrador mientras saludaba al dueño de la despensa y le preguntaba por la salud de su señora. Yo estaba mudo y atornillado al piso sin saber qué hacer o decir. Me sentía humillado y a la vez entendía que la mujer sólo estaba cuidando de su sobrina. Quizás debía rendirme, estaba visto que pese a que Madgalena no me era indiferente, su edad y su familia eran obstáculos que yo no podría salvar para siquiera volver a acercarme a ella a decirle hola. Pero no me quería rendir así como así, no podía dejar de pensar en ella, su sonrisa, su mirada se habían vuelto en mi razón de ser pese a las pocas veces que la había visto y a que prácticamente no sabía nada de ella. Y justo entonces, no sé ni como, la tía de Madgalena que estudiaba las manzanas como si fuera a hacerles una autopsia levantó su mirada hacia a mí y sonrió. Bajó el tono de voz para que el despensero no la oyera, aunque el otro tuviera oídos biónicos y con una sonrisa dijo:
- No lo conozco pero la verdad es que mi sobrina no deja de sonreír como una tonta desde que lo vió en la fiesta. Me cae bien así que haremos lo siguiente, El doctor me ha dicho que debo hacer caminatas así que le pediré a ella que me acompañe por las tardes en el parque que está aquí cerca... Quizás pueda usted tropezarse con nosotras todos los días...
De más está decir que la abracé y la besé en la mejilla y ella casi pierde el equilibrio de la sorpresa. El despensero a nuestras espaldas, se reía divertido. Fue así como Magdalena y yo empezamos a vernos bajo la ferrea vigilancia de su tía que tosía si yo me acercaba mucho a ella. Tuvimos que aprovechar un desliz de la misma para darnos nuestro primer beso... Fueron los tres meses más hermosos de mi vida - que me perdone mi difunta esposa, a la que también amé, pero nada se compara con el primer amor
- ¿Tres meses? - pregunté - ¿Y qué pasó después?
- Su padre que al parecer estaba metido en política fue cordialmente invitado a abandonar el país y así que Madgalena y su tía debían marcharse con él. Fue entonces que me regaló el libro de Agatha Christie, el que vino a parar en tu negocio... Nunca más supe de ella.
- ¿Nunca la buscó?
- Si, la busqué, pero como no me dejó una dirección, no pude seguírle el rastro. Ignoro si sigue viviendo fuera del país o si alguna vez volvió.
Fue entonces cuando se me ocurrió escribir la historia de los dos y difundirla por las redes sociales. Le dije que quizás alguien pudiera ayudarnos así a encontrar a Madgalena... Pero el resultado de esa pesquisa será el tema  a tratar en una próxima entrega... Nos vemos

lunes, 4 de enero de 2016

Un Agatha Christie con dedicatoria (3era Parte) (Relatos de una librera)

Pasaron los días, la rutina del negocio se apoderó de mí y casi olvidé a Víctor y Magdalena, pero por fortuna el hombre regresó, le ofrecí un te frío y siguió contándome su historia desde el punto donde había quedado.
- Sabiendo su nombre y dónde vivía, no me costó averiguar sobre ella -comenzó diciendo Víctor - Supe que tenía quince años y que su padre no la dejaba salir con extraños. Incluso supe a qué colegio iba y la espié por un buen tiempo. Yo en ese entonces trabajaba como ordenanza de un abogado y cuando él me mandaba a hacer algún encargo, inevitablemente pasaba por su colegio y me quedaba un buen rato, especialmente si la hora de salida estaba por cumplirse. También iba a espiarla a su casa, aunque ahí me cuidaba de que su padre no me viera, me daba miedo, lo admito... Pero seguía esperando a verla
Se rió con ganas.
- Eso me valió el reproche de mi jefe y estuve a punto de perder mi trabajo porque de pronto mi centro era ella, quería volver a verla y por supuesto me olvidé de todo lo demás. Suena cursi y hasta estúpido.
Yo sonreí también.
- Al contrario, suena muy romántico.
- Resumiendo, la ví un par de veces saliendo de la escuela, pero ella no me vio. Debo decirlo, me sentía como un ladrón al acecho. Tuvieron que pasar al menos dos meses antes de que por fin me decidiera a dirigirle la palabra. Tuve la suerte de que nuestro mundo es tan pequeño que ella resultó ser la hermana de un amigo de mi primo y cuando este festejó su cumpleaños, ella también estaba invitada. La conmoción de volver a verla casi hace que no le salude cuando nos cruzamos entre la gente. Ella, hermosa, con su cabello suelto y los ojos muy verdes, me sonrió:
- Hola Víctor - dijo.
Yo me quedé de una pieza..
- Sabes mi nombre - tartamudee´
- Si, me contó un pajarito - su sonrisa era como un sol, traía en la mano un vaso vacío y ahí mis neuronas por fin empezaron a funcionar - ¿Te sirvo un poco de refresco? - pregunté, estaba tan feliz, al parecer ella también había hecho averiguaciones acerca de mí.
Ella asintió y luego de servir para ambos sendos vasos de refresco, nos sentamos en una esquina del patio donde se llevaba a cabo el cumpleaños. Nos quedamos en silencio, sonriendo, mirando a nuestro al rededor hasta que logré romper el hielo con la pregunta más tonta de todas, le pregunté si le gustaba leer
- Si - dijo ella y volvimos  a quedar en silencio.
- ¿Te gusta leer poemas de amor? - pregunté después, mi cerebro funcionaba a leña
Ella me miró extrañada y yo le recordé el libro que llevaba en la mano cuando chocamos frente al almacén. Ella se rió, su risa era como el cantar de un ave, fresca como una cascada.
- Ese libro lo estaba leyendo porque tenía que hacer una tarea para mi clase de literatura. Al decir verdad prefiero las novelas de misterio. ¿Alguna vez le leíste a Agatha Christie?
- No, ¿quien es?
- ¿ No sabes quien es Agatha Christie? - preguntó ella, casi horrorizada - Es la escritora de novelas de misterio más conocida y famosa que existe, es inglesa, era, ya murió, creo. En fin, sus historias son absolutamente alucinantes. Deberías leer sus novelas, son cortas.
- Me gustaría que tú me la leyeras. - murmuré
- Eso sería divertido - dijo ella sonriendo
Una mujer de unos cincuenta años se acercó a nosotros, tenía unos enormes anteojos como los que se usaban entonces, con forma de luna. Me recordaba a alguien, pero no sabría decir a quien. Me miró con cara de pocos amigos y luego apremió a Magdalena para retirarse de la fiesta. Ella nos presentó, era su tía Guillermina, hermana de su padre. Era a él, sin los bigotes, por supuesto, a quien me recordaba.
- Tengo que irme - dijo, sonrojándose
- ¿Te volveré a ver? - pregunté y por unos segundos no me importó la mirada acusadora de la vieja de anteojos.
Ella sacó de su vestido un papelito, y no sé de donde consiguió un bolígrafo. Escribió algo rápidamente en él y me lo dio. La tía obviamente vio todo aquello pero no hizo nada al respecto, y yo me despedí de ambas con una inclinación de cabeza. Esperanzado abrí el papelito doblado que me dío Magdalena y leí: "El pan sale siempre a las 7 de la mañana y a las 3 de la tarde"- No decía nada más y yo me quedé desconcertado, ¿qué quería decir? Pronto comprendí que se refería a la hora en que el pan recién horneado estaba listo en la despensa donde nos cruzamos. Fue su astuta manera de decirme que sí, que esperaba verme ahí.
- continuará.